9 |El tipo patético que se convencía de lo contrario.
Alexander.
***
Me quedé quieto en el asiento del auto, con el motor apagado y las manos todavía en el volante, mirando hacia los ventanales del supermercado como si esperara que algo —lo que fuera— me explicara qué estaba pasando.
No era especialmente extraño ir a comprar toallas femeninas para mi madre o mi hermana. Yo hacía ese tipo de mandados desde siempre, con naturalidad. Pero tampoco era común que alguien me hablara como lo hizo ella o encontrarte un eco que creías haber silenciado hace tiempo.
Nyx.
No sé en qué momento se me grabó el nombre. Sí, había preguntado por ella una vez después de aquella noche en el porche de Sara, pero fue hace mucho tiempo.
Bueno, tal vez más de una vez hasta que mi amigo Zac mencionó que publicó un libro en formato físico, todo para informarle a Alisa, mi hermana. O eso es lo que me repetí una y otra vez hasta que me lo creí. Descubrí que Alisa leía sus libros en dos aplicaciones, una con un logo anaranjado y otra de color lila. Se había puesto increíblemente indignada y furiosa conmigo cuando mencioné que aquella noche se encontraba en el Valle por el cumpleaños de Sara, quien casualmente era su pariente.
Sin embargo, había sido una conversación simple. Corta. Un intercambio casual de dos desconocidos una noche cualquiera. Yo había salido al porche para tratar de apaciguar el dolor en mi cabeza y ella salió poco después a escapar de tanto ruido. No pude ignorarla y tuve que llamar su atención.
Recuerdo su temor e inseguridad. Recuerdo la manera en la que se le iluminaron los ojos cuando en su interior empezaba a ganar confianza. Recuerdo cómo sonrió cuando le di una mariposa de papel.
—¿Qué habrá hecho con ella? —pienso en voz alta mientras busco el anillo en mi colgante y lo acaricio. —¿Y por qué guardé esto hasta hoy?
Tal vez para recordarme que el miedo no siempre significa detenerse, a veces solo pide que avancemos con la inseguridad en la mano y el corazón temblando. Esa noche también aprendí que atreverse no elimina el miedo, pero sí le da sentido. Esa noche también me hizo pensar mucho, las palabras que yo mismo le mencioné, no solo calaron en ella, sino también en mí poniendo mi cabeza y mi corazón a pensar cosas que antes no imaginaba.
Y ahí estaba, frente a mí, en la tienda del pueblo, sin expectativa ni aviso previo, como si la vida hubiera decidido meter uno de esos golpes pequeños y casi imperceptibles que no te tiran al suelo, pero te descolocan lo justo cuando estás distraído mirando para otro lado.
No me enamoré, ni cerca, porque puedo ser muchas cosas, pero no un idiota romántico que pierde la cabeza por una charla de cinco minutos y un par de sonrisas bien puestas. Simplemente me cayó bien, y eso, en ese momento, era suficiente, lo justo, sin promesas ni exageraciones.
Aun así, verla ahí, comprando como si ya lo hubiese hecho miles de veces en esa tienda y pasando el cabello hacia atrás con una naturalidad descuidada, como si no hubiera nadie observándola, me arrancó una sonrisa sin pedir permiso, breve y contenida, casi un reflejo involuntario, de esos que aparecen cuando uno recuerda un momento simple que salió bien y no necesita ser explicado.
Y todavía me da un poco de vergüenza recordar cómo me quedé completamente paralizado, sin una razón clara, como si el cuerpo hubiera decidido frenar antes de que la cabeza entendiera por qué, aunque sigo sin saber exactamente qué fue lo que me detuvo, más allá de que ella tiene esa forma amable de estar, tranquila, sin esfuerzo, que desarma sin pedir permiso. Suspiré y sacudí la cabeza como si con eso pudiera acomodar las ideas, pero enseguida me volvió a la memoria el gesto torpe de pasarle mi celular y el roce breve de su piel, suave y real, demasiado presente para ser ignorado.
Después apareció otro pensamiento, inesperado y un poco ridículo, que me tomó por sorpresa: le había dado un celular que ya no se fabrica y no pude evitar preguntarme qué habría pensado ella al verlo. En mi defensa, solo lo necesito para mandar mensajes y hacer llamadas, nada más, no me hace falta que haga mil cosas a la vez, pero aun así la duda quedó flotando ahí, mezclada con una incomodidad leve. Y, sin embargo, incluso con eso, ella siguió siendo amable, natural, como si nada de todo eso importara demasiado, y esa simpleza terminó pesando más que cualquier vergüenza.
Me apoyé mejor contra el asiento del auto y solté el aire despacio, convenciéndome de que no era gran cosa, de que no había nada extraordinario en eso, aunque en el fondo sabía que en un pueblo donde casi todos me miran como si fuera una estrella de rock o un problema andando con patines, encontrar una voz que te hable sin esa carga de conocimiento previa se siente extraño, raro incluso, pero bueno de una forma que no molesta.
Mientras seguía observando sin apuro, Andrés salió de la tienda con la bolsa de entrenamiento en una mano y la campera mal abrochada, caminando y pateando piedritas como si el mundo no tuviera urgencias, distraído como siempre, y estuve a punto de llamarlo para avisarle que acá estaba, cuando me quedé quieto al ver que Nyx aparecía detrás de él, deteniéndose un segundo en la puerta.
Ella se agachó para decirle algo y Andy parecía avergonzado, pero luego sonrió de inmediato, sin esfuerzo, con esa risa fácil que siempre tuvo, y aunque no fue un gesto enorme ni cargado de nada especial, solo algo natural y breve, se sintió por un segundo como si los dos se conocieran desde antes, como si ella tuviera esa capacidad rara de caerle bien a cualquiera sin proponérselo, o tal vez simplemente Andy se ríe con demasiada facilidad y yo estaba leyendo de más donde no había nada que leer.
Aun así, me descubrí observando la escena con una calma extraña, una de esas que no suelo permitirme, y eso solo fue suficiente para que frunciera el ceño, porque no era nada, no tenía por qué ser nada, y no pensaba darle espacio a algo que ni siquiera había empezado. Me forcé a mirar hacia otro lado, al volante, al espejo retrovisor, a cualquier cosa que me devolviera a un terreno más firme, decidido a no dejar que la cabeza se adelantara inventando historias que no existían.