El último cielo de Berlín

19. Un hombre con miedo

El sonido de los vehículos militares acercándose hizo que el edificio pareciera más pequeño y más asfixiante.

Tan pronto como pudo, Eva sujetó la mano de Greta con fuerza mientras Lukas observaba la calle desde la ventana destruida.

Los soldados seguían avanzando entre la nieve con linternas y perros para poder revisar entre los escombros.

El corazón de Eva comenzó a acelerarse por el miedo y la incertidumbre. —Lukas. ¿Qué vamos a hacer?

Él no respondió enseguida porque toda su concentración estaba dirigida hacia lo que sucedía. Dos oficiales estaban revisando edificios puerta por puerta mientras otros descendían de los camiones preparando sus armas y las listas con los nombres de quienes debían estar en sus casas y, al frente de todo, Reinhardt, como siempre, tranquilo e impecable, como si todo lo que ocurría en Berlín jamás lograra tocarle un solo cabello.

—Tenemos que movernos antes de que nos encuentren— Lukas se apartó de la ventana para compartir su plan de escape.

—¿A dónde?— Eva preguntó con desesperación al no ver una posible salida.

—Hay un acceso al metro abandonado, dos calles abajo— Lukas señaló hacia la parte trasera del edificio destruido.

—Tengo miedo— Greta habló entre sollozos y se aferró con más fuerza al abrigo de Eva.

Por alguna extraña razón, la voz de la pequeña hizo que algo dentro de Lukas se removiera, él se arrodilló frente a ella de forma rápida y, por primera vez en años, volvió a hablarle a un niño, aunque hubiera olvidado cómo hacerlo. —Oye— Greta levantó la mirada un poco y Lukas tragó saliva. —Solo necesito que seas valiente unos minutos más, ¿sí?

La niña observó el uniforme gris cubierto de polvo y sangre seca sobre la tela. Todavía sentía miedo al verlo pero esta vez no retrocedió y asintió con calma. Esto para Lukas fue un poco extraño porque nunca imaginó que una niña pequeña pudiera confiar en él y, ahora que lo había logrado, sentía que no lo merecía.

Un golpe fuerte resonó en uno de los edificios cercanos, eso solo quería decir que la Gestapo ya estaba entrando a la zona.

—Vamos— Lukas les indicó el momento de partir y salieron del edificio usando algunas calles secundarias cubiertas de escombros.

La nieve seguía cayendo sobre la ciudad, mezclada con la ceniza que llegaba desde incendios cercanos, el aire olía a humo, metal y muerte y a lo lejos continuaban escuchándose explosiones. La guerra nunca descansaba.

Greta caminaba entre Eva y Lukas sosteniendo con fuerza las manos de ambos, como si soltarlos significara perder su seguridad. Lukas avanzaba adelante, vigilando cada esquina antes de dar vuelta y ponerlas en peligro. Todo su cuerpo estaba tenso. Eva, desde atrás, podía notar cómo el miedo lo estaba consumiendo en cada paso que daban y no por él mismo, sino por ellas.

Doblaron rápidamente hacia una avenida destruida de forma parcial y entonces escucharon motores sonar muy cerca de ellos.

La reacción de Lukas fue inmediata, tomó a las dos de la mano y las jaló hacia la parte trasera de un tranvía destrozado.

Un convoy militar atravesó la calle de forma lenta y, detrás de él, podían verse varios vehículos negros. Era la Gestapo buscándolos.

Con mucha cautela, Eva se colocó junto a Lukas para poder observar lo que pasaba. Algunos soldados estaban revisando las ruinas cercanas mientras un oficial le mostraba a los civiles fotografías, las mismas que Lukas había visto antes con su rostro borroso y ahora unas también con el de Eva.

Un soldado comenzó a acercarse hacia el tranvía donde se ocultaban y Lukas levantó su arma, despacio. Al notar su acción, Eva dibujó en su rostro un semblante de angustia porque sabía que si él disparaba, los encontrarían enseguida.

Los pasos seguían acercándose cada vez más y el cuerpo de Greta empezó a temblar de forma involuntaria. Eva se dio cuenta de lo que el miedo estaba causando en la niña y se dirigió hacia ella para cubrir su boca y así evitar que algún sonido saliera de ella.

Por fin el soldado llegó hasta el otro lado del tranvía y se detuvo frente a él. Lukas se preparó para actuar si era necesario y colocó su dedo sobre el gatillo de su arma cuando notó que el hombre estaba a punto de dar la vuelta para revisar pero, justo en ese instante, una explosión brutal resonó varias calles adelante y el suelo vibró con fuerza.

Los soldados comenzaron a movilizarse en medio de gritos y órdenes. —¡Bombardeo! Todos al frente— el oficial se alejó de inmediato corriendo hacia su convoy y los vehículos arrancaron con velocidad perdiéndose entre el humo y el caos.

Un suspiro de alivio salió de la boca de Eva, aunque su cuerpo temblaba por la adrenalina del momento. A pesar de todo lo que estaba sintiendo y viviendo, no se había separado de Greta que ya había comenzado a llorar bajito. Lukas, por su parte, permaneció inmóvil unos segundos más, asegurándose de que en realidad se hubieran marchado, y cuando estuvo seguro de ello, bajó la pistola con calma y se dejó caer sobre la nieve, agotado.

El rostro de Lukas estaba sudando, a pesar del frío, porque había sentido tanto miedo de disparar y no porque no supiera hacerlo sino porque sabía a la perfección que después de apretar el gatillo serían capturados.

Una vez que el peligro pasó, siguieron caminando y lograron llegar a la entrada del metro justo cuando empezaban a sonar las alarmas antiaéreas una vez más. La estación estaba semidestruida, cubierta de agua sucia en algunos tramos, concreto roto y restos de antiguos refugios improvisados. Era tan oscura, fría y silenciosa que parecía más un cementerio que lo que había sido antes.

Ya estando dentro del lugar, caminaron algunos metros hasta que encontraron un espacio seguro y libre de humedad en el que Eva y Greta se sentaron a descansar mientras Lukas revisaba el lugar para confirmar que estaban solos y, por fortuna, así fue. Durante su recorrido, logró encontrar una vieja lámpara de emergencia que aún funcionaba y la encendió. La luz amarilla iluminó los túneles vacíos de forma tenue.




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