Jack molesto tuvo que ir a su trabajo más temprano de lo planeado pues no tenía pensado regresar con Oliver.
Llegó al recinto donde trabajaba, era un trabajo horrible pero era mucho mejor que quedarse en casa. Jack se paró frente a la puerta de madera gruesa y astillada, algo desgastada por el paso de los años, con un cerrojo oxidado, soltó un suspiro antes de tocar la puerta.
Unos minutos pasaron y un hombre ya viejo de mediana edad le abre la puerta, era Tomás —su jefe— con una sonrisa cálida y amable en el rostro.
—¿Otra vez te peleaste con Oliver?.— Preguntó Tomás mientras se hacía a un lado para que Jack pudiera pasar.
—Ya sabe cómo es ese maldito viejo…— Murmuró Jack aún molesto con lo que pasó.
Tomás cierra la puerta con cuidado, sus movimientos eran lentos, Jack lo espero a un lado.
Al entrar lo recibió un hedor penetrante que le revolvió el estómago, Jack tiene dos años trabajando ahí pero sigue sin acostumbrarse al desagradable olor que se acomulaba.
Jack tuvo que limpiar la inmundicia de los cerdos, que lo miraban casi cómo si se burlaran de él. «Malditos cerdos. Al menos a mi no me engordan para ser comido» pensó para calmar sus pensamientos,aunque eso solo lo hacía sentirse aún más patético.
Después de unas horas Jack terminó, estaba cansado, jadeando por el esfuerzo de moverse constantemente en su estado; Tomó un trapo para limpiarse toda la suciedad de la cara y las manos, al terminar de asearse se dirigió a la parte de enfrente donde estaba la casa de Tomás.
Al entrar lo recibió la esposa de Tomás —Carmen— con una amable sonrisa, Tomás y Carmen eran un par de estrellas que parecían siempre brillar, Jack se dirigió al comedor, donde ya estaba sentado y preparándose para comer.
—Vamos mijo, toma asiento— Dijo Tomás con una voz tan cálida que podía derretir a cualquiera. —Mi esposa hoy preparó comida suficiente, saciate.
Jack estaba un poco desconcertado, no estaba acostumbrado a tanta amabilidad; sin embargo no podía negarse, se sentó en una de las sillas al lado de Tomás, la silla sonó con un leve chillido, entonces Carmen salió de la cocina con un plato de barro caliente: costillas de cerdo asadas a la brasa, crujientes y oscuras por fuera acompañada con un poco de pan negro. Dejó el plato frente a Jack y se sentó a la mesa para comer.
Jack miró la comida con ansias, soltó un suspiro para no devorar todo de un bocado. Al terminar de comer Tomás le pago a Jack y él se despidió para después irse, en el caminó contó las monedas que le habían pagado: «4 monedas de cobre y una de plata».
—Tomás… siempre tan generoso.— sonrió mientras cerraba la pequeña bolsa de monedas.
Llegó a su casa, abrió la puerta con cuidado, la casa estaba completamente desolada, al parecer su padre ya se había ido. Jack se tranquilizó y entró a la casa yendo rápidamente a su habitación; se acercó a una esquina de su habitación, levantó una tabla que estaba suelta en el suelo, Jack dejó la pequeña bolsa con monedas ahí, pues era el lugar donde Jack guardaba su dinero.
—Un poco más y lograré irme de este horrible lugar.