El Ultimo Crisol de Elysara

CAPITULO 24

Cresta de los Ecos, Minutos después del Retorno

El silencio que siguió al estruendo sónico fue absoluto. La grieta en la realidad se había sellado, dejando el aire de la Cresta limpio, frío y extrañamente vacío, como si el mundo hubiera contenido la respiración y acabara de soltarla de golpe.

Elara se puso de pie, sacudiéndose el polvo de roca de su capa. Sus manos aún temblaban por la resonancia de haber estado tan cerca de la energía divina. A su lado, Riven envainó sus dagas, pero sus ojos no buscaban amenazas en el horizonte, sino a la tercera figura que había estado con ellos.

Lian estaba al borde del precipicio, mirando hacia el sur, hacia donde las estelas de luz de la Espada y el Reloj habían desaparecido. El cuerno de Noctua colgaba de su cinto, un peso muerto que parecía absorber la luz de las estrellas.

Elara

(dando un paso hacia él, con cautela)

—Lo logramos, Lian. Las armas han vuelto. El Torneo es inevitable. Si vienes con nosotros, podemos testificar ante el consejo. Podemos decirles que Noctua no fue destruida en vano, que tú ayudaste a…

Lian se giró. No había gratitud en su rostro. La máscara de hueso estaba guardada, pero su expresión era igual de impenetrable.

Lian

(voz fría, cortante como el viento de la montaña)

—¿Testificar? ¿Ante quién? ¿Ante Corvus, que bombardeó mi hogar? ¿Ante Janus, que permitió que sucediera? No, Elara de Aetheria. Nuestra alianza terminó en el momento en que esa grieta se cerró.

Riven

(entrecerrando los ojos, tensando los músculos)

—¿Qué vas a hacer? ¿Cazar soldados perdidos en la frontera mientras los líderes se reúnen en el centro del mundo?

Lian soltó una risa breve y seca.

Lian

—No. Voy a ir a donde van todos. Al Crisol. Pero no iré como un peticionario, ni como un aliado. Vosotros buscáis paz y respuestas. Yo busco el momento en que bajen la guardia.

Dio un paso atrás, hacia las sombras que proyectaban las columnas de basalto. La oscuridad pareció reptar hacia sus botas, abrazándolo con una familiaridad inquietante.

Lian

—No me busquéis. Y por vuestro propio bien... no os interpongáis en mi camino cuando llegue el momento.

Antes de que Elara pudiera responder, Lian se dejó caer hacia atrás, fundiéndose con la sombra de la roca. Cuando corrieron al borde para mirar, no había nadie. Solo el vasto desierto de piedra bajo la luz de la luna.

Elara

(suspirando, sintiendo un escalofrío que no era por el frío)

—Hemos soltado a dos fuerzas divinas en el mundo... y a un fantasma.

Riven

(mirando hacia el sur, donde un resplandor dorado comenzaba a pulsar en el horizonte lejano)

—Preocúpate por el fantasma luego. Mira eso. El Crisol se está despertando.

A miles de kilómetros de distancia, en el centro geográfico de Elysara, la tierra antigua respondió al regreso de sus hijos perdidos. Y con el despertar del Crisol, algo más alzó el vuelo desde las profundidades de la historia.

El juicio había comenzado.

El Crisol de los Primeros, Centro Geográfico de Elysara

El lugar no aparecía en los mapas modernos más que como una zona de "interferencia mágica intransitable". Era un cráter perfecto, una cicatriz dejada por los dioses cuando modelaron el mundo, rodeada por picos de obsidiana que actuaban como dientes de una boca abierta hacia el cielo.

Durante tres milenios, había estado dormido, cubierto por una niebla estática que ningún explorador había logrado cruzar. Pero esa noche, la niebla se quemó.

Las dos estelas de luz, la plateada de Valerius y la dorada de Cassia, descendieron en espiral y golpearon el centro exacto del cráter. No hubo destrucción. La roca bebió la luz. Y entonces, la tierra exhaló.

Desde las grietas del suelo, no surgió lava, sino sombras con forma. Una bandada de criaturas se materializó desde la oscuridad primordial del subsuelo, tomando consistencia física mientras ascendían hacia la luna.

Eran los Cuervos Mensajeros.

No eran aves de carne y hueso. Sus cuerpos eran grandes como águilas imperiales, compuestos de una materia negra que humeaba constantemente, como si estuvieran hechos de tinta derramada en agua. Sus plumas no reflejaban la luz; la absorbían. Pero sus ojos... sus ojos eran orbes de oro líquido, brillantes y carentes de pupila, diseñados para ver solo una cosa: la verdad de los linajes.

Se elevaron en silencio, cientos de ellos girando en un vórtice perfecto sobre el Crisol. Entonces, como obedeciendo una orden inaudible, se separaron.

El grupo más grande se dividió en nueve formaciones, una por cada Gran Casa.

Un grupo giró hacia el oeste, batiendo alas que no movían aire pero impulsaban a velocidades imposibles, buscando las torres de la Ciudadela del Cielo.



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En el texto hay: fantasia épica, mundo construido, heroina resiliente

Editado: 07.01.2026

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