Nadie quería volver.
Pero aun así, volvimos.
La cancha se veía diferente de noche.
Más oscura.
Más silenciosa.
Como si supiera que no debíamos estar ahí.
—Esto es mala idea —murmuró Marcos.
—Demasiado tarde —respondió Diego.
Entramos por el mismo lugar.
El muro.
El mismo por donde esa figura había escapado.
O eso creíamos.
Apenas pisamos el suelo, sentí algo extraño.
El aire era más pesado.
—No hagamos ruido —dije.
Avanzamos lentamente.
La caseta seguía ahí.
Igual que antes.
Pero ahora…
la puerta estaba abierta.
Nos detuvimos.
—Ayer estaba cerrada —dijo Luis.
Nadie respondió.
Diego fue el primero en avanzar.
—Espera —le dije.
No me escuchó.
Entró.
Un segundo después—
—¡No está!
Corrimos hacia él.
El cuerpo ya no estaba.
El suelo… limpio.
Como si nunca hubiera habido nada.
—Esto no tiene sentido —susurró Marcos.
Pero yo no estaba mirando el suelo.
Estaba mirando la pared.
Había algo escrito.
Con algo oscuro.
No quería pensar que era sangre.
Tres palabras.
“LOS ESTABA ESPERANDO”
Sentí un frío recorrerme el cuerpo.
—¿Quién haría esto? —preguntó Luis.
No respondí.
Porque en ese momento…
escuché algo.
Un sonido detrás de nosotros.
Un paso.
Lento.
Nos volteamos.
Y lo vimos.
Parado cerca del muro.
Inmóvil.
Observándonos.
La máscara.
Era él.
El Rey Demonio.
Nadie se movió.
Nadie respiró.
—No… —susurró Marcos.
La figura inclinó ligeramente la cabeza.
Como si nos estuviera estudiando.
Como si ya nos conociera.
Di un paso atrás.
Y en ese instante…
corrió.
Pero no hacia afuera.
Corrió hacia nosotros.
Todo se volvió caos.
Gritos.
Pasos.
Oscuridad.
Salimos corriendo sin mirar atrás.
Pero antes de saltar el muro…
volteé.
Y lo vi.
El Rey Demonio…
no me estaba siguiendo a todos.
Me estaba mirando solo a mí.