El último dragón: Beso chispeante

Prólogo

La primera vez que lo vió, iba con su madre.

Era su séptimo cumpleaños y sus padres tenían algo especial preparado. Acudieron a la Plaza Central en Altamir.

Su madre era una fanática de los postres dulces y cremosos, tenía un pedido especial de tarta de chocolate con relleno de avellanas y cobertura de nubes de miel.

Su padre aún estaba en la tienda de pócimas y remedios mágicos, planeaba cerrar temprano y celebrar junto a su esposa el cumpleaños de Rigan.

No había nada en el ambiente, más que calma y una bulliciosa plaza con actividades cotidianas... hasta que los Cazadores Élite del Rey aparecieron con tres Engendros capturados.

Transitaban por la calle principal. Cuatro poderosos sementales tiraban de una jaula pesada de metal gastado, los Élite iban detrás de ellos imponentes con las inmaculadas capas blancas que los distinguían, con los rostros perlados de sudor, pero aún así con el orgullo intacto de quien vence a un enemigo mortal.

Varios curiosos comenzaron arremolinarse, acercándose con irresponsabilidad; pues tenían una no tan buena fortuna de mirar por primera vez aquellas criaturas infernales que desataban en pequeños poblados el horror y la muerte.

Los Élite se confiaron demasiado, pues las criaturas supuestamente habían sido mutiladas de dos de sus armas mortales y no mostraban signos de rebeldía durante su traslado a las Mazmorras Negras , hasta que un hombre tonto de la cabeza tomo un palo y aporreó los barrotes de la jaula. Un sonido gutural salió de una de las criaturas y con ello una cola en forma de látigo rematado en punta de flecha lanzo un virote afilado matando al hombre. El caos comenzó y los Élite clavaron una lanza en el abdomen del Engendro, solo para percatarse que los otros dos habían deshecho con ácido los barrotes de la jaula. Ambas criaturas embistieron con fuerza hasta escapar.

El panico se apoderó de la gente de Altamir. La madre de Rigan corrió llevándola en sus brazos, sin embargo una de las criaturas le perforo la pierna derecha, haciendo que cayera de bruces soltando a la pequeña.

Colocando a Rigan detrás de ella, una pequeña luz destello en las palmas de su madre y la bestia voló por los aires estrellándose contra un muro de concreto.

Trato de ponerse en pie, soportando el dolor y tomo la mano de Rigan para correr y ponerla a salvo. La criatura aturdida solo por un breve momento, corrió tras ella. Apuntando su larga cola hacia el objetivo que tenía enfrente, un silbido penetro el aire. Afortunadamente, el virote no la alcanzó pues una barrera de hielo puro se interponía entre ellos. Esta llegaba de extremo a extremo por la amplia calle y de una altura no tan suficiente.

Un pequeño de aspecto delicado pero con mirada feroz se disponía con aparente valor a enfrentar a un Engendro. Embistiendo con furia la pared de hielo, la criatura clavo sus descomunales garras en el hielo haciéndolo crugir con cada escalada.

El niño inmediatamente hizo que crecieran cientos de agujas de hielo de la pared, perforando a la criatura. Pero aún así no fue suficiente, pues de un salto esta aterrizó. Con un suspiro irritado intento congelar a la criatura lanzando una ráfaga de hielo puro, pero debido a su edad su poder aún no tenía la potencia para derrotar a un Engendro.

Volviendo a usar su cola, lanzo varios proyectiles afilados al niño, este trato de esquivarlos formando pequeñas barreras, sin embargo uno lo alcanzó cortándole la cara.

La sangre comenzó a emanar rápidamente, el pequeño imposibilitado para defenderse retrocedió asustado.

Rigan gritó de horror al ver qué la criatura abría las fauces para devorar al pequeño que las había salvado. Apartándose de la protección de su madre, Rigan corrió para protegerlo.

Un haz de luz verde, flameo en el aire provocando un estallido sonoro. Rigan se cubrió los oídos, una voluta de humo le impedía ver qué sucedió y rogaba que el niño estuviera a salvo. Su padre apareció con el pequeño en brazos. Rigan suspiro de tranquilidad y observo a través de la cortina de humo ya disipandose al Engendro hecho pedazos.
Abrazando a su esposa y a su hija la mirada de su padre se endureció cuando los Élite responsables de la captura y traslado de los Engendros aparecieron. Rigan sujeto la mano del niño que temblaba y por un momento aquellos ojos de un azul profundo como los glaciares le sonrieron dulcemente hasta cerrarse.

Sin saberlo, su corazón le agradeció por salvarlas y trataría de resarcir aquella deuda.




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