El Ultimo Cuac

Tercer Graznido

No miré atrás. Los graznidos resonaban como campanas de guerra, cada vez más cerca. Bajo mis pies, la arena se convirtió en piedra y la piedra en algo blando que no quería identificar. Seguí corriendo.

El reloj flotaba delante de mí. Su luz pálida revelaba un sendero en la oscuridad. Lo seguía sin saber si me ayudaba o se burlaba de mi desesperación.

El suelo desapareció bajo mis pies. Caí.

El impacto me dejó sin aliento. Me levanté en una vasta caverna iluminada por el reloj. Las paredes estaban cubiertas de símbolos idénticos al de la caja; sus líneas parecían moverse, como si contaran una historia que yo no podía entender.

Los graznidos se hicieron más fuertes.

—No hay salida.

Esta vez la voz sonó fuera de mi cabeza. Un hombre emergió de las sombras. Llevaba un abrigo largo y desgastado; una máscara de metal le cubría parte del rostro y parecía fusionada con su piel. Sostenía un reloj similar al mío, aunque más antiguo. Por sus grietas escapaba una luz roja.

—¿Quién eres? —pregunté mientras retrocedía.

—No importa quién soy. Lo que importa es quién serás tú. Hablaba con una certeza que me asustaba.

—Ellos te eligieron.

—¿Ellos?

Señaló hacia arriba. Allí estaban los pájaros, inmóviles otra vez.

—El tiempo siempre exige un equilibrio, y tú lo rompiste. No sé cómo, pero lo hiciste. Ahora eres su ancla. Su instrumento.

El hombre levantó su reloj. El mío brilló con tanta intensidad que tuve que cerrar los ojos. Regresó el calor que me había quemado la mano, pero esta vez me recorrió todo el cuerpo. Sentía que me consumía desde adentro.

—Devuélvelo —repitió, acercándose lentamente—. Antes de que sea demasiado tarde.

Volví a sujetar el reloj. Las manecillas giraban frenéticamente. Con cada vuelta, las paredes de la caverna se agrietaban y dejaban escapar una oscuridad viva que avanzaba como una marea, arrasándolo todo.

—¡No sé cómo hacerlo! —grité.

El hombre no respondió. Los pájaros comenzaron a cerrar el círculo; el amarillo de sus ojos ardía entre las sombras. Mi reloj se detuvo de golpe. En el silencio que siguió, comprendí que solo había una salida.

El hombre extendió su reloj hacia mí.

—El tiempo no es un regalo. Es una deuda.

Sin pensar, choqué mi reloj contra el suyo. La explosión llenó la caverna de una luz cegadora. Sentí que mi cuerpo era lanzado a través del espacio, desintegrándose y reformándose a la vez.

Cuando abrí los ojos, estaba de vuelta en mi calle.

Era de día. Todo parecía normal. No había pájaros gigantes ni sombras inquietantes. Pero el reloj seguía en mi mano, frío y silencioso.

Y en el fondo, lo sabía: el tiempo me había dejado ir… por ahora.

FIN.



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En el texto hay: misterio, thriller, suspense

Editado: 31.08.2025

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