El último cielo de Berlín

4. Lo que no se dice

El mundo no se detuvo y eso fue lo peor.

Después de que Lukas vio la estrella escondida bajo el abrigo de Eva, nada ocurrió inmediatamente. No aparecieron soldados, nadie gritó ni ninguna mano la sujetó del brazo para llevarla a algún lugar en el que quién sabe qué tantas cosas podría sufrir.

El refugio siguió lleno de personas agotadas respirando humo y miedo como si aquella noche fuera igual a todas las demás pero, para Eva, el aire cambió completamente, porque ahora él sabía y ella estaba consciente de que él conocía su secreto.

Lukas permaneció inmóvil unos segundos, solo observándola sin decir una sola palabra. La reacción de Eva había sido demasiado rápida, demasiado desesperada y demasiado culpable. Lukas no necesitaba preguntar qué significaba aquella estrella pues había visto suficientes en tiendas marcadas, bordadas en abrigos, plasmadas en documentos confiscados y en personas obligadas a desaparecer lentamente de las calles.

—Judía— musitó en un susurro muy tenue, casi para sí mismo.

La palabra apareció automáticamente en su mente y en su boca, y junto a ella llegaron otras cosas como órdenes, discursos, carteles, y esa voz de su líder que les repetía una y otra vez que ellos eran enemigos, parásitos y traidores, pero nada de lo que le habían hecho creer encajaba con la mujer sentada frente a él abrazando a una niña aterrada en medio de un refugio subterráneo.

Eva bajó la mirada intentando controlar su respiración. No podía temblar, no podía llorar ni podía llamar la atención aunque sentía el corazón golpeándole tan fuerte que le dolía el pecho.

Leah volvió a dormirse lentamente contra ella y Lukas apartó la vista. Eso fue mucho peor porque el silencio de ese hombre podía significar cualquier cosa.

Las horas dentro del refugio parecieron eternas. Algunas personas dormían apoyadas contra las paredes, otras discutían sobre qué barrios habían sido bombardeados y una mujer se balanceaba hacía adelante y hacía atrás mientras repetía el nombre de su esposo fallecido, como si temiera olvidarlo.

Eva no ponía atención a su alrededor ni escuchaba nada, todo su cuerpo seguía en estado de alerta. Cada vez que veía a Lukas moverse al otro lado del túnel, sentía su estómago hundírsele.

No entendía por qué él no le había hecho nada todavía. Tal vez estaba esperando el momento correcto o tal vez quería evitar una escena frente a los civiles.

—¿Eva?

Ella levantó la cabeza sobresaltada cuando Marta le habló en voz baja.

—¿Te encuentras bien?

—Sí— Eva mintió.

Marta frunció ligeramente el ceño ante su nerviosismo.

—Pareces enferma.

—Solo estoy nerviosa y un poco cansada— eso al menos era verdad.

Marta miró alrededor antes de volver a hablar.

—Cuando termine el bombardeo quiero que regreses conmigo al hospital. Perdimos parte del ala norte.

Eva asintió y entonces sintió unos ojos sobre ella otra vez. Era Lukas que estaba de pie cerca de una columna de concreto, observándola, no directamente pero sí lo suficiente. Eva apartó la mirada de inmediato y Marta notó el movimiento incómodo de ella.

—¿Lo conoces?

—No— respondió Eva, nerviosa.

—Te estaba mirando.

El pulso de Eva volvió a acelerarse.

—Él fue quien me ayudó a salir.

Marta siguió observando unos segundos al soldado antes de incorporarse.

—Ten cuidado con los militares, últimamente no son muy confiables— murmuró. —Cada vez están más nerviosos.

Luego desapareció entre la multitud y Eva tragó saliva.

Si Marta supiera la verdad… ¿Cómo reaccionaría ella, una mujer, si se enterara que Eva era judía?

Entonces recordó que no podía pensar así, porque últimamente el miedo estaba empezando a convertir sus pensamientos en trampas.

Lukas encendió un cigarrillo cerca de la entrada del túnel. Sus manos temblaban ligeramente, no sabía si era por el cansancio, por todo lo vivido o por ambas cosas. Dio una calada larga mientras observaba el humo desaparecer lentamente sobre las luces amarillas del refugio.

—Es judía.

La palabra seguía regresando una y otra vez de forma constante en su mente y en sus susurros. Entonces recordó el rostro de Eva al descubrirse el collar, ese terror instantáneo al saberse expuesta y, posiblemente sentenciada, y quizás lo estaba, porque eso era exactamente lo que ocurría con personas como ella. Eran capturados, enviados en trenes hacia lugares desconocidos y, después, no se volvía a saber nada de ellos.

Lukas cerró los ojos un instante. Últimamente había demasiadas cosas en las que prefería no pensar. Los trenes, los rumores, las historias que circulaban entre soldados cuando creían que nadie importante escuchaba, los campos, el humo, las desapariciones. Aun así nunca hacía preguntas porque en el ejército aprendías rápido que algunas preguntas podían destruirte más que las bombas mismas.

—¿Adler?

Lukas abrió los ojos al escuchar su apellido.

El oficial Reinhardt caminaba hacia él acomodándose sus guantes negros. El hombre tenía cincuenta años, era alto, con el cabello perfectamente peinado y el uniforme impecable, incluso después del bombardeo. Parecía una estatua pulida más que un hombre.

—Señor— Lukas se incorporó y dio el saludo de respeto a su superior.

—¿Cuántos civiles sacaron del edificio?

—No lo sé exactamente, Señor.

Reinhardt soltó humo por la nariz.

—Al parecer aquí nadie sabe nada.

Lukas permaneció en silencio mientras el oficial observó el refugio lleno de personas.

—Patético, ¿no?

—¿Qué cosa, Señor?— preguntó Lukas un poco confundido.

—Todo esto— señaló alrededor. —Alemania construyó un imperio... y ahora mira a nuestra gente, escondiéndose bajo tierra como ratas.

Lukas sintió tensión en la mandíbula.

—Con todo respeto, Señor, no son ratas, son civiles. Un daño colateral en esta guerra— Lukas posó su mirada en Eva.

—Son débiles— respondió Reinhardt y volvió a mirar alrededor hasta que notó los ojos de Lukas fijos en Eva y puso los suyos sobre ella.




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