Esa noche por fin pudo volver a la casa de Helga. Para ambas fue una alegría indescriptible verse una a la otra sanas, salvas y, lo más importante, vivas.
Tan pronto como Eva entró, Helga la abrazó y, después de unos minutos, le pidió que descansara, pero aunque en verdad estaba agotada, por más que intentó, no pudo dormir.
El sonido de aquél tren seguía atrapado dentro de su cabeza, aún después e haber salido de la estación hace horas.
Las ruedas metálicas avanzando lentamente, los silbatos, los niños llorando, las puertas cerrándose, los militares y las personas mirando con incertidumbre, eran escenas que se repetían de forma constante en su cabeza una y otra vez sin descanso.
El pequeño apartamento de Helga estaba completamente oscuro excepto por una pequeña luz grisácea que entraba desde la calle cubierta de nieve. A lo lejos podían escucharse motores militares atravesando Berlín y muy poco movimiento de la gente.
Eva permanecía sentada junto a la ventana con las piernas dobladas contra el pecho y su abrigo todavía puesto pero no sentía frío, la sensación que la invadida era algo mucha más que eso.
Helga despertó cerca de las tres de la madrugada y la encontró ahí, inmóvil, solo observando la calle. —¿Acaso no puedes dormir?— Eva no respondió inmediatamente. La anciana se levantó, caminó lentamente hasta la cocina y encendió su pequeña hornilla. —¿Qué viste?
Eso hizo que Eva levantara un poco la mirada. —¿Por qué crees que vi algo?
Helga soltó una risa seca mientras servía agua en una taza vieja. —Porque las personas solo hacen esa cara de preocupación cuando ven algo que desearían no haber visto nunca.
El silencio llenó el apartamento unos segundos y luego Eva habló, muy bajo. —Fue terrible. Había familias enteras. Las vi.
Helga dejó de moverse y fijó por completo su sencion en Eva. —¿En dónde?
—En la estación.
La anciana cerró lentamente los ojos, como si ya conociera el resto de la historia.
—Había niños también— agregó Eva.
El agua comenzó a hervir suavemente y Helga permaneció de espaldas unos segundos antes de hablar. —Hace meses desapareció una familia del edificio de enfrente— Eva siguió observándola. —Tenían un niño pequeño que siempre alimentaba a las palomas con pan— su voz sonó distante y triste. —Una mañana vinieron por ellos. La gente observó todo desde sus ventanas... y luego siguió con su día. Nadie hizo nada para impedirlo— Helga tomó la taza con manos temblorosas. —Eso es lo peor de las guerras, niña. Nadie quiere meterse en donde no lo llaman y nos convierten a todos en monstruos y convierten el horror en algo normal.
Helga giró lentamente hacia Eva y en ese momento ella entendió que lo que más miedo daba no eran los gritos ni las bombas o los uniformes, sino la costumbre y lo normal que se había vuelto vivir así.
A varios kilómetros de ahí, Lukas tampoco lograba dormir.
El hombre se encontraba en la habitación de su pequeño departamento militar fumando un cigarrillo. Poco a poco el humo comenzaba a invadir el pequeño espacio mientras permanecía sentado junto a la ventana observando la nieve caer sobre Berlín.
Todo estaba demasiado silencioso, o quizás él ya se había acostumbrado tanto al ruido de la guerra que el silencio empezaba a parecerle algo antinatural.
Tenía una botella de whisky medio vacía sobre la mesa, la cual ni siquiera recordaba haberla abierto aunque, si lo pensaba bien, ultimamente había demasiadas cosas que no recordaba con claridad y otras que no deseaba hacerlo, pero lo que sí recordaba demasiado bien era la estación.
Su mente no alejaba los rostros de aquellas personas, las listas y la voz de Eva casi asegurando que él sabía el destino que tendrían las familias de aquellos trenes.
Era más que claro que sabía, porque todos sabían algo aunque fingieran no hacerlo. Los rumores de campos, trabajos forzados, desapariciones y humo saliendo de chimeneas incluso de noche, llevaban años circulando entre los mismos militares, pero el ejército enseñaba algo muy simple, a no preguntar. Porque preguntar significaba escuchar respuestas y escuchar respuestas significaba cargar con ellas.
Un golpe en la puerta lo sacó de sus pensamientos y Lukas apagó el cigarrillo rápidamente.
—Adelante.
Reinhardt entró sin esperar permiso.
El oficial se quitó lentamente sus característicos guantes negros mientras observaba la habitación.
—Bonito lugar, Adler.
Lukas se quedó en silencio mientras
Reinhardt se acercaba a la ventana.
—Berlín está muriendo.
La frase salió casi casual, como si estuviera hablando del clima o de cualquier otro tema natural.
—Todavía sigue en pie— finalmente Lukas habló.
—Por ahora, hijo.
El oficial observó la nieve caer unos segundos más y giró su cuerpo para quedar frente a él. —¿Puedo saber qué te pasó hoy? Estuviste distraído en la estación.
Lukas sintió inmediatamente una incomodidad y tensión en su cuerpo. Con tan solo esa frase sabia que esa no era una visita del todo amigable.