El Ultimo Crisol de Elysara

CAPITULO 25

Acantilado del Suspiro, Sobre la Ciudadela del Cielo

El viento en las alturas de Aetheria siempre había cantado canciones de conquista, melodías agudas y rápidas que hablaban de ir más alto, más lejos. Pero esa mañana, el viento estaba de luto.

Elara estaba sentada al borde del precipicio, con las piernas colgando sobre un abismo de nubes blancas. Abajo, la Ciudadela del Cielo brillaba con su esplendor habitual de mármol y oro, pero para ella, la ciudad parecía un decorado vacío. Las banderas ondeaban a media asta, y las Furias del Cielo volaban en formaciones lentas y silenciosas, como pájaros que han olvidado cómo cazar.

En su regazo, Elara tenía la insignia de Embajadora que Corvus le había dado semanas atrás. El metal estaba frío. Se suponía que esa insignia era su billete de entrada a la corte, su oportunidad de dejar de ser "la bastarda" para ser alguien útil.

Elara

(pasando el pulgar por el escudo grabado, voz suave y amarga)

—Útil... Eso es todo lo que querían que fuera. Una pieza sacrificable para ganar tiempo mientras ellos afilaban los cuchillos.

Cerró el puño sobre la insignia. Había jugado su papel. Había negociado, había luchado en duelos, había descubierto conspiraciones. Y aun así, no había podido salvar a la única persona que importaba.

Miró hacia el norte, hacia donde la Cresta de los Ecos se desdibujaba en la distancia. Valerius no había muerto en una batalla gloriosa. Había desaparecido en el silencio, tragado por un misterio que las Casas ahora intentaban tapar con la pompa de un Torneo.

Elara

(hablando al viento, esperando una respuesta que sabía que no llegaría)

—Me dijiste que escuchara al viento, Valerius. Pero ahora el viento solo trae ruido. Ruido de armaduras, de apuestas, de mentiras. ¿Es esto lo que protegías? ¿Un mundo que olvida a sus héroes en cuanto ve un trofeo nuevo?

Se quitó la insignia y la lanzó al vacío. El metal destelló una vez antes de ser engullido por las nubes. No sintió alivio, solo una ligereza aterradora. Ya no era embajadora. Ya no tenía un título que la protegiera ni una misión diplomática que cumplir.

Ahora solo era Elara. Y por primera vez en su vida, eso tenía que ser suficiente.

Oyó pasos detrás de ella. No eran los pasos metálicos de un guardia, sino el roce suave de botas de cuero desgastado sobre la roca. No necesitaba girarse para saber quién era.

Elara

—Si vienes a decirme que Corvus me está buscando, ahórratelo. No voy a ir a la ceremonia de despedida. No voy a ver cómo fingen que les importaba.

Riven se sentó a su lado, manteniendo una distancia respetuosa pero cercana. Olía a aceite de armas y a la brisa salada de un mar lejano.

Riven

(mirando al horizonte, con tono tranquilo) —No vengo de parte de Corvus. Vengo porque sabía que estarías aquí, culpándote por algo que ni un dios podría haber evitado.

Elara

—Debería haber estado allí, Riven. En la expedición. Quizás si hubiera ido con él... si hubiera notado las anomalías antes...

Riven

—Si hubieras ido, ahora habría dos nombres en esa lista de muertos, y yo estaría teniendo esta conversación con una piedra.

Elara soltó una risa triste, secándose una lágrima furiosa que se había escapado.

Elara

—Siempre tan pragmático.

Riven

—Alguien tiene que serlo. Porque lo que viene ahora no es un duelo de honor, Elara. Es una carnicería. Y necesitamos tener la cabeza fría si queremos sobrevivir al Crisol.

Acantilado del Suspiro, Sobre la Ciudadela del Cielo

El viento agitó el cabello oscuro de Riven, despejando parte de su rostro habitualmente oculto. Por primera vez, Elara notó que la cicatriz en su mejilla no parecía reciente, sino una marca vieja, deliberada, como si alguien hubiera intentado borrar una identidad anterior.

Riven

(sacando una piedra pequeña y lanzándola al abismo)

—El Crisol no es solo una arena, Elara. Es un punto de reinicio. Las Casas ven el Torneo como una forma de legitimar su codicia, pero olvidan que las reglas fueron escritas por dioses, no por políticos.

Elara

(girándose hacia él, intrigada por su tono solemne)

—¿Crees que eso importa? Corvus enviará asesinos. Tiberius enviará monstruos. Las reglas divinas no detienen una daga en la oscuridad.

Riven

(sonrisa torcida y amarga)

—Lo sé. Yo solía ser esa daga.

El silencio se instaló entre ellos, pesado y revelador. Elara sabía que Riven había desertado de Umbra, pero nunca había hablado abiertamente de lo que hacía antes de huir.



#2528 en Fantasía
#3000 en Otros
#320 en Aventura

En el texto hay: fantasia épica, mundo construido, heroina resiliente

Editado: 07.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.