Al día siguiente, nada era igual.
En el grupo, las conversaciones eran cortas.
En persona, las miradas eran distintas.
Ya no éramos amigos normales.
Éramos sospechosos.
Todos.
Decidí empezar por lo básico.
Hablar con cada uno.
Primero, Marcos.
—Yo no vi nada —me dijo rápidamente—. Yo quería irme desde el inicio.
—¿Seguro?
—Sí.
Pero evitaba mirarme a los ojos.
Después, Luis.
—Esto no tiene sentido —dijo—. Alguien más estuvo ahí, no nosotros.
—¿Y Jared?
Se quedó callado.
—No sé… pero algo no está bien.
Finalmente, Diego.
—Alguien nos está ocultando algo —dijo.
—¿Quién?
Me miró directo.
—Todos.
Eso no ayudaba.
Nada ayudaba.
Esa tarde volví a ver la foto.
Otra vez.
Otra vez.
Hasta que entendí algo.
Algo que no había considerado.
La persona con máscara estaba saliendo.
No entrando.
Eso significaba que ya estaba dentro antes de que nosotros llegáramos.
Pero entonces…
¿cómo salió sin que nadie más lo viera?
A menos que…
no se hubiera ido.
Sentí un vacío en el estómago.
Miré alrededor de mi cuarto.
Todo parecía normal.
Pero ya nada lo era.
Porque si el Rey Demonio no se había ido…
entonces seguía aquí.
Cerca.
Observando.
Esperando.
Y tal vez…
más cerca de lo que quería aceptar.