El último cielo de Berlín

3. Entre humo y cenizas

El aire afuera en la calle era casi imposible de respirar, tanto que Eva tosió en cuanto salió del edificio destruido mientras Leah seguía aferrada a su mano con una gran fuerza. El humo cubría toda la avenida y convertía las luces lejanas en manchas borrosas de color naranja vibrante y amarillo cálido.

Berlín parecía estar ardiendo completamente desde el suelo. Las personas corrían en todas direcciones, algunas gritaban los nombres de sus familiares desaparecidos entre el caos para tratar de encontrarlos, otras llevaban heridos sobre los hombros rumbo a los hospitales que aún quedaban en pie, incluso aquél caballo, todavía unido a su carruaje volcado, relinchaba desesperado entre las llamas, y sobre todo eso seguían las sirenas, las malditas sirenas que recordaban el infierno que se vivía en el país entero.

Lukas ayudó a salir al último hombre atrapado antes de volver la mirada hacia el edificio semidestruido.

—¡Tenemos que alejarnos de aquí!— gritó Marta y, como si el cielo quisiera afirmarle que lo hicieran, otro bombardeo estremeció la ciudad.

Eva sintió, de nuevo, los movimientos en el suelo, provocados por las explosiones, y Leah comenzó a llorar otra vez.

—No quiero morir…

La frase salió tan pequeña que casi se perdió entre el caos.

Eva se agachó rápidamente frente a ella y trató de tranquilizarla.

—No vas a morir. ¿Has entendido?

—¿Y si sí?— insistió Leah.

Eva abrió la boca para tratar de responder pero no encontró ninguna mentira lo suficientemente buena con la que pudiera convencerla, porque últimamente la muerte estaba en todas partes. En los hospitales, en las estaciones de tren, en las cartas que llegaban del frente y en los edificios cubiertos con mantas grises después de cada bombardeo.

La guerra también había convertido a los niños en personas que entendían demasiado sobre morir, y que veían ese suceso como su posibilidad más cercana y realista.

Entonces una explosión iluminó la calle detrás de ellas, el calor golpeó sus espaldas, Leah gritó aterrada y Lukas reaccionó inmediatamente.

—¡Al refugio subterráneo! ¡Ahora!

La multitud comenzó a correr hacia la entrada del metro al final de la avenida. Eva apenas tuvo tiempo de aferrarse a la niña antes de que las personas empezaran a empujarse unas contra otras, porque el miedo hacía eso, convertía a los humanos en estampidas.

Un hombre chocó contra Eva tan fuerte que casi la hizo caer pero Lukas la sostuvo del brazo antes de que perdiera el equilibrio. El contacto duró apenas unos segundos y ella se apartó inmediatamente de forma violenta. Otra vez apareció en su interior ese miedo, de nueva cuenta vino a ella esa reacción casi automática.

Lukas la observó sin entender del todo por qué aquello le aterraba tanto a la joven. Había visto miedo antes, cientos de veces en civiles, soldados y niños, pero la mirada de esa mujer era distinta, algo que lo incomodaba un poco.

El rugido de los aviones volvió a atravesar el cielo.

—¡Muévanse!— gritó un oficial más adelante.

La entrada al refugio subterráneo estaba abarrotada, las personas descendían empujándose desesperadamente mientras algunos soldados intentaban mantener el orden de manera inútil y una anciana cayó cerca de las escaleras pero nadie se detuvo a ayudarla. Nadie quería quedarse afuera cuando empezaran a caer más bombas.

Lukas ayudó a la mujer a levantarse y ella le agradeció en demasía. Él apenas asintió, porque no sabía qué hacer con los pocos agradecimientos que llegaban, porque salvar una vida no borraba todas las otras cosas atroces y crueles que había hecho ni nunca las borraría.

Eva logró entrar al refugio junto con Leah mientras el ruido de otra explosión sacudía el túnel entero. El metro subterráneo estaba demasiado lleno. Había personas sentadas en el suelo, niños dormidos sobre maletas, mujeres abrazando fotografías y soldados heridos cubiertos con vendas ensangrentadas.

El aire era espeso, caliente y saturado de miedo, tanto que Leah seguía temblando. Eva la acomodó junto a una pared mientras intentaba recuperar su propio aliento, entonces levantó la vista y encontró nuevamente los ojos de Lukas posados sobre ella.

Él estaba unos metros más adelante ayudando a mover escombros que bloqueaban parcialmente una entrada lateral. La luz amarillenta del refugio marcaba las sombras debajo de sus ojos cansados. Parecía agotado, como si llevara demasiado tiempo sin dormir a causa de todo lo que en Berlín se vivía.

Otro soldado se acercó a él fumando un cigarrillo y le habló.

—Bonita bienvenida para volver a Berlín, ¿eh?

Lukas tomó aire lentamente antes de responder.

—He visto peores escenarios, puedes creerme.

El hombre soltó una risa amarga.

—Todos dicen eso hasta que una bomba les cae encima y se termina su escenario.

Eva apartó la mirada rápidamente cuando el otro soldado giró en dirección hacia ella y automáticamente bajó la cabeza para tratar de hacerse invisible, porque tenía que seguir siéndolo si quería seguir con vida.

—¿Quiénes son ellas?— preguntó el soldado observando hacia Leah y Eva.

El cuerpo de Eva se tensó entero y sintió un vacío helado atravesarle el estómago. Durante un instante horrible imaginó documentos revisados, preguntas incómodas y manos arrancándole el abrigo para comprobar quién era realmente. No podía escuchar su conversación, pero por cómo la veían era un hecho que estaban hablando de ella.

Lukas miró apenas en su dirección solo un segundo, lo suficiente para notar sus manos apretadas, la respiración contenida, y el terror intentando esconderse detrás de una expresión tranquila, entonces él respondió.

—Civiles. Nada más.

El otro hombre se encogió de hombros.

—Nosotros también somos civiles cuando caen bombas. En esta situación los soldados no somos inmunes— y se alejó perdiéndose entre la multitud.

Eva tardó varios segundos en volver a respirar normalmente.




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