8| Viaje al fin del mundo
Nyx.
***
El mate está listo en el termo, la bombilla brillosa —tan nueva que parece que nunca tocó un agua caliente en su vida—, mis auriculares con la playlist de rock nacional, y yo sentada en el asiento del colectivo como si estuviera por emprender una expedición épica en vez de un viaje de diez horas. El paisaje avanza por la ventana como si quisiera apurarme a entender que ya no estoy en casa: casas, calles, Córdoba achicándose detrás mío como un recuerdo que todavía no sé si me aprieta o me afloja.
En mi bolso, el Kindle asoma la puntita como si me dijera: “¿Pensás leerme… o vas a fingir que solo soy un pisapapeles caro?”
Le doy un golpecito suave.
—Hoy sos mi salvación, no rompas las bolas —murmuro bajito, para no parecer más loca de lo normal.
Y ahí, entre los primeros kilómetros, me vuelve la imagen de hace unas horas: yo en la terminal, apoyada en una pared fría, respirando como si hubiera corrido un maratón. El ataque de pánico golpeando fuerte, ese viejo conocido que llega sin invitación. La presión en el pecho, las palpitaciones, la náusea, las manos transpiradas. Ese instante horrible en el que pensé: no puedo subir.
Pero subí. Temblando, sí. Con el estómago haciendo piruetas olímpicas, también.
Y aunque la presión sigue ahí, como una mano fantasma apretándome entre las costillas, al menos puedo mirar por la ventana sin sentir que me voy a desmayar. Un poquito de victoria, aunque sea chiquita.
Pero acá estoy.
Arriba.
Respirando.
Temblando un poco, sí. Con la presión en el pecho que aparece y desaparece como si estuviera jugando al escondite, también. No voy a mentir: todavía siento esa mezcla rara de mareo y nudo en la garganta, como si mi cuerpo no se hubiera enterado del memo que dice “tranquila, ya pasó lo peor”.
A medida que dejamos atrás la ciudad, las montañas empiezan a mezclarse con campos interminables. Me distraigo inventándole biografías ridículas a los camioneros que pasan, o imaginándome un cuervo gigante sobrevolando el cielo para darme la bienvenida al famoso Valle Cuervo.
Un señor dos asientos adelante abre un tupper con olor a milanesa fría como desayuno. Una chica a mi izquierda se ríe viendo un reel de unos gatos humanoides. Un bebé llora porque, bueno, los bebés lloran. Y yo… yo sigo respirando, intentando no dejar que la mente me haga una mala pasada.
Pongo mis dedos en la nariz para oler el jabón de manos en vez de la comida.
Primera parada técnica. Me bajo del colectivo, me estiro como un gato que recién se despertó y pienso, con toda la seriedad del mundo, que alguien debería inventar un asiento que se adapte solo, tipo “modo viaje largo — salvar columna” para gente que no puede pagarse un viaje de lujo.
Mientras muerdo la tostada, me pregunto cómo hacen los que viajan esto todas las semanas, como si nada. Yo llevo 5 horas y ya estoy pensando en escribir mi testamento.
Igual, sigo acá. Respirando. Avanzando.
No perfecto, no tranquila, pero avanzando.
El viaje sigue, el termo vuelve a tener agua caliente tras llenarlo y yo empiezo a tener la sensación de que mis pensamientos se enredan con el paisaje.
Parada técnica número dos: comida rápida y baño después de que casi me explote la vejiga tras ese termo de mate. Aprovecho para estirar un poco las piernas.
Horas después ya llegadas la tarde, sé que estamos cerca del pueblo. Aprovecho para seguir sacando fotos y subirlas a mi cuenta en Instagram o mandárselas a Fred. Intento dormir un poco, pero el movimiento del colectivo y mi mente, que nunca para, conspiran en mi contra. Termino pensando en cómo era Valle Cuervo: el aire fresco, las casitas pintadas, la gente con gorros de lana y botas enormes que parecen sacadas de un catálogo de invierno, el dichoso lago del que no recuerdo, pero me hablaron y, sobre todo, cómo me voy a acomodar en esos días que prometen ser tranquilos, si es que la ansiedad me deja.
Cuando finalmente veo el primer cartel no puedo evitar sonreír.
Por fin.
“Bienvenidos a Valle Cuervo, hogar de Los Cuervos de Argentina”
Definitivamente no voy a extrañar el colectivo con olor a mezcla de cuero viejo, comida fría y un perfume que no logro identificar, probablemente de alguna señora que todavía cree que ponerse tres perfumes a la vez es sexy. Respiro profundo y me digo: “Nyx, no te desmayes, no es tu escenario de novela, es la vida real… por ahora”.
De repente siento un pequeño tirón en la panza. No, no es hambre —porque ya probé de todo—, es ansiedad disfrazada de un dolorcito incómodo que me recuerda que todavía no me desconecto de todo el quilombo de la ciudad ni de mis propios pensamientos. Me froto el pecho como si eso fuera a ayudar y, claro, no ayuda nada. Respiro profundo, cuento hasta cinco, hasta diez… y al llegar a veinte decido que la mejor estrategia es ignorarlo, porque si le presto atención, seguro empieza un diálogo interno recordadme que tengo ansiedad a casi un día de mi casa.
Bajo del colectivo con cuidado, como si mis piernas se quejaran de haber estado sentadas tanto tiempo, y lo primero que noto es que el aire es más fresco de lo que esperaba. Frío sí, pero no tanto como para hacerme arrepentir de haberme levantado a las cinco de la mañana. Respiro hondo y casi puedo sentir cómo cada bocanada de aire me despeja un poco la cabeza, aunque mis músculos siguen quejándose con cada paso.
El pueblo es… adorable en su manera extraña. Las casitas bajas, pintadas de colores que parecen sacados de una paleta de pasteles, tienen chimeneas humeantes que prometen algo más cálido que yo misma. Hay un par de vecinos en la calle: uno barre la vereda mientras habla solo con el perro, otro saluda con un gesto que parece casual pero que estoy segura es más por costumbre que por interés real. Todo muy pintoresco, demasiado tranquilo para mi cerebro acostumbrado a sirenas, bocinas, ladridos y gritos de la ciudad.