El último cielo de Berlín

10. La Noche en que Berlín volvió a arder

Habían pasado varios días desde que Reinhardt había visitado el hospital pero las cosas aun no bajaban su tensión, por el contrario, las aumentaban.

Era de noche y un nuevo bombardeo comenzó cerca de la una de la madrugada.

Lo primero que anunció el evento fueron las ya tradicionales sirenas, largas y agudas desgarrando el silencio de Berlín, como si fueran cuchillas atravesando carne y, luego, el cielo empezó a rugir con el estruendo de los proyectiles.
Eva despertó sobresaltada en el pequeño apartamento de Helga, justo cuando una explosión hizo vibrar las paredes de forma violenta y un vaso que estaba sobre la mesa cayó al suelo haciéndose pedazos.

—¡Dios mío!— murmuró Helga incorporándose rápido a causa del sobresalto.

Hubo otra explosión más cerca, esta vez el edificio entero tembló y un poco de polvo comenzó a caer desde el techo.

Eva se levantó inmediatamente del colchón en el que dormía mientras las sirenas seguían resonando por toda la ciudad.

Afuera ya podían escucharse a algunas personas corriendo por las calles, gritos, motores, perros ladrando y la guerra entrando otra vez en la vida de todos los que estaban en la ciudad.

—Hay que apresurarnos, tenemos que bajar al refugio ya— dijo Helga intentando ponerse el abrigo con sus manos temblorosas.

Eva caminó rápidamente hacia la ventana y abrió un poco la cortina para ver lo que pasaba. El cielo estaba rojo, había bombas cayendo a la distancia y columnas de humo ya alcanzaban a distinguirse elevándose en medio de los edificios oscuros.

—Vamos, hija. No debemos estar aquí. No es seguro— Helga llamó la atención de Eva y esta asintió con la cabeza. Se colocó su abrigo, el pañuelo sobre su cabello castaño y ambas se disponían a salir cuando se escuchó algo peor, golpes violentos en la puerta principal del edificio y las dos se quedaron completamente inmóviles.

Los golpes siguieron, más fuertes cada vez y voces crueles y autoritarias comenzaron a escucharse.

—¡Abran! ¡Es una orden!
El corazón de Eva dejó de latir y el rostro de Helga se puso totalmente pálido.

Aquellas voces masculinas comenzaron a escucharse sobre el pasillo común y las pisadas de botas resonaban acompañando el recorrido de aquellos hombres.
Eva sintió un miedo terrible invadir todo su cuerpo, porque no sabía a ciencia cierta lo que estaba ocurriendo pero algo era seguro, no eran vecinos pues nadie golpeaba así durante un bombardeo por más desesperados que estuvieran.

—¡Policía estatal! Gestapo.
Esa última palabra atravesó el apartamento como hielo, porque eso solo significaba peligro real.
Helga fue la primera en reaccionar. —Escóndete.

Eva apenas podía respirar. —¿Qué? ¿Cómo?

—¡Hazlo ahora! ¡No deben encontrarte.

Otro golpe sacudió la puerta de un apartamento y las personas en el piso de abajo empezaron a gritar y a llorar.

Eva se quedó paralizada porque no había en dónde esconderse. El apartamento era demasiado pequeño como para encontrar un lugar en el que no fuera detectada pero Helga caminó rápidamente hacia la cocina improvisada y movió la vieja alacena revelando una pequeña puerta angosta detrás de ella.

Eva abrió los ojos con sorpresa pues ni siquiera ella sabía de la existencia de ese lugar. —¿Qué es eso?
—Es el antiguo conducto de carbón, conecta con el edificio de atrás.
De pronto se escucharon más golpes, más gritos y una mujer llorando en el pasillo principal del edificio.
Helga sujetó el rostro de Eva con ambas manos. —Escúchame bien. No salgas hasta que todo termine.
Eva sintió sus lágrimas a punto de salir. —Helga, no. Ven conmigo, por favor.

—¡No discutas conmigo y haz lo que te digo.!

La anciana abrió la pequeña puerta oscura del conducto. El espacio era estrecho y sucio, con el tamaño apenas suficiente para arrastrarse a través de él.

Las botas ya subían las escaleras de forma rápida, revisando de forma minuciosa hasta el más mínimo rincón

—¡Documentos! ¡Todos afuera!
Helga prácticamente tuvo que empujar a Eva hacia el conducto porque no quería irse sin ella.
—Escúchame bien. Si te encuentran aquí, estamos muertas las dos. ¿Entiendes?

El pecho de Eva dolía tanto que apenas si podía respirar. —No voy a dejarte. Tu me ayudaste, no puedo abandonarte ahora.

Helga dio una leve sonrisa cansada y triste. —Mi niña. Las personas viejas ya vivimos demasiado durante las guerras.

Los pasos llegaron a los departamentos contiguos. Estaban muy cerca. Eva escuchó puertas abriéndose violentamente y gritos.
—Prométeme qué vivirás, que serás feliz y que tendrás una vida hermosa— Eva asintió en medio de lágrimas silenciosas, porque, prácticamente, Helga se estaba despidiendo y eso dolía. Entonces la mujer cerró la pequeña puerta justo cuando comenzaron a golpear la puerta de su apartamento, la oscuridad envolvió completamente a Eva y segundos después la puerta fue derribada.

Lukas estaba en la calle cuando comenzaron los ataques. El humo ya cubría parte de Berlín mientras algunos soldados intentaban evacuar a los civiles hacia los refugios subterráneos entre explosiones y edificios incendiándose, pero sentía que algo estaba mal, porque además de los bombardeos había patrullas de la Gestapo moviéndose por el distrito Mitte.




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