"Pero me volví más inteligente, más fuerte con el tiempo. Cariño, volví de la muerte, lo hago todo el tiempo. Tengo una lista de nombres y el tuyo está subrayado en rojo"—. Taylor Swift
Septiembre 09 del 2014.
Londres — Reino Unido.
Maximus Nóvikov es un ruso nacido y crecido en Moscú, hasta que a sus diecisiete años huyó de casa mientras había un enfrentamiento entre su madre y su padre. Esa fatídica noche perdió a su progenitora a manos del hombre que debería admirar.
Creyó que huir a la ciudad de Londres, con ayuda de su mejor amigo británico, le ayudaría a salir del mundo de delitos que tenía a causa de su familia. Pero, a pesar de eso, Maximus fue criado por un déspota hombre que anhelaba tener una máquina para asesinar como hijo, y bueno, él aprendió lo que era un arma antes de pronunciar su primera palabra.
Desde que comenzó a ser el guardaespaldas de Alexia supo que su vida cambiaría. ¿Para bien o para mal? Aún no tenía respuesta para eso. Porque, aunque deteste decirlo, él amaba esto: la adrenalina del trabajo, la ilegalidad de las cosas, cómo tienen que ingeniárselas para conseguir lo que desean. Que todo se base en el respeto, porque, aunque él, como su dueña, tiene una orientación sexual muy flexible, pudo hacerse respetar en el lugar.
Las manecillas del reloj marcaban las 9:45 mientras él se detenía frente a la casa de Álvaro Drodraki. Sus ojos de un verde intenso buscaron a Alexia, que estaba sentada en el asiento del copiloto, con sus orbes puestos en la lujosa mansión resguardada por un alto muro de concreto rústico y grueso pintado de color marfil, y reja eléctrica que protegía el camino privado que daba con la entrada principal.
—Bien... —pronunció él, esperando que Alexia comenzara a dictar las órdenes.
—Me encargué de sacar a Nickolais de la mansión —es lo primero que ella pronuncia sin alejar sus ojos del lugar.
—¿Cómo...?
—Reunión con los estadounidenses —simplificó, haciendo un ademán con su mano derecha para luego removerse y sacar su arma y revisar el cargador y el seguro de esta—. Recuerda que no deben quedar sobrevivientes.
Maximus asintió con su cabeza y chocó su puño con el de ella, sellando su pacto. Con tranquilidad salieron del auto, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a dispararse por todo su cuerpo.
Su atención fue capturada por los imponentes muros de concreto, los cuales, en cada esquina, tenían en la parte superior una cámara de seguridad que rotaba con una lentitud desesperante con la intención de mantener la nitidez de la imagen. Eran cuatro en total, cada una de ellas colocada en una longitud que cubría parte del asfalto y la entrada del lugar. Cuando una capturaba el lado izquierdo, la otra el derecho y viceversa.
Sin embargo, ellos habían estudiado cada caso con una precaución enloquecedora. Sabían en qué puntos ubicarse para que estas no los alcanzaran, y cuál era el mejor lugar para poder adentrarse al sitio sin ser detectados: el desagüe.
La cloaca estaba cubierta por un arbusto con forma rectangular; las rendijas estaban sujetas por gruesos tornillos que Maximus se encargó de desenroscar con lentitud, con intención de no hacer movimientos exuberantes y así no llamar la atención de los guardaespaldas.
Antes de adentrarse, ubicaron unos paños de tela gruesa sobre sus tabiques, siendo conscientes de que el aroma no sería delicioso. Maximus le extendió una linterna delgada color negro a Alexia cuando ella afincó sus pies en el primer escalón de la escalera de hierro soldada al concreto.
A pesar del pañuelo, el olor pestilente golpeó su nariz, haciendo que retuviera una arcada y con su mano derecha apretara la tela, mientras que con la desocupada encendió la linterna esperando que Maximus terminara de descender.
—Que inicie la misión —murmuró el ruso con la tela cubriendo su boca; debajo de esta había plantada una suave sonrisa en sus labios llenos, marcando levemente los hoyuelos en sus mejillas.
—Inició desde que salimos de la mansión, Max —respondió Alexia, comenzando a caminar estando al pendiente de dónde pisaba.
Ambas anatomías estaban completamente tensas mientras caminaban cautelosamente, unísonos dominando la razón del porqué, y si de alguna manera u otra salía mal el plan, las consecuencias serían exorbitantes y altamente desastrosas.
Llegaron a su primer destino: la entrada principal, que era resguardada por quince hombres en total, todos en distintas ubicaciones.
Dos en el techo de la mansión y trece por tierra: dos frente a las verjas de entrada, cuatro alrededor de la fuente, siete en la zona verde, y dos en la puerta principal. Cada uno de ellos sostenía diferentes tipos de armas, desde automáticas, semiautomáticas, hasta finalizar con rifles y metralletas.
Se tomaron unos largos segundos para analizar el modus operandi de los hombres de la zona verde, el cual consistía en detenerse un minuto en un lugar moviendo su cabeza y cuerpo de un lado a otro para luego girar sobre sus talones y cambiar de puesto.
Comúnmente simple.
Aunque Alexia deseaba degollar con sus propias manos a cada uno de ellos, decidió dejarlos atrás para no levantar sospechas, así que solo esperó que Maximus colocara un dispositivo explosivo entre los arbustos que cubrían sus cuerpos para luego ambos moverse con máxima precaución hasta llegar a la parte trasera de la casa.