El último cielo de Berlín

18. Recuerdos de culpa

Lukas no recordaba la última vez que había dormido en verdad y no se refería a cerrar los ojos unos minutos en medio de las explosiones ni a quedarse inconsciente por agotamiento sino a descansar sin miedo.

Aquella madrugada permaneció despierto junto a la ventana destruida del edificio mientras Eva y Greta dormían entre unas mantas viejas llenas de polvo o al menos lo intentaban.

Afuera, la ciudad seguía iluminándose, de forma intermitente, por incendios lejanos y reflectores militares que atravesaban el cielo cubierto de humo.
La ciudad parecía enferma y, aunque había rumores de que el final estaba cerca, nadie lo creía.

Lukas observó las calles vacías cubiertas de nieve y escombros mientras miles de pensamientos le golpeaban la cabeza al mismo tiempo. En su mente se repetían como un bucle sin fin Reinhardt, la Gestapo, el beso de Eva, la forma en que ella había sostenido su rostro mientras él se derrumbaba y las palabras de aliento que le había dedicado.

Todavía podía sentir sus manos y eso lo aterró más de lo que debería porque llevaba años sobreviviendo gracias a una sola cosa, no sentir demasiado ni encariñarse con las personas a su alrededor y Eva estaba destruyendo poco a poco esa coraza de insensibilidad qué él había puesto.

Una parte de él quería aferrarse desesperadamente a lo que su corazón le dictaba pero otra quería correr, porque mientras más cercana se volvía Eva para él, más insoportable resultaría si algo le ocurría.

De pronto, un ruido suave detrás lo sacó de sus pensamientos. Eva se había despertado y permaneció sentada unos segundos, observándolo en silencio, bajo la tenue luz gris del amanecer.

Lukas seguía de espaldas, tenso, como si tampoco recordará lo que era el cansancio.

—Creo que deberías dormir un poco— la voz suave de Eva hizo que él girará un poco la cabeza.

—No te preocupes. Estoy bien— declaró Lukas, aunque era una mentira para no preocuparla.

Eva se levantó de forma lenta y sigilosa, intentando no despertar a Greta, aunque esa simple acción le causó molestia. El frío dentro del edificio era insoportable y, agregado a eso, los músculos le dolían por el cansancio acumulado y el miedo seguía siendo más fuerte que cualquier agotamiento físico.

Con pasos lentos, Eva se acercó hasta quedar junto a él frente a la ventana destruida desde la que él vigilaba. Desde ahí alcanzaban a distinguirse algunas columnas de humo elevándose sobre Berlín y, a lo lejos, sonaban esas malditas sirenas otra vez.

—La ciudad parece distinta— habló Eva abrazando su propio cuerpo para mitigar el frío.

—Es porque ya sabe que está perdiendo— Lukas observó el horizonte destruido y la frase quedó en el aire pues, aunque nadie decía la palabra derrota en voz alta, podía sentirse en el ambiente.

—¿Crees que terminará pronto?— Eva miró las calles vacías unos segundos.

—No– Lukas tardó demasiado en responder, aunque lo hizo con una voz amarga. —Los hombres como Hitler prefieren destruirlo todo antes de aceptar que perdieron.

Eva bajó la mirada con lentitud, otra explosión lejana hizo vibrar los cristales rotos y el silencio volvió, y con él, todo lo que había pasado entre ellos horas antes. Ninguno sabía cómo hablar de aquel beso, porque en una guerra no había espacio para algo así.

—Eva— Lukas decidió tomar la iniciativa y ella volteó a verlo. Durante unos segundos él no supo qué decir, porque aunque trató de buscar las palabras correctas, no las encontró, así que dijo lo primero que vino a su mente. —Lo que pasó… Yo...— se interrumpió porque ni siquiera sabía cómo nombrarlo.

El corazón de Eva se aceleró, en parte por emoción pero también porque lo que menos quería escuchar de él era que había sido un error provocado por el miedo, la adrenalina y la desesperación que vivieron en ese momento.

—Quiero que sepas que no estoy arrepentido, solo estoy confundido.

—Entonces, ¿significó algo para ti?— cuestionó Eva pero antes de que Lukas pudiera responder, se escucharon motores.

Ambos reaccionaron de inmediato y Lukas tomó su pistola que había colocado en el suelo mientras Eva despertaba a Greta lo más rápido posible. El sonido de los vehículos militares venía desde la calle principal.

Lukas se acercó con cuidado a una abertura en la ventana y sintió su estómago revolverse al observar camiones llenos de civiles. Hombres, mujeres y niños estaban siendo custodiados por soldados armados.

—¿Qué ocurre?— Eva preguntó al notar el cambio en su expresión.

Él dudó un segundo en mostrarle o no lo que estaba pasando pero al final se hizo a un lado para que pudiera ver y le hizo una seña con su mano para que se colocara lejos de la vista de los soldados.

En cuanto presenció el exterior, el aire se le fue del pecho. Eran judíos, los reconocía por la estrella amarilla cocida sobre sus abrigos desgastados. Los soldados los hacían avanzar entre nieve y humo, algunos apenas si podían caminar. Había ancianos, niños pequeños y mujeres cargando maletas miserables con lo poco que aún les quedaba de vida.

De pronto un soldado golpeó a un hombre que caminaba con bastante lentitud. Al ver esa escena, Greta ocultó su rostro en el pecho de Eva y comenzó a temblar.

La escena parecía irreal, era como ver un desfile directo hacia el infierno atravesando una ciudad que fingía que no pasaba nada.

Eso era lo peor, que las ventanas alrededor seguían cerradas y las personas escondidas detrás de ellas observaban sin intervenir, sin hablar y sin hacer nada.

El terror volvió a Eva porque, de no haber sido por Lukas, ella podría haber sido una de esas personas que acababan de sacar de sus hogares. Entonces vio algo que terminó de destruirla, una niña. Tendría la misma edad que Greta y caminaba sosteniendo la mano de su madre mientras abrazaba un conejo de tela sucio contra su pecho, incluso tenía el mismo gesto de horror que tenía Greta cuando la encontraron.




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