Celdrik.
Las horas pasaban tranquilas. Más tranquilas de lo que debería haber sido. Todos estaban reunidos en el segundo piso de la casa de Celdrik. No era la gran cosa, una pequeña sala que se usaba como un sitio de trabajo. Unas cuantas sillas de madera llenas de polvo, un pequeño sofá antiguo y algunas cajas era todo lo que decoraba la habitación. Además, había una ventana con cortinas anaranjadas que daban directo a la calle, la cual era vigilada por Lettah en todo momento.
Merryl dormía en una de las sillas. Todos esperaban a que despertara para tomar una decisión respecto a qué hacer ahora. Pensaron en hacerlo de inmediato, pero fue él mismo quien explicó que era probable que los dejaran en paz luego de lo que sucedió, a lo menos durante un rato. Así que decidieron descansar unos momentos, tiempo en el cual Merryl aprovechó para contar lo que ocurrió en la frontera. Cuando el resto oyó lo que salía de su boca, no lo creyeron al comienzo. Parecía una fantasía extraña y bizarra; pero por alguna razón, todos terminaron creyendo en lo que oían. Y esto último los asusto un poco.
Celdrik reemplazó los pensamientos de lo ocurrido hace unas pocas horas con aquella historia. No recordaba nada igual, no recordaba historias similares. Quedó fascinado, a lo menos durante unos pocos minutos. Cada cierto tiempo recordaba que aún no se libraba de su condena, y que en cualquier momento podían llevárselo a los calabozos una vez más. Todo lo anterior se mezclaba además con los pensamientos y sentimientos de ansiedad y tristeza sobre sí mismo.
Realmente, Celdrik no se sentía de mejor forma. Pero trataba de aparentarlo para no preocupar al resto, aunque todos sabían que estaba fingiendo. Pero lo mejor que podían hacer era darle algo de espacio. No faltaron las palabras de ánimo al inicio para intentar consolarlo. Sin embargo, no se puede forzar un sentimiento como la alegría. A lo menos no con facilidad, y menos con lo que Celdrik estaba atravesando.
Morth estaba en el suelo de madera. Cada cierto tiempo se levantaba para caminar por los pasillos, solo por si las dudas. No tenía mucho que hacer más que esperar, y tampoco quería estar sin hacer nada durante un tiempo prolongado.
Hubo un pequeño momento de felicidad cuando Lettah salió para traer comida y algo para beber. Por alguna razón, esa cena improvisada le supo distinto a Celdrik. Quizás por la falta de alimento al pasar tantas horas en los calabozos. Tal vez era la sensación de volver a compartir con gente real y no con un cuarto oscuro y vacío.
Fue Morth quien cocinó. Poseía un buen dote para la cocina. Una virtud que heredó de su madre.
—Ver a Merryl dormir me da sueño también —dijo Morth, levantándose del suelo y caminando hasta la puerta para estirarse.
—No sé cómo puede dormir luego de todo lo que pasó —añadió Celdrik, mirando a su amigo—. Cuando estuve en el calabozo no pude dormir ni un poco… O eso creo.
—Lo que hizo fue impresionante —volvió a decir Morth—. Sinceramente, me gustaría saber cómo entreno para llegar a ser así.
Merryl bostezó mientras se incorporaba. Parecía que su energía se renovó. Sonrió para todos.
—No te hubiese gustado entrenar como yo —bromeó—. Ni siquiera terminé el entrenamiento —ante esta frase Morth lo vio extrañado.
—Al fin despiertas —dijo Lettah sin apartar la vista de la ventana—. Ya me estaba aburriendo sin que nadie hablase nada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Celdrik.
—La pregunta es: ¿cómo te sientes tú? —aseveró Merryl, poniéndose de pie y estirando sus músculos.
—Mejor…
—No eres muy bueno mintiendo —bromeó Merryl.
Celdrik sonrió con debilidad. No era una persona que se le diera bien mentir. Aparto la vista y trato de evitar que su amigo lo viera a los ojos. Merryl se dio cuenta de esto.
—Si necesitas sacar algo de ti, solo dilo —dijo mientras se paraba junto a la ventana.
—No es tan sencillo —afirmó Celdrik.
—Así es la vida a veces —dijo Merryl—, todos tenemos problemas. No te voy a decir que simplemente te levantes, porque todos superamos las cosas a nuestro propio ritmo. Solo debes encontrar el tuyo. Y cuando lo hagas, para eso estamos todos nosotros —dijo con felicidad.
Todos volvieron a ver a Celdrik. Luego de varias horas de sufrir, sintió que algo del peso que llevaba se aliviaba. Aunque fue durante muy poco tiempo.
—Ya habían tardado —afirmó Lettah, mirando por la ventana.
Todos se acercaron a ver por el cristal. Un pequeño grupo de soldados se plantaba frente al «escondite» improvisado. Delante de ellos, lograron ver a Cerbhall caminando hacia la puerta acompañado de dos soldados.
La puerta emitió un sonido, un golpe fuerte que no transmitía hostilidad alguna. Lettah y Merryl se miraron. Celdrik se preguntó qué estaba pasando cuando vio esas miradas. No eran de miedo, sino de curiosidad.
Los cuatro bajaron con delicadeza. Un segundo llamado volvió a resonar en la puerta. Celdrik se quedó en la escalera, mientras que Merryl caminaba hasta la perilla y abría el acceso. Cerbhall entró junto a sus escoltas. No parecía enojado en ningún sentido.
Todos saludaron con sus cabezas y una mirada de advertencia. Cerbhall avanzó hasta una mesa de madera y apartó el polvo de una de las sillas. Se sentó con formalidad, como si aquello fuera una reunión. Merryl cerró la puerta detrás de sí con delicadeza mientras bostezaba.
—Me gustaría verlos en mejores circunstancias —dijo Cerbhall, poniendo sus manos en la mesa luego de apartar aún más polvo—. Aunque siendo sincero, me alegro de verlos a todos sanos y salvos.
—¿Qué te trae aquí? —preguntó Lettah con frialdad. A diferencia de Celdrik, ella no tenía confianza en la persona a quien se dirigía.
—Ten cuidado, ella muerde —bromeó Merryl—. Pero sí, dime que traes buenas noticias.
—Pues, traigo buenas, pero también malas noticias —afirmó Cerbhall, haciendo una seña a uno de sus guardias, quien se acercó a entregarle un papel en su mano. Lo puso delante de sí, y lo estiro sobre la mesa, dejando ver un comunicado con el sello real—. El rey está dispuesto a perdonar la ofensa de Celdrik, pero no lo dejará libre tan fácil.