Después de salir del hospital, Eva volvió con Helga. La pobre seguía nerviosa y asustada, tanto que pasó toda la noche pensando en la palabra "huir".
La lluvia de días anteriores se había convertido nuevamente en nieve y el viento hacía vibrar las ventanas viejas del apartamento mientras Berlín continuaba sumida en apagones parciales y humo constante.
Helga dormía en silencio sobre el colchón del otro lado del cuarto, o al menos fingía hacerlo porque ambas sabían que algo estaba mal, mientras Eva seguía sentada junto a la mesa pequeña con una taza de café frío entre las manos que ni siquiera recordaba cuándo había dejado de beberlo.
Las palabras de Lukas no dejaban de resonar en su cabeza una y otra vez.
“Reinhardt te está investigando.”
No dijo “ten cuidado” o “quizá sospecha”, dijo "investigando".
Eso solo significaba tiempo, preguntas y observación, y los hombres como Reinhardt no hacían preguntas por curiosidad.
Eva cerró los ojos con fuerza, intentó respirar lentamente y pensar.
Eso último era lo más importante en ese momento antes de entrar en pánico, pero era difícil pensar cuando cada sonido del edificio parecía una posible redada.
Cosas tan simples como los pasos en las escaleras, puertas cerrándose y voces lejanas sonaban a peligro y amenaza.
Entonces Helga habló desde la oscuridad. —¿Quién es él?
Eva levantó la mirada inmediatamente. —¿Qué? ¿De quien hablas?
—¿Es un soldado?
El corazón de Eva comenzó a latir con un poco de fuerza. —No sé de qué hablas.
Helga soltó una ligera risa amable. —Niña, he sobrevivido a dos guerras y tres gobiernos distintos. Sé reconocer esa cara de boba que tienes.
Eva bajó lentamente la vista hacia su taza mientras la anciana se incorporó despacio y se acomodó el pañuelo gris sobre su cabello.
—¿Acaso te ayudó?— Eva no supo qué decir y guardó un silencio que duró unos minutos. Helga entendió la respuesta sin necesidad de escucharla. —Eso es peligroso, mi niña.
—Lo sé. Créeme que entiendo el peligro que representa ese hombre cerca de mi.
—No. No lo entiendes todavía— la mujer se acercó lentamente hasta sentarse frente a ella. —Los hombres pueden ser buenas personas y aun así hacer cosas terribles cuando usan un uniforme— esa frase sonó cruel, porque era verdad.
Entonces Eva recordó la estación, a aquellos niños subiendo al tren en medio de llantos, a los militares golpeando a ancianos y en Lukas permaneciendo quieto y observando mientras todo eso ocurría.
No había odio en sus ojos aquel día y quizá eso era peor, porque era un hombre que sabía que estaba viendo algo horrible y no podía detenerlo por el simple hecho de que él también era parte de eso.
Helga observó el rostro agotado y confuso de Eva. —¿Crees que sea tan bueno como para confiar en él?
Eva tardó mucho en responder, su mente seguía analizando todo pero, finalmente, lo hizo. —No lo sé.
—No digo que un soldado no pueda ser bueno, pero, si es que los hay, son muy pocos. Ten mucho cuidado con él. No le cuentes cosas que no deba saber— Eva asintió y ambas fueron a acostarse.
A la mañana siguiente, el hospital amaneció con un ambiente lleno de tensión que podía sentirse en los pasillos, en las voces bajas y en la forma en que las enfermeras dejaban de hablar cuando aparecía un uniforme militar. Apenas cruzó la entrada, Eva notó que algo estaba ocurriendo.
Marta caminaba demasiado rápido, los doctores parecían nerviosos e incluso los pacientes hablaban más bajo.
—¿Qué pasó?— preguntó Eva apenas alcanzó a Marta.
La mujer siguió avanzando sin detenerse. —Vinieron esta mañana.
Eva sintió un escalofrío inmediato, aun no sabía a quiénes se refería, pero lo imaginaba. —¿Quiénes?
Marta la miró con una especie de miedo mezclado con ternura y respondió. —La Gestapo.
El cuerpo de Eva se paralizó por completo, tanto que creyó que sus piernas dejarían de responderle.
—¿Qué querían? ¿Necesitan servicio médico?
Marta negó con la cabeza. —Hicieron preguntas y revisaron archivos. Parece que están buscando desertores y nombres falsos.
El corazón de Eva empezó a latir tan fuerte que pensó que Marta lo escucharía. —¿Encontraron algo?
—No lo sé. Pero aún no se han ido.
Siguieron caminando y entraron juntas al ala norte. El olor a desinfectante y sangre seguía impregnando todo pero hoy había otra cosa mezclada en el ambiente, miedo.
Una enfermera joven dejó caer unas vendas al ver pasar a dos oficiales por el pasillo, nadie hablaba fuerte y nadie reía. Si ya de por si la guerra había convertido el hospital en un lugar miserable, ahora empezaba a convertirlo también en un lugar paranoico.
Marta se detuvo frente a una puerta, lejos de la vista de todos y jaló a Eva del brazo. —Escúchame bien.
Eva levantó la mirada, por un instante pensó que le diría algo malo, pero no fue así.