El último cielo de Berlín

15. Entre ruinas

El silencio después de aquellas palabras fue extraño y pesado, como si hasta la ciudad, destruida alrededor, hubiera dejado de funcionar.

Eva observó a Lukas sin saber qué decir, porque ahora tenía un nombre y eso lo volvía más real, cercano y también peligroso.

La pequeña Greta seguía abrazando su muñeca rota observándolos con cautela desde la entrada de la librería, hasta que Eva rompió el silencio. —Eva.

Lukas levantó la mirada sin entender qué quería decir ella.

Eva tragó saliva y continuó. —Mi verdadero nombre es Eva Rosenberg.

La frase quedó suspendida entre ambos porque ya no había mentiras, disfraces y nombres falsos. Por primera vez estaban frente al otro exactamente como eran y eso les causaba un miedo terrible.

Lukas sintió algo doloroso dentro de su pecho al escuchar el apellido Rosenberg porque eso solo confirmaba lo que ya sospechaba al ver aquél collar en el cuello de Eva. En efecto, era judía.

Eva sostuvo su mirada esperando algo como miedo, distancia o arrepentimiento, porque había aprendido el instante en que las personas descubrían quién era realmente, siempre venía acompañado de rechazo, silencio, incomodidad y odio.

Para su sorpresa, Lukas no retrocedió ni dijo nada y eso la confundió aún más, porque estaba acostumbrada al odio, a las miradas cargadas de prejuicios y a la lástima, pero no a la aceptación silenciosa ni a que alguien se quedará a su lado.

La pequeña Greta se acercó lentamente hasta Eva. —Tengo hambre— la voz pequeña atravesó la tensión como una aguja y Eva reaccionó inmediatamente, porque incluso en medio del horror seguía siendo incapaz de ignorar a alguien que necesitaba ayuda.

Lukas siguió en silencio y comenzó a revisar la librería, de nuevo, en busca de cualquier cosa que fuera de utilidad.

Entre los estantes derrumbados encontró libros quemados, páginas sueltas, fotografías cubiertas de polvo y montones de madera astillada. Se notaba que, antes de la guerra, había sido un lugar hermoso. Podía imaginarlo lleno de lectores, conversaciones tranquilas y olor a papel nuevo pero ahora solo quedaban ruinas.

Después de unos minutos encontró una pequeña caja metálica entre los escombros. Dentro había dos latas abolladas, galletas duras, y una barra de chocolate parcialmente derretida.

Greta abrió los ojos como si hubiera encontrado un tesoro y Eva sintió unas inmensas ganas de llorar porque, en tiempos de guerra, aquello tan insignificante era un verdadero tesoro.

Lukas abrió cuidadosamente una de las latas usando una herramienta oxidada y la niña devoró la comida tan rápido que daba miedo.

Eva observó cada movimiento en ella, sus manos pequeñas, las mejillas hundidas y la forma desesperada en que degustaba. —¿Hace cuánto no comes?

Greta bajó lentamente la mirada. —No sé.

Eva sintió una leve punzada en su pecho porque la guerra estaba llena de niños obligados a crecer demasiado rápido, niños que aprendían a esconderse antes de aprender a leer, que ya conocían el sonido de las armas y que ya distinguían un bombardeo lejano y uno cercano.

Lukas permaneció en silencio observándolas a ambas desde una esquina del lugar y algo empezó a incomodarle mientras Eva acomodaba con suavidad el cabello sucio a la niña, porque en medio de toda aquella destrucción... ella seguía conservando ternura después de todo lo que había visto y lo que había perdido.

Tal vez por eso él había regresado por ella, porque era la primera persona en muchísimo tiempo que todavía parecía humana.

Pasaron varias horas escondidos en la librería mientras afuera continuaban escuchándose explosiones esporádicas y vehículos militares recorriendo las calles.

La nieve comenzaba a acumularse entre las ruinas y los copos descendían de forma lenta desde el cielo gris, dándole a Berlín la apariencia de una ciudad fantasma.

Después de terminar de comer, Greta se quedó profundamente dormida usando el abrigo de Eva como manta. La muñeca rota seguía atrapada entre sus brazos.

Eva la observó dormir y pensó en cuántos niños ya no podían hacerlo, cuántos habían desaparecido y cuántos jamás volverían a despertar.

Aun sin decir nada, Lukas seguía vigilando desde la ventana destruida porque no podía relajarse, no después de Reinhardt.

La imagen del oficial cayendo entre humo y concreto seguía repitiéndose en su cabeza, aunque también lo invadía la duda de si seguía vivo. La respuesta más probable a eso era que sí, porque los hombres entrenados de forma fría solo para destruir, como Reinhardt, siempre sobrevivían.

Tratando de romper la tensión, Eva se acercó lentamente hasta él y le habló con voz suave. —¿Estás bien?

Lukas asintió sin responder nada.

—Si no quieres hablar conmigo, lo entiendo— Eva agachó la cabeza con un semblante triste.

—No es eso, solo estaba pensando.

—¿En qué piensas?

Lukas soltó una pequeña risa amarga. —En que probablemente ahora soy el hombre más buscado de Berlín.

Ella observó la calle destruida unos segundos a través de una grieta. Los restos de un tranvía seguían volcados sobre la avenida y un automóvil quemado permanecía atrapado bajo una montaña de escombros. —Pudiste abandonarme muchas veces— dijo sin despegar su mirada.

—Sí.

—¿Por qué no lo hiciste?— ahí estaba otra vez esa pregunta y, de nuevo, él no tenía una respuesta. Porque lo que había empezado con curiosidad y culpa se transformó en preocupación y necesidad.

Lukas apoyó ambas manos sobre el marco destruido de la ventana y la madera crujió bajo sus dedos antes de hablar. —¿Has escuchado alguna vez suficientes gritos como para dejar de reaccionar?— Eva lo miró lentamente y él continuó hablando sin voltear a verla. —Al principio intentas ayudar a todos, luego sobrevives suficiente tiempo y algo cambia— su voz sonaba distante y vacía. —Entonces empiezas a acostumbrarte y un día descubres que viste cosas horribles... sin sentir ya nada.




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