El ambiente en el refugio se volvió más que tenso cuando Reinhardt descendió las escaleras sin dejar de posar su vista sobre Eva.
No hizo falta que levantara la voz, que mostrara un arma o que apareciera con un ejército completo detrás de él. Bastó con su sola presencia, el uniforme gris, su chamarra de cuero negro y aquella calma inquietante con la que observaba a las personas heridas tiradas sobre el suelo, como si estuviera entrando a una oficina y no a un subterráneo lleno de sangre y humo.
Lukas notó que su pulso se aceleraba y pudo sentir con claridad cómo su corazón le golpeaba el pecho con bastante fuerza.
Reinhardt avanzó lentamente entre los heridos mientras dos oficiales lo seguían detrás. Al verlo acercarse una mujer apartó inmediatamente a su hijo del camino y un médico dejó de hablar a media frase, porque el miedo viajaba más rápido que las bombas y lo que ese hombre causaba era precisamente eso, miedo y terror.
Eva seguía arrodillada junto a aquél anciano herido, ayudándolo a curar sus heridas, hasta que fue consciente de que en el refugio el sonido del alboroto había pasado a un silencio total.
Cuando ella levantó un poco la mirada para ver lo que ocurría, el aire abandonó su cuerpo, porque ahí estaba él, Reinhardt.
El oficial recorría el lugar con los ojos claros, tranquilos y posados solo en Eva. No había nada más que captara su atención que no fuera ella.
Mientras más se acercaba Reinhardt más miedo se apoderaba de Eva pero, por fortuna, Lukas reaccionó de inmediato y caminó hacia ella. No tenía un plan concreto pero, por ahora, lo único que le importaba era alejarla de su superior.
—Vamos, levántate. Necesito ayuda afuera— dijo rápido el joven y la jaló del brazo de forma ruda.
Eva miró a Lukas confundida ante su cambio de actitud. Minutos antes la había ayudado a escapar y ahora se comportaba de forma dura y brusca.
Reinhardt, que no apartaba su mirada de ellos ni un segundo, notó las intenciones de Lukas. El hombre dibujó en su rostro una sonrisa bastante malévola
—¡Qué interesante!— dijo para sí mismo sin detener su caminata.
Eva empezó a levantarse de forma lenta y le reclamó a Lukas por su actitud. —¿Qué te pasa? ¿Acaso vas a entregarme?
—Deja de decir eso, no hagas preguntas y solo sígueme.
Al ver que Lukas no tenía ninguna mala intención, entendió que de nuevo la estaba protegiendo porque lo que vendría seguramente no sería nada bueno.
Eva asintió y con bastante prisa dejó los instrumentos médicos sobre una manta ensangrentada y comenzó a caminar junto a él en medio de los heridos, intentando parecer tranquila e intentando respirar con calma pero Reinhardt no dejaba de avanzar hacia ellos de forma lenta y segura, como un cazador que disfruta perseguir animales cansados.
—Adler— Reinhardt habló al ver que ambos jóvenes no tenían intención de detenerse.
Lukas tuvo que detenerse al escuchar su apellido, porque por más que quisiera ayudar a Eva, él seguía siendo su superior.
Eva se quedó estática del miedo. La sensación de angustia que tenía era tanta que un sudor frío comenzó a bajarle por el rostro, las manos y la espalda.
Finalmente, Reinhardt llegó hasta ellos acomodándose sus guantes negros, observó primero a Lukas, luego a Eva y sonrió de forma muy ligera pero amenazante.
—Qué coincidencia encontrarlos otra vez juntos. Esto ya se está volviendo una costumbre muy recurrente. ¿No crees, Adler? Han sido muchas las coincidencias de este tipo.
Ninguno de los dos respondió. A lo lejos alguien gritó pidiendo un doctor y una niña comenzó a llorar pero, alrededor de ellos, todo parecía suspendido. En ese momento nadie más existía.
Reinhardt observó el uniforme médico de Eva. —Señorita Ana Keller, me da mucho gusto volverla a ver. Debo recordarle que nuestra última conversación se vio interrumpida y aún me debe una respuesta.
Eva sintió su garganta completamente seca producto del nerviosismo pero trató de disimularlo y respondió de la forma más natural y calmada posible.
—Nací en Frankfurt, Señor.
Reinhardt inclinó un poco la cabeza. —¿Ah sí? ¿Está segura?— hubo un pequeño silencio que duró escasos segundos pero los ojos grises del oficial no se despegaron ni un instante de ella. —¡Qué curioso! Esta mañana revisamos los registros civiles y no encontramos ninguna mujer de su edad nacida en Frankfurt, de hecho, ni siquiera existe un solo nacimiento con el nombre de Ana Keller.
El mundo se detuvo para Eva en ese instante, su respiración se volvió entrecortada y el cuerpo de Lukas se tensó de forma total, porque sabía que la había descubierto.
Reinhardt observó con cuidado y de forma lenta cada reacción, disfrutando de lo que veía en ellos.
—Claro— continuó el oficial de forma suave. —Los bombardeos han destruido muchos archivos. Sería una gran casualidad que el suyo se hubiera perdido en uno. ¿No cree?
Eva no dijo ni una sola palabra, porque no tenía cómo defenderse de eso.
El refugio seguía lleno de ruido, pero la tensión entre ellos parecía aislada del resto del mundo, como si estuvieran en una burbuja que los separaba de los demás.
Reinhardt dio un pequeño paso para acercarse a Eva e invadir su espacio personal. —¿Le molestaría mostrarme sus documentos, señorita Keller?
Lukas reaccionó sin pensar, tratando de que Eva no cometiera cualquier error que la dejara expuesta ante su superior.
—Con todo respeto, Señor, no es momento para esto. Hay personas que necesitan atención médica y estamos perdiendo tiempo valioso con este interrogatorio sin sentido.
Ese fue un grave error.
Reinhardt dirigió con lentitud su mirada hacia Lukas y aquella sonrisa elegante desapareció por completo.
—No recuerdo haber pedido tu opinión, Adler, así que guarda silencio y no te metas en donde no te llaman.
Lukas obedeció esa orden y apretó sus puños con fuerza tratando de contener la rabia que sentía. Eva, por su parte, empezó a sentir el terror creciendo, aún más, dentro de ella, porque Lukas había tratado de ayudarla y lo único que había conseguido era llamar la atención de Reinhardt y levantar más sus sospechas.