El último cielo de Berlín

5. La ciudad después del fuego

Habían pasado casi veinticuatro horas desde que inició el bombardeo y la ciudad de Berlín amaneció cubierta de ceniza. El humo todavía salía de varios edificios destruidos cuando Eva abandonó la estación subterránea en compañía de Marta y Leah. El aire frío de la mañana se mezclaba con el olor insoportable de madera quemada, gas y concreto pulverizado.

Una vez afuera, se podían ver personas caminando entre los escombros, algunas buscaban familiares y otras simplemente observaban en silencio lo que antes habían sido sus hogares o negocios. Un caballo muerto permanecía tendido en mitad de la calle cubierto parcialmente por polvo gris pero nadie lo movía. Últimamente Berlín estaba llena de cosas que nadie sabía cómo arreglar y era mejor hacer de cuenta que no existían.

De regreso hacia el hospital, Leah apretó fuertemente la mano de Eva al pasar junto a un edificio que había quedado expuesto por la explosión. Desde afuera podían verse habitaciones partidas a la mitad, una cama colgando peligrosamente, una fotografía familiar todavía sobre una pared y ropa infantil cubierta de ceniza. Como si la guerra hubiera arrancado el frente de la vida de alguien para que todos pudieran mirar adentro.

—No mires— murmuró Eva suavemente pero la niña ya había visto la escena. Los niños siempre terminaban viendo demasiado para sus escasos años de vida.

Marta caminaba delante de ellas con su abrigo blanco manchado de polvo y sangre seca.

—La mitad del ala norte desapareció— dijo sin girarse. —Perdimos medicamentos, camas... y probablemente a dos doctores.

La manera en que Marta habló hizo que Eva sintiera un peso extraño en el pecho pues había utilizado la palabra "probablemente", como si incluso la muerte hubiera dejado de ser algo seguro en esos momentos.

Doblaron en una esquina y encontraron un grupo de civiles retirando ladrillos con las manos desnudas.

Un hombre gritaba desesperado. —¡Mi esposa sigue ahí abajo!— pero nadie respondió.

Los soldados que vigilaban la zona apenas observaban. Estaban demasiado agotados como para fingir esperanza.

Eva apartó la mirada rápidamente porque empezaba a odiar la forma en que Berlín obligaba a todos a acostumbrarse al horror.

Más adelante, un tranvía descarrilado bloqueaba parte de la avenida principal, sus ventanas estaban hechas añicos y el metal ennegrecido todavía soltaba pequeñas columnas de humo. Cerca de ahí, una mujer anciana recogía pedazos de vidrio del suelo como si limpiar la calle pudiera devolverle algo de normalidad al mundo.

Leah tropezó con un trozo de concreto y Eva la sostuvo antes de que cayera.

—Despacio— la niña asintió en silencio. Ya ni siquiera preguntaba cuándo terminaría la guerra. Tal vez porque había comprendido que nadie tenía respuestas.

Pasaron frente a una panadería destruida. Su letrero colgaba inclinado, sostenido apenas por un clavo. Eva recordó haber comprado pan ahí años atrás, cuando todavía existían las mañanas normales, cuando la gente discutía sobre precios y no sobre quién había muerto durante la noche pero ahora solo quedaban paredes abiertas y un olor amargo a humedad.

Un grupo de soldados cruzó corriendo la calle detrás de ellas. Uno de ellos cargaba a otro hombre herido sobre la espalda. La sangre dejaba pequeñas gotas oscuras sobre la nieve sucia mientras desaparecían calle abajo. Marta ni siquiera volteó. El cansancio había convertido el sufrimiento ajeno en parte del paisaje.

Al llegar al hospital todo era un caos, peor que el día anterior. Las camillas llenaban los pasillos, faltaban vendas, faltaba agua, faltaban manos y sobre todo, faltaba tiempo.

—¡Necesito ayuda aquí!

—¡Se está desangrando!

—¿Dónde demonios está el doctor Anderson?

—¡Traigan morfina!

—¡Ya no hay!

Las voces se mezclaban unas con otras mientras las enfermeras corrían entre sangre, humo y cuerpos heridos.

Eva apenas dejó a Leah en el sótano para reencontrarse con su familia cuando Marta volvió a aparecer frente a ella.

—Necesito que revises la sala cuatro.

—¿Qué pasó?

Marta soltó una risa cansada. —¿Qué no pasó?

Eva atravesó rápidamente el pasillo. El hospital entero vibraba con una energía desesperada. Había hombres tirados directamente sobre mantas en el suelo porque ya no quedaban camas disponibles, algunos gemían en voz baja, otros gritaban llamando a sus madres incluso siendo adultos y una enfermera lloraba mientras intentaba vendar la pierna destrozada de un niño de no más de doce años.

Nadie tenía tiempo para detenerse.

La sala cuatro olía tan fuerte a hierro que sintió náuseas apenas al entrar. Fue tan triste para ella ver a un joven soldado gritando mientras dos hombres intentaban sostenerlo sobre la camilla. Tenía fragmentos de metal incrustados en el abdomen.

—¡No quiero morir!— repetía desesperadamente. —¡Por favor, por favor...!

Parecía demasiado joven.

Eva tomó instrumentos metálicos de una bandeja intentando ignorar el temblor en sus propias manos mientras el muchacho seguía hablando entre lágrimas.

—Mi madre cree que estoy en Hamburgo... no sabe... no sabe...

Uno de los doctores levantó la vista hacia Eva y le dio indicaciones.

—Sujétalo.

Ella obedeció inmediatamente y el chico agarró su muñeca con fuerza.

—¿Voy a morir?— preguntó él.

Eva sintió el peso terrible de la pregunta. Pues nadie sabía mentir bien en ese lugar.

—No. Vas a estar bien— susurró ella para darle una esperanza, aunque no sabía si era verdad, y el muchacho cerró los ojos como si necesitara creerlo aunque fuera unos segundos.

El doctor comenzó a retirar uno de los fragmentos de metal y el soldado soltó un grito desgarrador que hizo eco en toda la habitación. Eva tuvo que sostenerlo con más fuerza aún cuando sentía la sangre caliente manchándole las manos, el uniforme y las mangas de su abrigo.

Cuando finalmente lograron estabilizarlo, llegó otro herido, y después otro y otro más. Era tanto el trabajo que Eva realizaba que las horas pasaron sin notarse. La pobre apenas alcanzó a beber un poco de agua tibia durante unos segundos antes de que alguien volviera a llamarla.




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