El Ultimo Crisol de Elysara

CAPITULO 12

Linde del Bosque de Niebla – Frontera Neutral

La niebla no descendía del cielo; brotaba de la tierra como el aliento de un gigante enfermo. En el Bosque de Niebla, la luz del sol moría estrangulada en las copas de los árboles retorcidos, creando un crepúsculo perpetuo donde el tiempo parecía perder su ritmo.

Elara se detuvo, ajustando la correa de su dispositivo de viento. Para alguien nacida en las torres de cristal de Aetheria, donde el horizonte es infinito, este lugar se sentía como una tumba abierta. El aire olía a moho, a resina antigua y a algo metálico que le recordaba a la sangre seca.

Riven avanzaba unos pasos por delante, moviéndose con una fluidez que resultaba inquietante. No apartaba las ramas; se deslizaba entre ellas como si él mismo fuera una sombra más proyectada por el bosque.

Riven

—Pisa donde yo piso —susurró sin volverse. Su voz apenas perturbó el silencio—. El musgo de esta zona tiene memoria. Si lo aplastas demasiado fuerte, libera esporas que brillan. Y si brillamos, estamos muertos.

Elara frunció el ceño, pero obedeció, colocando su bota exactamente en la huella que él dejaba.

Elara

—Extraño el cielo —murmuró, sintiendo la opresión de las ramas sobre su cabeza—. Allí arriba, el peligro se ve venir a kilómetros. Aquí... el peligro respira en tu nuca antes de que sepas que existe.

Riven se detuvo junto a un tronco cubierto de líquenes negros y se giró. La cicatriz de su mejilla parecía más oscura bajo la luz grisácea del bosque.

Riven

—Esa es la diferencia entre tu mundo y el mío, "Princesa". En Aetheria morís por arrogancia, porque creéis que podéis verlo todo. En Umbra sobrevivimos por paranoia, porque sabemos que siempre hay alguien mirando desde donde no puedes ver.

Elara

—Deja de llamarme así —replicó, tensando la mandíbula—. No soy una princesa. Soy una bastarda, igual que tú eres un desertor. Estamos aquí por la misma razón: porque nadie más quiere ensuciarse las manos.

Riven sonrió, un gesto rápido y carente de humor que no llegó a sus ojos.

Riven

—Cierto. Pero si quieres salir de este bosque con las manos sucias en lugar de cortadas, mantén la boca cerrada y el orbe apagado.

Continuaron avanzando. El silencio del bosque no era natural. No había pájaros, ni insectos. Solo el goteo constante de la condensación sobre las hojas muertas. Según el mapa que Riven había robado, el punto de reunión de Umbra estaba cerca, en un claro conocido como el Círculo del Silencio.

De repente, Riven alzó el puño, congelando la marcha.

Elara

—¿Qué pasa? —susurró, su mano yendo instintivamente a la empuñadura de su dispositivo.

Riven señaló hacia adelante, a una densidad de niebla que parecía arremolinarse con voluntad propia.

Riven

—Huele eso —olfateando el aire con la precisión de un depredador—. No es podredumbre. Es ozono quemado y aceite de sombra. Están aquí. Y no están solos.

Elara agudizó la vista. Entre la bruma, vio destellos tenues, no de luz, sino de ausencia de luz. Sombras que se movían independientemente de los árboles.

Elara

—La reunión ha empezado —sintiendo un frío en el estómago que no tenía nada que ver con la temperatura—. Si Umbra está moviendo sus piezas aquí, en medio de la nada, es porque lo que planean es demasiado sucio incluso para sus propios estándares.

Riven

—O porque están esperando a alguien —corrigió, desenvainando sus dagas con un sonido sordo—. Mantente baja. Vamos a entrar en la boca del lobo, y te aseguro que Silas no se ha olvidado de cepillarle los dientes.

Bosque de Niebla – El Círculo del Silencio

No hubo crujido de ramas. Ni un aviso. La emboscada de Umbra no fue un sonido, fue un cambio de presión en el aire.

De la niebla densa que los rodeaba, seis siluetas se materializaron simultáneamente. No vestían armaduras que pudieran hacer ruido; llevaban cuero negro tratado con aceites alquímicos para absorber la luz y el sonido. Sus rostros estaban cubiertos por máscaras de tela sin rasgos, salvo por una hendidura vertical para los ojos.

Riven reaccionó un microsegundo antes que ellos. Empujó a Elara hacia el tronco podrido de un roble caído justo cuando tres virotes de ballesta negra se clavaban en la madera donde había estado su cabeza.

Riven

—¡Izquierda! —gritó, su voz perdiendo el susurro y ganando el filo del acero.

Se lanzó hacia adelante, rodando bajo el tajo de una espada curva. Con un movimiento fluido, clavó su daga en la corva de la rodilla del primer atacante. El espía cayó sin un grito —entrenamiento de Umbra, suprimir el dolor—, pero Riven no le dio tiempo a recuperarse; una patada en la sien lo dejó fuera de combate.



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En el texto hay: fantasia épica, mundo construido, heroina resiliente

Editado: 07.01.2026

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