Sin saber cuánto tiempo había pasado, Eva despertó en medio de aquel túnel silencioso. Ahí dentro todo estaba tan calmado que parecía como si la guerra no pudiera acercarse a ellos.
La paz con la que la pequeña Greta dormía era gratificante. Verla así de tranquila después de haber observado su rostro lleno de horror era algo que no se comparaba con nada. Lukas permanecía junto a la pequeña, aún cubiertos con aquellas mantas viejas que habían encontrado. Era una fortuna que, después de negarse, por fin hubiera podido cerrar los ojos. Estaba tan fatigado que se había quedado dormido con la espalda apoyada contra una pared húmeda, su cabeza estaba un poco inclinada hacia adelante y aun sostenía su arma entre sus dedos por si se presentaba alguna situación.
Verlo de esa manera fue un golpe muy duro para Eva y, hasta cierto punto, doloroso, porque aun cuando estaba intentando descansar seguía en un estado de alerta constante, como si su cuerpo se hubiera acostumbrado a vivir de esa manera.
La luz tenue de la lámpara iluminaba de forma parcial todas las marcas de cansancio en su rostro y algunas cicatrices sobre las manos. Era como si llevara fragmentos de la guerra escritos sobre su piel.
Después de mucho pensar, Eva no lograba asimilar todo lo que había pasado y cómo habían cambiado sus vidas de un día para otro. Unas semanas atrás ella era una simple asistente de enfermería en un hospital improvisado y él, solo un hombre más con uniforme que ahora dormía escondido junto a ella bajo una ciudad que se derrumbaba mientras la Gestapo lo cazaba.
De pronto, un ruido lejano resonó en el túnel y Eva se levantó de inmediato, sobresaltada pero, por fortuna, solo era agua cayendo desde una tubería rota. Era triste ver cómo el miedo ya vivía dentro de todos ellos de forma permanente.
Unos segundos después de darse cuenta de que no había ninguna amenaza, Eva volvió a sentarse, pero esta vez junto a Lukas. Una vez más observó su rostro y se disponía a retirar un mechón de cabello de su frente cuando notó que una pequeña cadena metálica se asomaba por debajo de su uniforme parcialmente abierto.
Una especie de curiosidad nació dentro de ella, porque aquello no parecía una placa militar. Lukas seguía dormido, así que Eva decidió acercarse a él un poco más, en silencio para no despertarlo. Por más que trataba de desviar su atención, sus ojos solo se posaban sobre la cadena así que, después de analizarlo por un largo rato, la tomó entre sus dedos con suavidad.
En efecto, no era una placa militar, era un relicario pequeño, viejo y gastado.
Por un instante pensó en no abrirlo pero algo dentro de ella necesitaba saber qué había en él y terminó por hacerlo.
Un silbido de asombro salió de su pecho al ver dentro de él la fotografía de una mujer joven, sonriente frente a un lago, y junto a ella, un niño pequeño.
Un escalofrío brutal recorrió todo el cuerpo de Eva y volvió a mirar la fotografía El niño tendría unos cinco años, tenía el mismo cabello negro de Lukas y su misma mirada azul cielo.
Dentro de su pecho sintió una especie de ardor que la hizo retroceder un poco, porque esa imagen era la muestra de que aquél hombre al que ella había besado, tenía una esposa y un hijo, una familia.
El pequeño movimiento de Eva hizo que Lukas despertara enseguida. Abrió los ojos sobresaltado y reaccionó por instinto tomando el brazo de Eva con la misma fuerza destructora con la que ponía fuera de combate a algún enemigo.
—¿Qué pasa?— su voz salió áspera y violenta pero al ver el relicario abierto entre las manos de Eva recordó en donde estaba y su rostro palideció al mismo tiempo que la soltaba con suavidad.
—¿Tienes… un hijo?— la frase salió con una mezcla de pregunta y angustia. La mirada de Lukas se dirigió hacia el suelo en señal de derrota.
De forma lenta Lukas abrió el broche de la cadena y dejó que esta cayera sobre las manos de Eva sin decir nada. Greta aún seguía dormida a su lado por lo que él se levantó con calma para no despertarla y caminó para alejarse un poco de ellas.
El asombro no abandonaba el cuerpo de Eva, por el contrario, la mantenía inmóvil, con el corazón golpeando su pecho con fuerza por el dolor inexplicable que sentía al ver esa imagen.
Durante un buen rato él no dijo nada. Cada segundo que se mantenía en silencio, su mente traía los recuerdos de lo que había sido su vida pasada. En un momento pasó sus manos sobre su rostro demacrado, debatiendo si responder a la pregunta de Eva o ignorarla pero terminó eligiendo la primera opción.
—Se llamaba Emil— respondió aún de espaldas y en tiempo pasado. —Tenía cinco años cuando murió— su voz sonaba vacía y sin emociones, como si estuviera abriendo una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. Eva bajó la mirada hacia la fotografía en la que el niño sonreía y él continuó. —La difteria se extendió rápido en nuestro barrio al principio de la guerra— la culpa en su voz era insoportable. —No había medicinas suficientes. Los pocos suministros que los hospitales tenían iban directo para el ejército— las lágrimas empezaron a llenar los ojos de Eva, porque esa era la otra cara de la guerra, había niños muriendo aún cuando estaban lejos de las bombas. Lukas soltó una pequeña risa melancólica y continuó. —Yo había sido enviado fuera de Berlín cuando todo ocurrió— él por fin giró para mirar de frente a Eva, con el semblante más triste que le había visto hasta ahora. —No pude despedirme de él.
El silencio que vino enseguida dolió muchísimo, porque ahora entendía muchas cosas, esa tristeza constante, el vacío que siempre parecía tener y la forma en que miraba a Greta. Por eso la protegía así, porque cada vez que la veía recordaba a Emil.
—¿Y su madre?— una punzada atravesó el pecho de Eva.
Lukas cerró los ojos de forma lenta y eso fue suficiente respuesta aún antes de hablar. —Murió durante un bombardeo, un año después— la respuesta apenas si llegó.