Tan pronto como Eva vio a Lukas, trató de retroceder hundiéndose en el interior del conducto. El espacio era tan estrecho que su espalda pegaba contra la pared húmeda de ladrillo.
Lukas respiraba agitadamente frente a ella, cubierto de polvo gris, con un poco de hollín sobre el rostro y los ojos tensos por algo que parecía mucho más grande que el miedo.
Arriba, el edificio volvió a temblar por otra explosión y pedazos de tierra cayeron desde el techo angosto del conducto.
—Tenemos que salir de aquí— dijo Lukas al notar que el edificio se estaba debilitando.
Eva seguía mirándolo sin poder confiar del todo en él. No sabía si era sincero o si era una trampa y en cuanto ella saliera, la Gestapo aparecería detrás de su espalda.
—Helga...— la voz de Eva sonó más que débil al mencionar el nombre de la mujer que la había acogido y ocultado durante mucho tiempo.
Lukas no dijo nada, porque no tenía el valor de decirle la verdad, solo bajó un poco su mirada hacia el suelo pero eso bastó para que ella entendiera todo.
El pecho de Eva se contrajo por un fuerte dolor. —No… no…
Ella quiso avanzar hacia la pequeña puerta para salir del conducto, pero Lukas la sujetó del brazo y no se lo permitió. —Eva, no.
—¡Suéltame! ¡Los tuyos hicieron esto! ¡Son unos malditos! ¡Ella no merecía lo que le hicieron!— ella forcejeó desesperadamente. —¡HELGA!— Eva gritó su nombre sin importarle qué pudieran escucharla, por fortuna el sonido se perdió al combinarse con el de otra explosión un poco lejana.
Lukas la sacudió con fuerza para tratar de que entrara en razón. —¡Por favor, cálmate y escúchame!
Eva lo golpeó en el pecho intentando apartarlo. —Si vas a entregarme hazlo ya y si no, déjame salir.
—No voy a entregarte, te lo prometí y voy a cumplirlo pero, por favor, entiende. ¡Ya no puedes hacer nada por ella!
Esa última frase hizo que Eva se quedara paralizada durante unos minutos y el dolor empezó a subirle de forma lenta desde el estómago hasta la garganta.
Al notar que Eva había dejado de forcejear, Lukas aflojó ligeramente la fuerza de sus manos y le habló. —Tenemos que movernos antes de que regresen. Si te encuentran, de nada habrá servido el sacrificio de Helga.
La respiración de Eva empezó a acelerarse, porque entendió que la anciana había ganado tiempo para que ella pudiera escapar, aunque lo había pagado muy caro.
Una nueva explosión sacudió el edificio, el conducto crujió sobre la cabeza de Eva y Lukas volvió a mirar hacia atrás. —Debemos salir de aquí, si este lugar colapsa vamos a quedar enterrados aquí abajo.
Eva se limpió las lágrimas con el dorso de su mano. Lo hizo con tanta fuerza que su rostro quedó enrojecido pero, finalmente entendió que no había tiempo para llorar porque en una guerra no había tiempo para eso.
Lukas señaló el fondo oscuro del túnel. —El conducto conecta con el edificio de atrás. Podemos salir por ahí.
Eva no respondió pero empezó a moverse, porque el miedo seguía siendo más fuerte que el dolor.
El túnel era estrecho y sofocante. Tuvieron que avanzar casi arrastrándose entre polvo, ladrillos húmedos y restos de carbón viejo mientras las explosiones seguían resonando sobre sus cabezas. A veces el suelo temblaba tan fuerte que parecía que Berlín entero estaba derrumbándose encima de ellos.
Eva apenas si podía respirar. El aire estaba lleno de tierra y humo, lo que hacía bastante difícil esa simple acción.
Lukas avanzaba delante de ella usando una pequeña linterna militar. La luz apenas iluminaba lo suficiente como para distinguir las paredes.
—Cuidado. No te apoyes ahí, es demasiado frágil—murmuró él al pasar sobre una tubería rota.
Eva intentó seguirlo, pero el cansancio y el pánico estaban empezando a volver torpes sus movimientos. Su mano resbaló contra el suelo húmedo, el dolor en las rodillas era insoportable, y aun así siguieron avanzando, porque detenerse significaba morir e invalidar el sacrificio que Helga había hecho.
Después de varios minutos el túnel empezó a inclinarse hacia arriba.
Lukas empujó una vieja compuerta metálica oxidada qué, al principio, no cedió. —¡Maldición!— expresó en voz baja y volvió a intentarlo usando todo el peso del cuerpo. Finalmente la compuerta se abrió con un fuerte sonido de metal oxidado y el aire frío entró inmediatamente.
Eva salió detrás de él respirando de forma desesperada a causa del esfuerzo y lo que vio la dejó inmóvil.
Berlín estaba ardiendo de verdad. Las calles cercanas parecían un infierno cubierto de humo rojo y edificios incendiados. Algunos pedazos de concreto seguían cayendo desde estructuras destruidas en forma parcial o en su totalidad mientras las sirenas seguían sonando.
Las personas corrían en todas direcciones, algunas sangrando, otras cargando niños y otras más, gritando los nombres de sus familiares desaparecidos en medio del caos. El cielo había perdido su color habitual y ahora brillaba en él un naranja fuerte.
Eva sintió el horror cerrándole el pecho porque, aunque esa era una situación habitual, nunca la había vivido así tan cerca.