Esa misma noche comenzó a llover de forma ligera pero constante. Las gotas golpeaban de forma suave las ventanas rotas del hospital mientras Berlín intentaba respirar entre humo, oscuridad y sirenas lejanas. La electricidad volvía y desaparecía constantemente, haciendo que las luces parpadearan sobre los pasillos llenos de heridos dormidos o muriendo, a veces era difícil distinguir un estado del otro.
Eva caminaba cargando una bandeja metálica con vendas limpias cuando escuchó un gemido proveniente de una de las habitaciones improvisadas y se detuvo justo en la entrada. Un joven soldado se removía entre sueños sobre su camilla, empapado en sudor.
—No... no dispares— su voz era apenas un susurro roto pero lleno de dolor, y no físico, más bien, emocional.
Eva dejó lentamente la bandeja sobre una mesa y se acercó a él. El muchacho tendría diecinueve años como mucho. Su rostro era demasiado delgado y una venda cubría parte de su cuello.
—No había niños— murmuró dormido. —Me dijeron que no había niños, lo juro.
Eva sintió un escalofrío recorrerle los brazos.
El soldado empezó a agitarse más violentamente. —¡No fue mi culpa! ¡Yo no quería hacerlo!
Ella reaccionó por instinto y sostuvo suavemente sus hombros para que pudiera despertar.
—Hey... tranquilo…
Los ojos del joven se abrieron de golpe, desorientados y asustados. Durante unos segundos respiró agitadamente mirando alrededor, como si todavía estuviera atrapado en algún lugar lejos de Berlín y luego empezó a llorar de manera silenciosa, como si estuviera demasiado cansado hasta para desmoronarse.
Eva apartó la mirada enseguida porque últimamente veía demasiados hombres llorando, y lo peor era que la mayoría parecían niños usando uniformes de adultos.
El muchacho intentó limpiarse las lágrimas rápidamente, avergonzado. —Lo siento— murmuró con la voz quebrada.
Eva negó suavemente con la cabeza. —No tienes que disculparte.
Él tragó saliva observando el techo oscuro de la habitación. —A veces sigo escuchándolos.
—¿A quiénes?
El soldado cerró los ojos con fuerza. —A todos.
La respuesta cayó como una piedra y Eva no supo qué decir. Últimamente el hospital estaba lleno de fantasmas vivos, de hombres que respiraban, caminaban y hablaban, pero que parecían haberse quedado atrapados mentalmente en algún sitio del frente.
El chico volvió a hablar después de unos segundos. —Nos dijeron que evacuaron el pueblo antes de bombardear... eso dijeron— su voz sonó rota. —Pero había personas ahí.
Eva sintió un nudo incómodo formarse en su estómago. Él parecía necesitar decirlo en voz alta aunque fuera una sola vez. Como si cargarlo solo fuera demasiado.
—Todo estaba ardiendo— continuó casi en un susurro. —Había una mujer corriendo con algo en brazos y... y pensé que era una maleta.
El silencio posterior fue insoportable y Eva sintió ganas de salir de la habitación inmediatamente, no porque quisiera ignorarlo, sino porque escuchar aquello hacía que la guerra dejara de parecer algo lejano o abstracto.
El joven se cubrió el rostro con una mano temblorosa. —No quiero volver allá.
Eva observó sus dedos manchados de tierra y sangre seca. Parecía un niño perdido intentando fingir ser soldado, y, probablemente, eso era exactamente lo que era.
Antes de que pudiera responderle, un grito se escuchó desde el pasillo.
—¡Necesitamos ayuda aquí!— la realidad volvió de golpe.
Eva tomó la bandeja nuevamente y se despidió. —Debes descansar.
El muchacho asintió lentamente sin mirarla.
Cuando salió al pasillo, el olor a desinfectante mezclado con sangre volvió a envolverla de inmediato. Una enfermera pasó corriendo junto a ella y otra mujer lloraba sentada directamente sobre el suelo mientras apretaba una carta arrugada contra su pecho.
Unas horas más tarde, Marta obligó, prácticamente, a Eva a salir unos minutos al patio trasero del hospital.
—Si sigues respirando sangre y alcohol todo el día terminarás desmayándote sobre algún paciente.
La lluvia fina seguía cayendo sobre Berlín y el patio estaba oscuro excepto por una lámpara amarillenta junto a la puerta de servicio. Eva cruzó los brazos intentando protegerse del frío. Desde ahí podían escucharse las sirenas lejanas y el sonido constante de vehículos militares atravesando la ciudad.
Marta encendió un cigarrillo. —Dicen que los soviéticos avanzan más rápido cada semana.
Eva guardó silencio unos segundos y luego respondió. —También dicen que pronto evacuarán más niños fuera de Berlín, quizá podríamos convencer a la familia de Leah para enviarla— agregó Eva.
—¿Y quién sigue creyendo lo que dicen, niña? Aquí todos creen saber— Marta soltó humo lentamente.
—Tal vez nadie sepa cual sea la verdad, pero igual todos escuchan y todos hablan sobre lo que oyen.
La lluvia golpeó suavemente el concreto entre ambas y entonces la puerta del hospital volvió a abrirse. Eva se tensó inmediatamente al ver entrar a varios soldados, entre ellos estaba Reinhardt. El oficial caminaba impecable hasta debajo la lluvia, se acomodaba sus guantes negros mientras hablaba con otro militar y detrás de él, apareció Lukas, ya sin sangre en el rostro pero igual de cansado que como lo había visto hace unas horas.
Eva sintió algo incómodo hundirse lentamente en su estómago porque Reinhardt las vio de inmediato, especialmente a ella.
El rostro del oficial dio una ligera sonrisa mientras se acercaba a ellas. —Miren a quienes tenemos aquí. A las verdaderas heroínas de Alemania.
Marta soltó una pequeña risa seca tratando de seguir el juego del hombre y respondió. —Entonces Alemania está condenada, mi Señor.
El oficial pareció divertirse. —Todos estamos condenados, querida— sus ojos claros se movieron finalmente hacia Eva con una lentitud qué la asustó demasiado. —No recuerdo haberla visto antes por aquí, señorita.
El corazón de Eva empezó a latir más rápido. —Soy Anna Keller respondió automáticamente recordando su falsa identidad.