El último cielo de Berlín

17. El momento del quiebre

El aire helado golpeó sus rostros en cuanto atravesaron la abertura trasera de la librería.

Al momento de correr, Eva tropezó con un pedazo de concreto entre los escombros qué la hizo aterrizar sobre la nieve y el suelo roto mientras Greta seguía aferrada a su mano con desesperación.

Detrás de ellos continuaban escuchándose disparos, gritos, órdenes y la voz de Reinhardt, en medio del caos, organizando la captura. —¡RODEEN EL Callejón! Si escapan pagarán con su vida.

—¡Corran!— la reacción de Lukas fue inmediata. No podían perder tiempo, cada segundo que pasaba era demasiado valioso para seguir con vida.

Los tres se dispusieron a atravesar el callejón cubierto de humo mientras algunos pedazos de ceniza seguían cayendo desde el cielo y cubría sus cabezas.

En algún punto del recorrido, la respiración de Eva comenzó a entrecortarse por el esfuerzo físico pero, por más que su cuerpo estuviera cansado, nada la hacía olvidar que había besado a Lukas, en medio de disparos, de la guerra y, prácticamente, del fin del mundo, y lo peor era que no se arrepentía de haberlo hecho.

De pronto, una bala impactó contra una pared cerca de ellos, Greta gritó aterrada, soltó a Eva y se quedó agachada sobre el suelo, cubriéndose los oídos con sus pequeñas manos.

Al ver el estado de shock de la pequeña, Lukas comprendió qué no podía seguir por su cuenta así que la tomó en sus brazos y continuó corriendo. —¡Por aquí! No te detengas— le indicó a Eva quien también estaba casándose y perdiendo velocidad.

Dos calles más adelante, dieron vuelta en una esquina y pudieron observar dos edificios destruidos de forma parcial mientras las sirenas antiaéreas continuaban sonando, los bombardeos estaban un poco más lejanos y, los soldados que los perseguían habían quedado atrás.

Sin descuidar el espacio a su alrededor ingresaron a uno de los edificios para resguardarse de forma momentánea. Los pisos superiores del lugar habían colapsado casi por completo, pero los inferiores estaban en pie, aunque cubiertos de polvo y muebles rotos.

Cuando estuvo seguro de que no había peligro, Lukas dejó a Greta sobre el suelo con cuidado mientras intentaba recuperar el aliento. Eva observó hacia afuera desde una ventana destruida y pudo ver algunas luces moviéndose entre las calles, linternas y soldados. Era más que obvio que seguían buscándolos y no descansarían hasta encontrarlos.

El corazón de Eva latía demasiado fuerte, no solo por la persecución sino también por Lukas porque, después de tantos días de tensión, miedo y silencio, al fin había ocurrido algo entre ellos y ahora ninguno sabía cómo mirarse o hablarse.

En medio de un leve sollozo, Greta seguía abrazando su muñeca rota. Al verla, Eva se arrodilló inmediatamente frente a ella y le habló. —Oye, mírame.

—Tengo miedo— la niña levantó un poco su rostro lleno de lágrimas.

—Todo va a estar bien, te lo prometo— agregó Eva, pero era mentira, nadie podía asegurar eso, aunque había sido necesaria para darle un poco de consuelo y tranquilidad.

Incapaz de acercarse a ellas, Lukas las observó desde el otro lado de la habitación semidestruida y sintió algo un poco extraño en su pecho porque, a pesar de todo lo que estaban viviendo, Eva seguía siendo cálida, amable y seguía mostrando empatía y preocupación por los demás.

Él trató de recordar algún momento en el que hubiera tenido una actitud como la de ella pero no encontró ninguna en su memoria. Los años al servicio del ejército alemán lo habían hecho olvidar que existían los sentimientos.

Pasaron varios minutos en silencio, escuchando solo el ruido lejano de motores y explosiones. La nieve comenzó a entrar por las grietas del edificio y Greta logró quedarse dormida acurrucada contra Eva, más que agotada.

Sentado sobre el suelo, con las piernas semiflexionadas y los brazos cruzados sobre ellas, Lukas comenzó a vigilar la calle a través de un cristal empañado y sucio, con un semblante lleno de preocupación.

Ninguno quería hablar después de lo que había pasado pero, al final Eva decidió romper ese silencio incómodo qué se había instalado entre ellos. —Te están buscando por toda la ciudad.

—Supongo que sí— él soltó una risa amarga.

—¿Qué pasará si te encuentran?— la pregunta trajo un nuevo silencio.

—Todo depende de cuánto quiera disfrutarlo Reinhardt— respondió Lukas después de haberlo pensado un buen rato.

Eva sintió terror, porque él no hablaba como alguien imaginando posibilidades, lo hacía como alguien ya que conocía a la perfección cómo funcionaban las sanciones.

—Digamos que cometí deserción, traición, ayuda a judíos— habló sin despegar la vista del exterior. —No necesito mucha imaginación para saber cómo termina eso. A Reinhardt le encanta la violencia— dio un suspiro profundo.

Eva sintió tristeza y rabia porque estaba entendiendo las consecuencias que tendría Lukas por haberla ayudado. Si los atrapaban no recibiría un castigo ni tampoco iría a prisión, él moriría. Lo más cruel de todo era que Lukas lo sabía desde el momento en que volvió por ella en el túnel y aun así había decidido dejar su vida y arriesgar todo por ella.

—Lo siento— dijo Eva con lágrimas en los ojos y agachando la mirada hacia el suelo. —Debí dejar que me entregaras en la librería y, por el contrato, te pedí que no lo hicieras. Si aún estás a tiempo, hazlo. Estoy dispuesta.

—No vuelvas a decir eso— Lukas giró su rostro hacia ella con molestia, herido al querer minimizar todo lo que había hecho por ella.

—Anda, llévame con él— las lágrimas comenzaron a llenar de nuevo sus ojos. —No es justo que destruyas tu vida por mi.

—¡Entiéndelo de una vez! ¡Mi vida ya estaba destruida desde antes de conocerte!— la respuesta salió en forma de un fuerte grito que hizo que Greta se moviera un poco.

La respiración de Lukas se mantuvo agitada durante unos segundos y luego pasó ambas manos por su rostro lleno de hollín, agotado y harto de todo. —¿Sabes cuál es la peor parte?— bajó la voz y soltó una risa vacía mientras Eva lo observó en silencio. —Que durante años pensé que yo era uno de los buenos— justo en ese momento una ambulancia militar atravesó la calle a toda velocidad y Lukas desvío de forma lenta la mirada hacia ella. Una vez que se aseguró de que no estaban en peligro, continuó. —Durante años me dediqué a obedecer órdenes creyendo que defendía a mi país, porque eso nos repetían todos los días— su voz empezó a quebrarse un poco. —Y luego empiezas a ver cosas y a ser parte de ciertas atrocidades— los ojos de Eva lo observaron fijos, porque sabía exactamente que se refería a los trenes, las desapariciones, los hospitales llenos y las listas. Lukas tragó saliva y siguió —Había niños, mujeres y más personas muriendo de hambre mientras los oficiales brindaban con vino hablando de patriotismo— Eva se sintió terrible, porque Lukas se estaba abriendo con ella y había empezado a confesar cosas que se notaba llevaba guardando demasiado tiempo. —No podías quejarte de nada. Si decías algo te catalogaban como débil, traidor o un cobarde— finalizó bajando la mirada hacia sus propias manos.




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