El último cielo de Berlín

7. Los trenes que nadie menciona

Dos días después volvió a nevar sobre la ciudad pero no era una nieve limpia, era oscura pues al caer se mezclaba con la ceniza y humo del ambiente.

El invierno había dejado de sentirse como algo natural hacía mucho tiempo porque, prácticamente, ya no era una de las cuatro estaciones, ahora representaba un escenario más para la guerra.

Lo que antes habían sido árboles, ahora parecían esqueletos negros que sobresalian entre las ruinas y las fachadas bombardeadas, algunas ventanas seguían abiertas desde los ataques nocturnos y el aire olía a carbón húmedo, sangre vieja y metal quemado.

Eva observó algunos copos golpear contra la ventana del hospital mientras intentaba mantenerse despierta. La pobre llevaba cuatro días fuera de la casa que compartía con Helga y cerca de veinte horas sin dormir. Con todo el movimiento que había generado el último bombardeo ni siquiera había tenido tiempo de averiguar cómo estaba su protectora, o si había sobrevivido y la angustia de no saber nada la estaba consumiendo.

El cansancio ya no se sentía físico, era algo más profundo, como si la guerra estuviera desgastando hasta sus pensamientos y, justo en medio de estos, Marta apareció detrás de ella cargando carpetas viejas e informes.

—Necesito que vayas a la estación central.

Eva giró inmediatamente un poco alterada. —¿Tengo qué ir yo? ¿Por qué?

Marta dejó las carpetas sobre una mesa metálica antes de responder. —Llegarán heridos del oeste, pidieron ayuda médica y tú eres de nuestro personal más capacitado. Creí que sería buena idea y que serías de mucha ayuda.

Eva tragó saliva porque las estaciones de tren la ponían nerviosa. En esos lugares siempre había demasiados soldados haciendo preguntas, revisiones improvisadas y muchas posibilidades de desaparecer.

Marta notó de inmediato la angustia de Eva porque la expresión de su rostro cambió tan pronto como le dio la orden. —Si no quieres ir puedes negarte. No voy a obligarte a hacer nada que no quieras.

Eva volvió a mirar la nieve cayendo sobre Berlín y analizó todas las posibilidades que tenía. Negarse llamaría la atención y podía volverse sospechoso, y eso era mucho más peligroso que el propio agotamiento de su cuerpo.

—No, está bien. Iré.

Marta asintió lentamente. —Está bien. Ten mucho cuidado.

La frase quedó en el aire unos segundos, como si esas dos palabras pudieran proteger a alguien en Alemania.

Eva tomó su abrigo gris, acomodó su pañuelo sobre su cabello y salió del hospital sintiendo como el frío le golpeaba el rostro al contacto con el exterior y la combinación de nueve con ceniza qué arrastraba el aire, hacía arder su piel.

Las calles estaban llenas de personas caminando rápido y la mayoría siempre miraba hacia abajo porque nadie quería llamar la atención ni nadie quería convertirse en la próxima ausencia.

Durante su trayecto, Eva pudo ver el verdadero infierno. Un hombre arrastraba un carro con carbón robado, una mujer vendía pedazos de pan duro envueltos en tela sucia, cerca de un edificio derrumbado y a dos niños intentaban encender fuego con periódicos húmedos.
La guerra había reducido Berlín a supervivencia pura.

Al llegar a la estación Friedrichstrasse, Eva pudo notar que estaba más llena de lo normal. El vapor de los trenes arrancando en las vías se mezclaba con el humo de cigarrillos y el olor húmedo de la ropa mojada por la nieve. Los soldados atravesaban los andenes mientras algunas mujeres envueltas en abrigos oscuros esperaban cartas, equipaje o noticias que nunca llegaron, la gran mayoría recibía solo silencio.

Los altavoces anunciaban los diferentes horarios de salidas, entre interferencias y ruido estático. Algunos trenes transportaban soldados heridos, otros municiones y otros solo personas intentando huir antes de que Berlín terminara de derrumbarse.

Eva descendió del tranvía ajustándose mejor el pañuelo sobre su cabello. Llevaba una pequeña bolsa médica colgando del hombro con todo lo que necesitaba, y sus documentos falsos escondidos dentro de uno de los bolsillos de su abrigo, como siempre, cerca del corazón, como una segunda piel, porque eso eran, su identidad y su máscara.

A medida que Eva avanzaba entre la multitud, trató de no mirar demasiado a nadie para no llamar la atención pero entonces escuchó un llanto.

El sonido provenía de un niño pequeño cerca de los andenes del fondo. Eva levantó ligeramente la vista y sintió su cuerpo helarse ante lo que vio.

Había personas alineadas junto a varios soldados armados. Eran familias enteras, ancianos, mujeres y niños cargando maletas pequeñas, pero lo que más la aterró fue darse cuenta de que todos llevaban estrellas amarillas cosidas sobre sus ropas.

El mundo alrededor pareció apagarse lentamente y Eva dejó de escuchar el ruido de la estación por un momento porque conocía esa escena, de hecho, todos la conocían, aunque nadie hablara de ella.

La respiración de Eva se detuvo unos segundos hasta que un oficial gritó órdenes mientras varios soldados obligaban a las personas a avanzar más rápido, y eso la sacó de su asombro. A unos metros una mujer tropezó con una niña en brazos pero nadie la ayudó porque nadie se atrevía ni a mirar a su alrededor.
.
El pequeño que lloraba intentaba aferrarse a un juguete de madera mientras su madre le limpiaba desesperadamente las lágrimas. —Mamá, no quiero ir...




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.