El Ultimo Crisol de Elysara

CAPITULO 11

Valle de Noctua – Zona Cero (Horas después de la batalla)

La nieve en el Valle de Noctua siempre había sido blanca, famosa por su pureza. Ahora, caía gris.

Lian se arrastraba entre los escombros de lo que solía ser la Gran Biblioteca. Su túnica de erudito, antes inmaculada, estaba rasgada y empapada de una mezcla viscosa de barro, sangre y ceniza. No corría; cojeaba. Un trozo de mampostería le había destrozado el tobillo, pero el dolor físico era un eco lejano comparado con el ruido que llenaba su cabeza.

El ruido del fuego devorando mil años de historia.

A su alrededor, el aire olía a papiro quemado y a carne chamuscada. Los cuerpos de los escribas, sus amigos, sus maestros, yacían esparcidos como muñecos rotos bajo las vigas colapsadas. No llevaban armaduras. Habían muerto abrazando libros, intentando proteger el conocimiento con sus propios cuerpos, una defensa inútil contra el fuego de Ignis y los rayos de Aetheria.

Lian se detuvo frente a un cadáver familiar. El Maestro Elro. Tenía los ojos abiertos, fijos en el cielo lleno de humo, con una expresión de sorpresa eterna.

Lian

—Dijiste que el conocimiento era un escudo, maestro —susurró, su voz rota por la tos—. Mentiste. El conocimiento no nos sirvió de nada, todos están muertos.

Se agachó, temblando, y cerró los ojos del anciano. Bajo el brazo rígido de Elro, algo brillaba débilmente, protegido de las llamas. No era un libro. Era una caja de piedra negra, grabada con los glifos prohibidos de los fundadores de Noctua.

Lian la tomó. Pesaba como una losa de tumba.

Sabía lo que era. El Cuerno de Noctua. Una reliquia que los bibliotecarios habían jurado esconder, no usar. Se decía que podía amplificar la voz de un hombre hasta convertirla en el grito de un dios.

Lian

—Noctua era neutral —dijo al vacío, apretando la caja contra su pecho hasta que las aristas le cortaron la piel—. No pedimos esta guerra. No elegimos bando.

Un estruendo lejano sacudió el suelo. Una de las torres de Aetheria pasaba en vuelo rasante, patrullando su "victoria". Las risas de los pilotos resonaron amplificadas por sus megáfonos, celebrando la conquista de un valle lleno de gente desarmada.

La tristeza en el pecho de Lian se solidificó. Dejó de ser duelo y se convirtió en algo frío, afilado y mucho más útil.

Se levantó, ignorando el dolor de su pierna. Miró la caja en sus manos y luego a las naves que se alejaban en el horizonte.

Lian

—La neutralidad es solo una forma elegante de esperar turno para morir —escupió, limpiándose una lágrima negra de hollín—. Se acabó la espera.

Caminó hacia las sombras de las montañas circundantes, dejando atrás los cadáveres y los libros. El erudito Lian había muerto en el fuego junto con su maestro. Lo que salía de las ruinas era algo nuevo. Algo que no quería aprender historia, sino castigarla.

Cueva de los Lamentos – Límite Norte del Valle

La cueva no era un refugio; era una herida en la montaña, un lugar donde el viento silbaba con un tono que sonaba demasiado humano. Lian se dejó caer contra la pared de roca, agotado, con la caja de piedra negra todavía aferrada contra su pecho como si fuera el último pulmón que le quedaba al mundo.

Afuera, la lluvia había comenzado a caer, mezclándose con la ceniza en el aire para pintar el valle de un lodo negro. Lian miró sus manos. Estaban manchadas de tinta y sangre seca, los dos fluidos que habían definido la historia de Noctua.

Lian

—Tinta para recordar. Sangre para olvidar —susurró, su voz resonando extrañamente en la acústica de la cueva.

Abrió la caja.

No había joyas dentro, ni pergaminos secretos. Reposando sobre terciopelo podrido, había un objeto hecho de un hueso pulido y oscuro, curvado en una espiral imposible: el Cuerno de Noctua. No parecía un instrumento musical; parecía la garganta fosilizada de una bestia antigua.

Lian lo tocó con la punta de los dedos. El hueso estaba caliente.

De repente, un susurro llenó su mente. No eran palabras, eran emociones comprimidas. El pánico de los escribas quemados, la rabia de los bibliotecarios decapitados. El Cuerno no solo amplificaba el sonido; amplificaba el dolor.

Lian debería haberlo soltado. Debería haber sentido horror. Pero lo que sintió fue compañía.

Lian

—Estáis todos aquí —dijo, acariciando la superficie del hueso—. No os fuisteis. Solo... cambiasteis de formato.

Se levantó con dificultad y caminó hacia la entrada de la cueva. Abajo, en el valle, las hogueras de los campamentos de Ignis brillaban como ojos de depredadores en la oscuridad. Estaban celebrando. Podía oír sus canciones de victoria, sus risas borrachas sobre las tumbas de sus hermanos.

La ira, que había sido una llama fría en su estómago, se expandió hasta llenarle la garganta.

Levantó el Cuerno y se lo llevó a los labios. No sopló con aire; sopló con odio.



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En el texto hay: fantasia épica, mundo construido, heroina resiliente

Editado: 07.01.2026

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