El último invierno

10| El momento en el que te das cuenta de que toda la inseguridad está en tu cabeza.

10| El momento en el que te das cuenta de que toda la inseguridad está en tu cabeza.

Nyx.

***

El celular me suena en ese instante.

Sara: Cheee, tas despuerta?

Sara: Despierta*

Cuando veo el mensaje —el mensaje que estuve esperando todo el camino, porque sí, soy obvia— me muerdo la sonrisa.

No le respondo a Sara.

Que piense que sigo dormida.

Total, las mentiras piadosas son mi especialidad, sobre todo cuando son para preparar una sorpresa. No voy a decirle que estoy a unas cuadras de verla. Prefiero ver su reacción en vivo y en directo. Quiero saber si sonríe, si se emociona, o si piensa: “¿Qué hace esta desquiciada acá?” A pesar de ya saber que me encuentro en el Valle.

Camino por las calles frías del Valle con las manos escondidas en las mangas de mi cárdigan, apretando los puños como si eso pudiera detener mis nervios. Cada paso que doy es un intento desesperado de callar mi cabeza. Me repito que todo va a salir bien, aunque mi parte realista murmura: “Acordate de todas las veces que no salió bien”.

Respiro hondo. De una manera más ruidosa de lo que me gustaría.

Sigo caminando.

Aunque tiemble, voy.

Porque a veces la sorpresa la necesita una más que la otra persona.

No sé por qué me da tanta timidez llegar a los lugares nuevos. O peor: reencontrarme con personas después de tanto tiempo. Con los espacios soy paciente, con las personas no tanto. Me abruma pensar que alguien podría no alegrarse al verme. Hay quienes llegan a los lugares con una seguridad natural, casi salvaje. Yo, en cambio, llego con ansiedad y la necesidad tonta de ser aceptada. No sé en qué momento se instaló eso en mí, pero sé que sigue ahí, calladito y terco.

Y sí, me importa si soy bienvenida. Mucho más de lo que quisiera admitir. Si alguien sonríe al verme, puedo respirar. Pero si alguien frunce el ceño o me ignora, siento que me desarmo por dentro. No me gusta que me afecte tanto, así que aprendí a fingir que no me pasa nada. Que no me dolió. Que soy fuerte.

La verdad es que pasé gran parte de mi vida usando una sonrisa como escudo. Fingiendo que los comentarios no me dolían, que las burlas no se clavaban. Pero cuando la noche llegaba y no quedaba nadie mirando, todo salía: las lágrimas, el nudo en el pecho, el ardor en la garganta, el cansancio de sostenerme todo el día. Solo yo, una almohada empapada y un televisor donde siempre estaba reproduciéndose The Office. No sé cuántas veces Michael Scott con sus comentarios anti éticos me salvaron de sentirme sola y vacía.

Eso dijo ella.

La gente suele decir que hay que tener “piel gruesa”. Yo tengo la piel emocional de un durazno. Y no, no me da vergüenza admitirlo. Si alguien hace una mueca al verme o me suelta un “qué pesada”, mi primer impulso es irme a un lugar seguro, donde no tenga que pedir permiso para existir.

Por eso, mientras avanzo, me repito en voz baja: Tranquila, Nyx. No todo el mundo está pensando en vos, además Sara ya sabía que venías. Y aunque sé que no es del todo cierto, me ayuda a dar el siguiente paso.

La gente nunca entiende que hay personas sensibles. Para ellos, ser herido es un juego, un “todo bien, seguimos jugando”, pero a mí me alcanza un pequeño comentario o una mueca cualquiera para querer desaparecer del mapa y refugiarme en algún lugar donde nadie me vea ni me juzgue.

Después de que Fred me adoptara —o quizás, muy probablemente, antes— inconscientemente empecé a intentar cumplir con las expectativas de todos. Cambiaba de personalidad, hacía cosas que no me gustaban solo para que me acepten. Siempre tuve problemas con la aceptación; nadie me enseñó a tener mis propias opiniones o a decir “no” sin culpa. Tuve que ingeniármelas sola, y todavía sigo practicando eso de decir “Basta” sin sentir que rompo algo adentro.

Supongo que cuando pasás por tantos lugares antes de encontrar un hogar, aprendés a ser camaleónica para que no te devuelvan.

Hoy sigo teniendo mis mambos con la aprobación, pero ya no me transformo para gustarle a nadie. Me muestro tal como soy, y si no recibo aprobación, bueno… me duele un poquito y después sigo con mi vida. Soy de las que se toman todo en serio, demasiado joven para cargar tanto desgaste mental, cansada, estresada y con esa sensación de vacío que aparece de vez en cuando y que todavía no descifré del todo.

Lanzo un suspiro enorme, me ajusto el cárdigan y sigo adelante, porque si algo aprendí es que nadie va a empujar la vida por mí… y sinceramente, tampoco quiero que lo hagan.

Doy unos vistazos rápidos al inicio del bosque que está del otro lado de la calle enorme, la que me hace pensar que algún día podría necesitar un buen par de piernas de repuesto para cruzarla sin parecer una estatua caminante. Veo una mujer con ropa deportiva y audífonos gigantes desapareciendo por un sendero de tierra; va a correr, supongo. Delante del bosque hay un campo abierto, con mesas de piedra y algunas personas sentadas allí. Un poco más allá, hay un parque con todo lo que uno espera: hamacas, toboganes, caballitos de resorte y hasta una calesita que seguro hace feliz a algún chico… o le provoca un mini ataque de vértigo, quién sabe.

La zona está viva: gente paseando perros, otros corriendo, familias haciendo actividad física o comiendo algo que, sinceramente, a mí me parece más hielo que comida. Todo se mezcla con el bosque, que parece tener algún límite invisible, aunque yo todavía no lo tengo del todo claro. Y sí, mientras camino, mi cabeza no hace otra cosa que inventar historias: cadáveres enterrados, misterio, terror… y, por un segundo, casi me dan ganas de ir corriendo por mi computadora y escribir todo, pero luego pienso que lo policial no es lo mío como Agatha Christie y Evelina Maren Aguirre, quien escribió sobre Gwendoline Voss. Terminaría escribiendo un disparate incomprensible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.