El último día de tu vida

I. El despertar (Piloto).

“Ellos no quieren que actúes de cierta manera. Ellos no quieren que pienses de cierta manera. Porque así eres fácil de entender. Porque así no supones una amenaza para ellos”. —Veronica Roth.

Septiembre 09 del 2013.

Londres — Reino Unido.

—Nickolais, detente, por favor —suplicó entre lágrimas, con el idioma ruso enredándose en su lengua, delatando su nacionalidad latina.

Nickolais Ivanov, un hombre robusto de cincuenta y cuatro años de edad, con cabellera cobriza y toques blanquecinos, nariz perfilada y mandíbula medianamente cuadrada, movió sus inexpresivos ojos negros, cubiertos por unas gruesas cejas negruzcas, hasta posarlos en ella, causándole escalofríos por la frialdad de sus acciones.

El aire helado de la habitación taladraba sus huesos, haciéndola tiritar entre las gruesas cadenas de donde estaba suspendido su cuerpo de un metro setenta y cinco de altura. Tenía cortaduras en sus labios, mejillas, brazos y piernas, causadas por una larga serie de puñetazos esparcidos por cada mínimo lugar de su anatomía. La piel morena le picaba por el sudor y el agua salada que le era lanzada para mantenerla despierta. Le dolía inhalar por el moretón ubicado en todo su torso. Su corazón latía desenfrenado dentro de su caja torácica y sus pulmones se sentían adoloridos por la cantidad de aire artificial que se adentraba por sus fosas nasales cuando Alexia abría su boca para tratar de calmarse y no comenzar a suplicar aún más de lo que lo estaba haciendo.

Pero a este punto ya no había retorno. Cuando la primera palabra de súplica salió de sus labios medianamente llenos y resecos por la falta de agua, Nickolais se dirigió a ella con pasos lentos pero seguros, mostrándose imponente ante toda su calaña de leones hambrientos.

—¿Qué te he dicho sobre hacer amigos? —soltó el ruso con voz gutural y monótona. Aunque muy en el fondo, Alexia sabía perfectamente que la estaba reprendiendo por desobedecer sus explícitas órdenes. —¿Qué te he dicho? —repitió sin detener sus pasos lentos, digno de un león que está a punto de lanzarse a devorar su presa. —¿Qué mierda es lo que te he dicho, Alexia? —insistió cuando ella se rehusó a responderle y, en vez de mirarlo, observaba el cuerpo casi inconsciente de Kevin Robins siendo sostenido por dos matones del hombre ruso. —Mírame a la cara, Alexia, no me hagas perder la maldita paciencia —gruñó, llamando finalmente la atención de la mujer de diecisiete años, con ojos marrones oscuros y la esclerótica rojiza por tanto llorar.

Alexia abrió su boca para poder responder, pero segundos después la cerró porque un sollozo amenazó con abandonarla, por lo cual un mohín se plantó en sus labios con rapidez que deleitó a toda la manada sangrienta, que sonrieron satisfactoriamente ante la humillante escena que se desarrollaba delante de sus ojos.

—Que no debe encariñarme con nadie, que... —su voz se quebró, dejando escapar un leve gemido de frustración— que el amor te hace débil e inútil.

—Muy bien, Alexia, buena chica —respondió el líder, haciendo un mínimo ademán con su cabeza. —Entonces, si sabes cómo son las reglas, mi pregunta para ti es, ¿por qué mierda tú vas por ahí haciendo amigos? —culminó, deteniéndose en el centro de la habitación con sus ojos viriles aún posados en ella.

Era tan escalofriante la forma en la que su voz podía escucharse tan monótona y amenazadora a la vez. Era como si estuviera a punto de volarle la cabeza de un solo disparo entre las cejas, pero a la vez, su compostura relajada y distante te hace creer que todo va a estar bien.

Hablar con Nickolais se sentía como dirigirte hacia un témpano de hielo: sabes perfectamente que vas a estrellarte y a morir en las aguas heladas, sin embargo, algo inefable te hace conservar la compostura.

—Él ha sido amable conmigo —la voz de Alexia invadió el ambiente con rapidez, adentrándose en los oídos de los presentes.

Por una extraña razón, ella simplemente podía concentrar toda su atención en sus pies amarrados por aquellas cadenas gruesas elaboradas con metal inoxidable. Alexia se rehusaba a encontrarse con los ojos vacíos de Nickolais porque sabía que todo iría mal después de que lo hiciera.

¿Cuántas veces ella había presenciado las torturas elaboradas por el líder de la mafia rusa? En todas, se había sentido asqueada por la crueldad de sus acciones y comprensiva con aquel que le caía el infierno sobre sus hombros. Sabía cómo funcionaban las cosas dentro del cartel. Todo se trataba del respeto y el miedo, porque sin el primero no existía el segundo.

Torturar para ellos era como ir al parque de diversiones. Les divertía de sobremanera adentrarse en las partes más profundas del cerebro humano, y el dolor era perfecto para eso. Era excitante la forma en la que podían hacer que les dijeran todo con unas cuantas quemaduras y dedos fracturados. Y aún más cuando se detienen y en sus víctimas crece un extraño e inexplicable sentimiento de lealtad inquebrantable.

—Déjalo ir, por favor. Prometo... —un mohín volvió a plantarse en sus labios como una niña pequeña que le pide a su padre que no la siga regañando por una pequeña travesura—. Prometo que no lo veré nunca más... solo debes dejarlo ir —la súplica fue bien recibida por el ruso y los presentes en el salón principal de la gigantesca edificación de dos pisos, conocida como la mansión rusa, o como ella había decidido nombrarle, el centro de operaciones inefables.



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En el texto hay: mafia, violencia dolor venganza

Editado: 24.08.2026

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