El último día de tu vida

II. Evolución

"Me cansé de ser la débil, ahora todos sabrán quién soy realmente, y la clase de demonio que puedo llegar a ser. Los cuernos y la cola me pertenecen"—. M.L. Rivero

Septiembre 09 del 2014.

Londres — Reino Unido.

—¡Jamás en sus malditas vidas vuelvan a subestimarme! —gritó con la mandíbula apretada, notándose la rabia en cada músculo de su anatomía que se flexionaban cuando hacía cualquier movimiento brusco para dar más énfasis a sus oraciones—. ¡El próximo que vuelva a intentar ponerme una jodida mano encima, juro por todos los infiernos que tendrá un castigo peor que esto! —continuó, girando sobre su eje para encarar a la silenciosa multitud.

Las cosas habían dado un cambio completamente radical en el transcurso del año. Alexia, de alguna manera u otra, había muerto aquel día, y nació de las cenizas de lo que fue.

Haber vivido aquello le enseñó una vil lección, pero aprendió.

Fue lento, pero lo hizo, y ahora, el que intente tocarla, humillarla o haga algo que ponga a prueba su nuevo estatus dentro del cartel, termina siendo el centro de atención, y no de una manera que le favorezca.

—¡Maldición! ¿Por qué mierda tardan tanto con mi encargo? —volvió a gritar, moviendo sus manos histéricamente, ignorando aquel sinfín de pares de miradas posadas en ella.

Se paseaba por el lugar como un león enfadado, caminando en círculos y con el cuerpo en un estado de tensión por la ira que recorría cada partícula de su anatomía.

Dirigió su vista al hombre que se retorcía de dolor en el suelo con sus manos llenas de sangre puestas en su ahora inexistente hombría. Gemía, lloraba y balbuceaba mientras comenzaba a ahogarse con su propia saliva, acostado en posición fetal. Su ropa estaba empapada de aquel líquido rojo oscuro; el pantalón del varón estaba rasgado, en donde Alexia había enterrado el puñal, cortando su miembro de forma grotesca y dolorosa.

Como cada mes del aniversario de Kevin, el humor de Alexia era una completa mierda, pero era algo que se reservaba para sí misma y descargaba todo rompiendo unos cuantos huesos en las peleas de fin de semana de la casa. Sin contar que entrenaba por largas horas en el gimnasio, acompañada por un muy fiel Maximus, quien era silencioso en algunas situaciones y algo bromista en otras.

De alguna manera u otra, Alexia intentaba contener su ataque inefable de rabia, y se retenía de crear una masacre en el salón principal.

Ella era letal como el veneno, y hermosa como una rosa cubierta de espinas. Con el pasar del tiempo fue perdiendo los escrúpulos y es una digna máquina para matar que inexplicablemente posee sentimientos escondidos muy en el fondo.

Aunque todo se salía de control cuando las cosas no salían como ella deseaba, o como el día de hoy, uno de los peones de Nickolais intentaba pasarse de listo con ella.

Los resultados son: Alexia actuando como una completa lunática y con una víctima retorciéndose por el dolor.

Tocarla sin su consentimiento es como tentar a un león hambriento, estúpido y altamente peligroso.

Alexia era conocida por poseer una paciencia nula, un físico de ángel caído y un espíritu y carácter de militar de guerra. Siempre dejándose guiar por sus impulsos, de mente lógica y algo infantil. Estando consciente de lo que está bien. Y lo que no, bueno, simplemente lo ignora, porque al final del día, el bien justifica los hechos.

Sintiendo la pesada mirada de los presentes, que estaban sumergidos en un profundo silencio con terror de que la loca ira de Alexia se centrara en ellos, ella empezó a jugar con la navaja que tenía en su mano derecha, moviéndola ágilmente entre sus dedos, pasándola entre ellos mientras pensaba la manera más divertida y dolorosa para continuar con su tortura por aquel estúpido intento fallido de abusar de ella, mientras caminaba de un lado a otro concentrando toda su atención en el arma filosa.

—Alexia —y allí estaba, la voz gutural de Nickolais Ivanov, quien estaba postrado en su típica silla que todos conocían como el trono del rey. Sus ojos claroscuros estaban posados en ella, siguiendo cada uno de sus movimientos, con un sentimiento de indignación y orgullo creciendo en su interior—. Detén esta mierda ahora mismo.

Nickolais apoyaba su tobillo izquierdo sobre su muslo derecho; sus antebrazos estaban posados sobre el reposabrazos de madera de la silla; su mano derecha estaba ocupada por un vaso de vidrio lleno a la mitad de vodka puro y caliente. Por otro lado, sus dedos índice y medio sostenían un cigarrillo con aroma a menta que llevó a sus labios dando una profunda calada, manteniendo el humo por un rato antes de soltarlo por su boca y nariz, sin jamás alejar sus orbes de Alexia, quien fruncía el ceño con una clara indignación.

Con una agilidad innata en ella, Alexia hizo girar el cuchillo para poder tomarlo de la afilada hoja y así, sin ningún miramiento, arrojó el objeto con dirección al pakhan, que se mantuvo inerte incluso cuando el arma impactó al lado derecho de su cabeza a un centímetro de distancia de su oreja.

—No vuelvas a pedirme que me detenga, o lo juro por dios, Satán o cualquier mierda de esas, que la próxima vez no fallaré —gruñó, ignorando la manera en la que los hombres de Nickolais elevaron sus armas apuntándola, esperando la señal del pakhan para poder asesinarla sin ningún tipo de escrúpulo.



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En el texto hay: mafia, violencia dolor venganza

Editado: 24.08.2026

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