Alexander.
***
La voz de Claudia —mi asesora legal y, a esta altura, algo así como mi cable a tierra— llena la habitación con ese tono sereno que usa cuando sabe que voy a explotar en cualquier momento.
El despacho está en silencio, salvo por el zumbido del calefactor y el tictac irritante del reloj sobre la pared. Afuera llovizna, lenta, insistente, como si el clima quisiera recordarme que en este pueblo nada se mueve rápido. Ni siquiera la justicia.
—Señor Müller, tiene que entender que no es una decisión personal —dice ella, ajustándose los lentes mientras revisa los papeles—. El tribunal considera que tu estilo de vida puede no ser... estable para un menor.
—¿Estilo de vida? —repito—. ¿Qué significa eso? No fumo, no bebo, no salgo en escándalos, ni siquiera tengo tiempo para eso. Ich trainiere, ich arbeite, ich schlafe. ¿Qué más quieren? ¿Que me meta a cura? Con todo respeto.
(Entreno, trabajo, duermo.)
Claudia suspira. Lo hace como si cargara una piedra encima desde hace meses, y probablemente así sea.
—Vos sabés cómo funciona esto. El hecho de ser una figura pública, de tener tatuajes visibles, y sí, de no tener pareja, familia o...
—¿O qué? ¿Una fachada perfecta? —la interrumpo, levantándome de golpe. Mi ira no es contra ella y Claudia lo sabe—. Tengo veintiséis años, una carrera limpia, una casa, estabilidad económica, y lo más importante: Conozco a Andrés desde que tenía tres años. Yo estuve ahí para él desde ese momento. Sé lo que le gusta, lo que teme, cuándo miente, cuándo necesita que lo abrace. ¿Y eso no cuenta?
El silencio se estira un poco. Claudia no me mira, solo acomoda los papeles, con esa calma irritante de quien no se deja llevar por la tormenta ajena.
—Claro que cuenta —responde finalmente—. Pero la corte tiene en cuenta otros factores. No podés negar que tu vida pública podría afectarlo. La prensa, los viajes constantes, los partidos, sin mencionar las olimpiadas, por cierto, felicidades... Andrés necesita estabilidad, no cámaras ni viajes.
Me paso una mano por el rostro, sintiendo la tensión acumulada en la mandíbula.
—Scheiße... —murmuro entre dientes.
(Mierda)
Claudia me observa, pero no dice nada.
Yo miro por la ventana. El lago congelado se ve a lo lejos, hay personas patinando, familias enteras van y vienen deslizándose en el hielo confiable, y pienso que quizá la gente de este pueblo tiene razón: hay cosas que parecen quietas, pero por dentro laten.
Andy... ese pibe siempre fue mi pequeño reflejo. No biológicamente, claro, pero en muchas cosas sí. Le cuesta confiar, no habla demasiado, y cuando lo hace, es para soltar una verdad sin filtro.
Desde que su viejo murió en el accidente, no pasa un solo día sin que se me revuelva el estómago al pensar en cómo quedó todo.
El auto en la curva, la tormenta, la llamada a medianoche.
Y después, el nene, solo.
Los abuelos hicieron lo que pudieron, pero tienen más de ochenta y cinco y el corazón de su abuelo ya no le da ni para subir una escalera. Su abuela apenas puede caminar y solo vive para el marido.
Aguantaron porque lo aman, porque es su nieto, pero sé que no pueden más teniendo a un niño lleno de energía en su casa todo el día. Por eso traté de sacarlo de ahí, vamos a comer afuera, lo llevo a sus clases y al club, vamos a pasear a mi perro Blaz y a veces se queda a dormir.
Y ahora lo tienen ahí, como si fuera una valija que no saben dónde dejar. Hasta que aparezca un hogar temporal.
Yo tengo uno.
Y tengo el deseo de hacerlo bien.
Pero parece que para el sistema eso no alcanza.
—Claudia...
—Lo sé, Alex. Créeme que lo sé —dice al fin, con ese tono tranquilo y apaciguador—. Pero no se trata solo de vos. Se trata de convencer a un comité.
—Ah, genial —bufé, volviendo a sentarme—. Entonces si me saco los tatuajes, me pongo un suéter blanco, unos pantalones caqui, sonrío para las cámaras y me aíslo del mundo, ¿me dan al chico?
Claudia deja escapar una pequeña risa, breve, pero suficiente para romper la tensión.
—No sería mala idea —ironiza, aunque sé que en parte lo dice en serio—. Lo que intentan evaluar es si tenés un entorno que pueda sostenerlo. Si no viajás demasiado, si alguien más puede cuidarlo cuando estás en el hielo.
—Podría quedarse con mis padres cuando estoy afuera —respondo rápido, casi atropellando las palabras—. Mi mamá lo adora, y él la quiere. Le dice Oma. (Abuela.)
—Sí, eso ayuda —asiente—. Pero también te piden demostrar que podés garantizarle una rutina, educación, contención emocional.
—Lo que ya le doy —respondo entre dientes—. Lo que nadie más parece estar dispuesto a darle sin otras intenciones.
Claudia deja los papeles sobre el escritorio y me mira directamente.
—Alex, escuchame. No estoy en contra tuya. Estoy tratando de que esto funcione. Si querés que el juez te vea como una figura responsable, tenés que demostrar que tu vida no es solo hockey y entrenamiento. Que tenés raíces.
Raíces.
Qué palabra de mierda.
Hace años que me fui de Alemania y me acostumbré a no tenerlas. Me moví de ciudad en ciudad, de estadio en estadio, de hotel en hotel.
Y sí, tengo techo, pero no sé si eso cuenta como hogar.
Por eso Andy era diferente. Con él, por primera vez, sentí algo parecido a eso: estabilidad, pertenencia. Como si alguien me atara a la tierra y dijera "acá".
—Raíces no significa una casa con jardín y una valla blanca —continúa Claudia—. Significa estabilidad emocional. Un entorno. Una estructura. Una red de apoyo real.
Entrecierro los ojos.
—Tengo a mi familia, tengo a mis compañeros de equipo, algunos son como mis hermanos. ¿Qué más quieren?
Claudia suspira. Lento. Como si estuviera preparándose para decir algo que no debería.
—Alex... —murmura, apoyando los codos sobre el escritorio—. Los jueces suelen evaluar si el menor crece en un hogar con... contención. Con figuras complementarias.