El último cielo de Berlín

2. El sonido de las sirenas

El sótano entero vibró con la primera explosión y una gran cantidad de polvo cayó desde el techo. Las lámparas colgantes se balancearon violentamente y durante un segundo de absoluto silencio, todos dentro del refugio parecieron contener la respiración al mismo tiempo, luego comenzaron los gritos.

La niña pequeña se cubrió los oídos para tratar de silenciar el infierno que ya sabía que vendría. La anciana, por su parte, empezó a rezar entre murmullos temblorosos, como si con su plegaria pudiera regresar la calma que hacía años se había perdido. Alguien arriba corrió por el pasillo arrastrando algo metálico mientras las sirenas seguían sonando sobre Berlín como animales heridos.

Eva cerró los ojos apenas un instante hasta que otra explosión sacudió el edificio. Esta fue más cercana y sintió el temblor ocasionado por el estruendo.

—¡Todos contra la pared!— gritó Marta desde las escaleras. —¡Aléjense de las ventanas!— aunque casi no quedaban ventanas intactas en aquel lugar mas que cuatro cristales de escasos quince centímetros de largo y ocho de ancho.

La electricidad volvió a parpadear, por un momento el sótano quedó completamente oscuro y varios comenzaron a llorar. Alguien soltó un grito ahogado, otra persona comenzó a rezar más fuerte, un niño pequeño preguntó por su madre una y otra vez hasta romper en llanto al no encontrarla y el miedo llenó cada rincón de aquél sótano como humo invisible.

Eva respiró hondo antes de acercarse rápidamente a la niña que estaba abrazándose las piernas y meciéndose hacia adelante y hacia atrás, llena de miedo.

—Mírame— dijo Eva agachándose frente a ella.

La pequeña negó con fuerza mientras las bombas seguían cayendo afuera.

—Hey... mírame.

Finalmente la pequeña levantó la vista. Tenía unos ojos enormes y llenos de lágrimas, demasiado grandes para un rostro tan pequeño.

—¿Cómo te llamas?

—L-Leah…

—Bien, Leah. Necesito que hagas algo por mí. ¿Está bien?

En ese instante hubo otra explosión, los gritos se intensificaron en la parte de arriba y más polvo cayó nuevamente desde el techo.

La niña empezó a temblar una vez más, Eva tomó sus pequeñas manos frías y le habló.

—Quiero que cuentes conmigo, ¿sí? Cada vez que escuches una explosión vas a contar conmigo.

La niña tragó saliva.

—¿Por qué?

Eva intentó sonreír para tranquilizarla, aunque por dentro ella también estuviera al borde del colapso, porque tenía miedo, porque desde hacía meses vivía con el terror constante de morir en cualquier esquina, de ser descubierta, de desaparecer como lo habían hecho tantas personas y porque en noches como esa, cuando Berlín ardía bajo las bombas, resultaba imposible no pensar que sería el fin.

—Porque mientras podamos contar… significa que seguimos aquí, vivas.

Leah la observó unos segundos antes de asentir lentamente y entonces otra bomba cayó.

—Cuenta conmigo. Uno— susurró Eva.

La niña tardó un momento en reaccionar, pero lo hizo.

—U-Uno…

Enseguida vino otra explosión.

—Dos.

—Dos...— respondió Leah.

Y así continuaron mientras Berlín era atacado sobre sus cabezas.

Cada estruendo hacía vibrar las paredes, cada explosión arrancaba más polvo del techo y cada sonido parecía más cercano que el anterior.

La anciana seguía rezando en voz baja mientras sostenía una pequeña cruz entre las manos arrugadas, el hombre enfermo comenzó a toser violentamente dentro de un pañuelo ya manchado de sangre y Marta subía y bajaba las escaleras intentando mantener la calma entre las personas atrapadas ahí abajo.

Eva sentía el corazón golpeándole las costillas con fuerza, la humedad del sótano le helaba las piernas incluso debajo de su abrigo, el aire se volvía más pesado con cada minuto y aun así nadie se movía demasiado porque todos sabían que afuera era peor.

Una nueva explosión sacudió el edificio y esta vez una de las lámparas cayó al suelo partiéndose en pedazos. Varias personas gritaron y Leah se aferró inmediatamente al brazo de Eva.

—¿Nos vamos a morir?— preguntó la niña con la voz rota.

La pregunta atravesó a Eva como un cuchillo porque no sabía qué responder, porque en Berlín nadie podía prometerle vida a nadie.

Eva tragó saliva antes de acariciarle suavemente el cabello.

—No. Estaremos bien— mintió con suavidad.

La niña pareció aferrarse a esas palabras como si fueran reales y quizás eso era lo único que importaba en un momento como ese.

Arriba, la ciudad ardía. Las calles estaban llenas de humo, las personas corrían desesperadamente hacia refugios subterráneos, las sirenas se mezclaban con el rugido de los motores aliados atravesando el cielo nocturno y el aire olía a fuego, combustible y concreto destruido.

Lukas Adler, quien se encontraba en el exterior, levantó la vista justo cuando un reflector iluminó brevemente las nubes negras sobre Berlín. Después vino el estruendo de un edificio que había explotado dos calles más adelante.

El calor lo golpeó aún desde aquella distancia, pedazos de vidrios cayeron sobre la avenida y varias personas comenzaron a correr en dirección contraria, presas del pánico.

—¡Muévanse!— gritó Lukas mientras algunos soldados ayudaban a evacuar civiles. —¡Todos al refugio!

Lukas sujetó a una mujer mayor antes de que cayera al suelo.

—Despacio, señora.

—Mi hija... mi hija sigue arriba...— habló la mujer.

—¿En dónde?— intentó averiguar Lukas, pero la mujer apenas podía respirar del miedo, por lo que no pudo ayudarla.

Otro bombardeo hizo temblar el pavimento y los cristales de una tienda cercana estallaron sobre la calle. Lukas sintió un pitido familiar dentro de sus oídos, ese sonido agudo que aparecía después de las explosiones más fuertes.

Apenas llevaba tres días de regreso en Berlín y la ciudad estaba más irreconocible que el frente mismo. Todo estaba más gris que cuando se había ido, más cansado y más roto. Las personas ya ni siquiera gritaban igual, ahora sonaban agotadas, como si el terror hubiera dejado de ser algo extraordinario para convertirse únicamente en rutina.




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