El último invierno

11| ¿Latido sobrenatural y místico proveniente de las leyendas del pueblo, proceso natural llamado erosión o mi propio corazón al verlo?

11| ¿Latido sobrenatural y místico proveniente de las leyendas del pueblo, proceso natural llamado erosión o mi propio corazón al verlo?

Nyx.

***

El aire del Valle tiene ese tipo de frío que te acaricia la cara con cariño y bofetada al mismo tiempo. Caminamos con Sara por la vereda, las manos metidas en los bolsillos del abrigo, esquivando los pequeños charcos congelados que reflejan las luces de la calle como si fueran mini constelaciones.

Y ahí estoy yo, intentando mantener la dignidad en cada paso, porque caminar sobre hielo es un deporte extremo que debería tener seguro médico y medalla de participación. Cada tanto, mi pie hace un movimiento extraño, como si quisiera independizarse del resto de mi cuerpo. Sara, en cambio, camina ya acostumbrada, mostrando sus mejores trucos para sobrevivir a estas calles.

—No sé cómo hacés —le digo entre dientes, mientras trato de no morir de forma ridícula.

—Equilibrio, querida —responde con esa sonrisa triunfal—. Y práctica.

—¿Práctica de qué? ¿De sobrevivir a caídas mortales? Porque en eso soy experta.

—Te juro. —Se ríe.

Hay algo en Sara que siempre me calma. Quizás es su risa, o esa forma que tiene de mirarte y hacerte sentir que el mundo no es tan terrible. Mientras camina, se mete las manos en los bolsillos del abrigo, dando saltitos cada tanto para entrar en calor.

—¿Por qué insististe en venir por este camino?

Ella me mira de reojo con una sonrisa, pero no me contesta, solo alza la cabeza orgullosa y sigue liderando el camino.

A lo lejos, se escuchan risas y estruendos. Sin embargo, hay algo que parece sonar sobre aquel bullicio.

Es… un latido.

Al principio me tenso, pensando en que las palpitaciones volvieron de repente y mi respiración se hace pesada de la nada y más ruidosa al empezar a desesperarme, sin embargo, veo a Sara quien no se da cuenta de mi pánico reciente, por lo que me obligo a hacer las respiraciones una y otra vez en sumo silencio para que ella no lo note. Y, cuando pude calmarme, fue porque me di cuenta que ese pálpito no venía dentro de mí, sino que se escuchó en el aire.

No lo volví a escuchar.

Caminamos un poco más, a pesar de no sentir ansiedad, aún tenía miedo y, mientras que no hablábamos, hago las respiraciones de igual manera mientras afirmo que estoy bien. Entonces, el miedo empezó a desaparecer y me obligué a no volver a pensar en ello y sí en prestar atención consiente al entorno. Al color de las hojas, a intentar adivinar qué decían los murmullos que llegaban a lo lejos y al sonido de los pocos pajaritos que estaban cantando.

—Bienvenida al alma del pueblo —Anuncia.

Alzo la vista y me fijo en el lago congelado. Inmenso, brillante, grueso, tan perfecto. Hay varias personas patinando encima, deslizándose con esa gracia que uno solo tiene cuando nació en un lugar donde el invierno dura media vida. Algunos giran en círculos, otros se empujan entre risas, y todo vibra con esa mezcla rara de música lejana y felicidad tranquila.

Y entonces lo siento otra vez.

El latido.

No el mío. No está en mi pecho, sino que parece venir del suelo, del hielo. Es suave, profundo, como un pulso antiguo que atraviesa el aire. Me quedo quieta, parpadeando. ¿Fue real o me estoy volviendo loca del frío?

—Sara ¿Escuchaste eso? —le digo bajito, dudando si hablar me va a romper el momento.

Ella me mira, frunce el ceño y después abre la boca formando una O. Como si acabara de descubrir un secreto.

—¿Lo sentiste?

—¿Sentir qué?

—El latido del lago.

Me quedo observándola, esperando la parte en la que dice mentira, te asusté, pero no llega. Está completamente seria. O más bien, emocionada.

—¿El lago… late? —repito con lentitud, intentando sonar natural y no como alguien que está preocupada por la salud de su amiga.

—Sí —dice, como si fuera lo más lógico del mundo—. Dicen que el lago es el alma del pueblo. Si escuchás su corazón, significa que te acepta y que sos bienvenida o, está triste por una despedida y solo lo escuchas dos veces en la vida; cuando te recibe y cuando te despide. O a veces porque no lo escuchaste la primera vez y te repite que está acá.

—Ajá —asiento—. O sea que o el lago me adoptó o me quiere expulsar lo antes posible. Capaz y sabe que soy una amenaza.

Sara suelta una carcajada.

—No seas boluda. Te dio la bienvenida. No todos pueden sentirlo, ¿sabías?

No quería arruinarle la felicidad, sin embargo, no podía tampoco no intervenir con la verdad.

—O seguramente, el latido es porque se está rompiendo la barrera subterránea que separa la conexión del río y el lago. ¿El río no desemboca en el océano? Digo, a veces las corrientes son fuertes y añares después, puede llegar a pasar —Señalo en la dirección que está el río. No muy lejos, pero tampoco cerca—. Pero solo digo…

Sara resopla y me empuja juguetonamente.

—¿Sos la que lleva agua a las fiestas?

Alzo los hombros.

—El agua es saludable y rica.

Se ríe, negando con la cabeza.

La miro, después vuelvo a mirar el hielo. Refleja el cielo rosado del atardecer, y las luces que empiezan a encenderse parecen flotarle encima. Todo se ve tan calmo que da miedo romperlo.

Pero no le creía. Mi ciudad también tenía sus historias y creencias, pero algunas eran tan locas que no parecían reales.

Caminamos un rato más, riéndonos de pavadas, y me doy cuenta de que la ciudad tiene un brillo especial cuando la noche está por caer. Hay un silencio amable en las calles, como si todo bajara la voz para dejarnos charlar tranquilas.

Me gusta eso. Esa sensación de calma después de tanto ruido mental.

Sara siempre logra eso: bajarme a Tierra. Me hace reír cuando me estoy por perder entre pensamientos raros o cuando empiezo a sobre razonar. Y mientras la escucho quejarse de que ya está cansada de tanto frío y nieve pienso que, honestamente, la vida sería muy aburrida sin ella.




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