El Último Encuadre

Cliente 1: Julián

La bolsa del equipo pesaba más de lo habitual. No eran las lentes ni el trípode; era el conocimiento de lo que iba a grabar. Al subir las escaleras del edificio de Julián, cada peldaño se sentía como una advertencia que decidí ignorar.

​Julián abrió la puerta antes de que yo pudiera tocar el timbre. Llevaba la misma camiseta de franela vieja que usaba en la universidad, esa que tenía una mancha de pintura en el hombro. Me sonrió, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Sus ojos ya se habían ido; estaban apagados, mirando algo que estaba muy lejos de ese departamento húmedo.

​—Viniste —dijo. Su voz sonó rasposa, como si no la hubiera usado en días.

​—Te dije que lo haría.

​Entré. El apartamento olía a encierro, a café rancio y a una limpieza frenética de última hora. Había cajas apiladas en las esquinas. Julián había ordenado su vida para poder desecharla.

​—¿Dónde quieres hacerlo? —pregunté. Traté de sonar profesional, pero mi voz tembló. Era la primera vez que pronunciaba esas palabras fuera de mi cabeza.

​—En el sillón. Es donde me da mejor la luz de la tarde —respondió él con una naturalidad espeluznante.

​Me dediqué a montar el trípode. Mis manos se movían con la memoria muscular de años de afición: desplegar las patas, asegurar los tornillos, nivelar la burbuja. Centrarme en la mecánica me ayudó a no vomitar. La cámara era mi escudo. Mientras mirara a través del visor, esto no era una tragedia entre dos amigos; era cine, era luz, era composición.

​Julián se sentó. Tenía una botella de whisky barato y dos frascos de pastillas sobre la mesa de centro. Me miró a través de la lente.

​—¿Estás grabando ya? —preguntó.

​—Todavía no. —Bajé la cámara un segundo, rompiendo la barrera—. Julián, ¿estás seguro de esto? Podemos irnos. Podemos ir a comer algo, llamar a alguien. Nadie tiene que saber que estuvimos aquí a punto de...

​Julián negó con la cabeza lentamente.

​—No es una decisión de hoy, hermano. Es una decisión de hace años. Solo que hoy... hoy tengo al público correcto. —Se inclinó hacia adelante, buscando mis ojos—. Te lo pedí a ti porque sé que no vas a llorar, ni a gritar, ni a tratar de salvarme en el último segundo por culpa moral. Tú solo observas. Siempre has sido así. Necesito que alguien sea testigo de que existí, y tú eres el único capaz de mirar el abismo sin parpadear.

​Sus palabras me dolieron, pero tenían una verdad quirúrgica. Asentí y volví a esconderme tras la cámara.

​—Bien. Luz lista. Sonido listo.

​Presioné el botón rojo. El piloto de grabación parpadeó.

​Julián comenzó su ritual. No hubo discursos grandilocuentes. Tomó las pastillas en puñados de tres o cuatro, bajándolas con tragos largos de whisky. Yo hacía zoom en sus manos. Temblaban, pero no se detuvieron.

​Los primeros veinte minutos fueron de un silencio pesado, solo roto por el zumbido del refrigerador y mi propia respiración acelerada. Yo esperaba algo dramático, pero la muerte de Julián fue una erosión lenta. Sus párpados empezaron a pesarle. Su cabeza cayó hacia atrás contra el respaldo.

​—Gracias... —susurró. Fue casi imperceptible.

​Seguí grabando. El encuadre era perfecto: la luz dorada del atardecer cruzaba su rostro, dándole una paz que nunca tuvo en vida. Pero entonces, su cuerpo reaccionó. Un espasmo. Un sonido gutural, como un ronquido húmedo, escapó de su garganta.

​Mi instinto fue soltar la cámara y correr hacia él. Me levanté a medias, con el corazón golpeándome las costillas. «Ayúdalo, haz algo», gritó una parte de mí que creía muerta. Pero vi la pantalla LCD. La imagen era hipnótica. La lucha biológica contra la voluntad de la mente. Si intervenía ahora, arruinaría su deseo. Arruinaría el documento.

​Me volví a sentar. Me obligué a mirar.

​Julián tuvo dos convulsiones leves. Luego, su pecho dejó de subir y bajar. El silencio que siguió fue absoluto, más denso que cualquier cosa que hubiera escuchado antes. Mantuve la grabación diez minutos más, esperando... no sé qué esperaba. ¿Ver el alma salir? ¿Ver un cambio de color? ¿Sentir algo?

​Solo vi un cuerpo convertirse en un objeto.

​Apagué la cámara. Fui al baño y vomité hasta que me dolió la garganta. Al salir, Julián seguía allí, estático. Ya no era mi amigo. Era una escena. Recogí mi equipo, tomé el sobre con el dinero que él había dejado sobre la mesa (aunque el dinero no me importaba) y salí sin mirar atrás.

​En la calle, el mundo seguía igual. La gente caminaba, los autos pasaban. Nadie sabía que el universo acababa de perder un componente. Apreté la tarjeta de memoria en mi bolsillo. Tenía la muerte guardada en plástico y silicio. Y por primera vez en años, sentí una curiosidad eléctrica recorriéndome la espalda.

​Necesitaba verlo de nuevo. En mi casa. En pantalla grande.

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NOTA DEL ARCHIVO #01

Fecha de registro: 14 de octubre.
Sujeto: Julián M.

Nunca pensé que la muerte fuera tan técnica. En las películas es un evento, un clímax narrativo. En el departamento de Julián fue un proceso biológico, una batería que se agota.

​Acepté su petición no por el dinero, ni siquiera por la vieja amistad. Acepté porque llevo años sintiéndome como un fantasma dentro de mi propia piel. Camino, como, respiro, pero hay una desconexión fundamental entre mis nervios y mis emociones. Pensé que ver el final, el momento exacto en que la conciencia se apaga, podría funcionar como un desfibrilador para mi propia alma. Pensé que sentiría horror, pena, devastación. Algo.

​Pero mientras editaba el video anoche, ajustando el contraste y limpiando el ruido de fondo, me di cuenta de algo perturbador: la cámara no solo captura la realidad, la filtra. A través de la lente, el sufrimiento se vuelve estética. La tragedia se vuelve geometría.

​No sentí pena por Julián. Sentí admiración por la imagen.



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En el texto hay: crimen, suicidio, suspenso asesinato

Editado: 09.01.2026

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