El último invierno

12 |La gran Sabia.

12 |La gran Sabia.

Alexander.

**

La casa de mi madre siempre huele a algo indefinido: lavanda, pan recién hecho y madera vieja calentada por el sol, aunque apenas se muestre este invierno. No importa cuántos años pasen ni cuántos países cruce, ese olor me devuelve a un lugar donde el tiempo no corre, se queda sentado.

Golpeo una vez para anunciar mi presencia y entro sin esperar respuesta.

—Ale —dice mi madre desde la cocina, como si me hubiera visto llegar desde antes de que doblara la esquina.

Mi madre está descalza a pesar del frío, con uno de esos vestidos largos y amplios que parecen hechos para flotar más que para caminar. Telas claras, estampados que no combinan entre sí y, sin embargo, en ella siempre funcionan. El cabello negro recogido de manera descuidada, mechones sueltos cayéndole por la espalda. Nunca entendí cómo alguien podía verse tan poco estructurado y, al mismo tiempo, tan firme.

—Hola, mutti.

Me envuelve entre sus brazos.m

En el sillón, con las piernas cruzadas de manera incómoda y el cuerpo encorvado sobre la pantalla, está mi hermana. Diecinueve años. Auriculares colgándole del cuello. El pulgar desplazándose con una concentración casi religiosa.

Solltest du nicht lernen? (¿No se suponía que estabas estudiando?) —pregunto, más por curiosidad que por autoridad.

Levanta apenas la vista, los ojos brillándole.

Hey, großer Bruder. Ich lese gerade. (Hey, Hermano mayor. Estoy leyendo ahora)

Alisa tenía 3 años cuando nos mudamos a Argentina para volver al pueblo de mi madre y toda nuestra familia materna, luego de que ella y Anton se divorciaran.

Mi hermana desde que nació solo hablaba español. El poco alemán, así como el acento que tenía de bebé fue inexistente poco tiempo después, pero luego en su adolescencia a mediados de los 16 años recién cumplidos, de la nada quiso volver a practicar su idioma paterno y cuando estamos en casa solo habla alemán.

Ella quiso que nosotros también lo usemos en la casa, yo más que nada, así Alisa pudiese hablarlo mejor. Ambos le cumplimos el capricho, pero madre hace tiempo que dejó de hacerlo. Alemania no le trae buenos recuerdos, a mí tampoco.

Das ist doch kein Lernen(Eso no es estudiar.)

Kommt drauf an, was ich lese (Depende de lo que lea —responde, sin culpa—. Nyx Cisneros hat ein neues Kapitel gepostet. Shh(Nyx Cisneros publicó un nuevo capítulo.)

Ahí está el nombre. Como una piedra que cae en agua quieta.

Mi madre sonríe, pero al verme gira los ojos.

—No la molestes. Leer también es una forma de aprender —la defiende, y vuelve a la cocina—. ¿Querés mate?

Asiento.

Me siento a la mesa enorme de madera, la misma de siempre. Paso la mano por la superficie marcada de años, de cenas largas y charlas compartidas. Mi madre deja el mate frente a mí y se sienta enfrente, cruzando las piernas con paciencia.

—Contame —dice—. ¿Cómo está todo?

—Andy está bien, pero asustado —respondo y luego pienso en lo que le pasó a su abuela—. Ana se cayó ayer y tuvieron que enyesarle el brazo, también está golpeada. —Suspiro, pasando mi mano por mi cabello— Y Pablo no tiene fuerzas para levantarse solo, le está fallando el corazón.

—Oh mi Dios —se preocupa—. ¿Se encuentran bien ahora?

Asiento.

—Por lo menos hoy cuando llevé a Andy se manejaba bien, pero Pablo esta postrado en la cama.

—¿Y qué hay de mi Andy?

—Nunca lo había visto caminar tan lento en mi vida. Tiene miedo de romperlos con solo respirar y acelerar su estadía en una casa de acogida.

Mi madre agacha la cabeza con mirada afligida.

—Pobre niño, tan pequeño y con grandes preocupaciones. El que dijo que los chicos no entendían nada estaba muy equivocado.

Asiento dándole la razon. Tomo el último sorbo de mate y se lo paso.

—Perdón —digo al fin, bajando la mirada hacia mis manos—. Soy muy desconsiderado. Siempre vengo con mis problemas… y no pregunto por los tuyos. ¿Cómo estás, Mutti?

Ella frunce los labios, inclinando apenas la cabeza, observándome con ese reproche suave que no busca herir, solo señalar. Es el mismo gesto de siempre, el que conozco desde chico.

—Yo estoy bien —responde—. Como siempre. Si estuviera mal, serías el primero en saberlo. —Hace una pausa. Sus ojos no se apartan de los míos. —Ahora —continúa—, decime: ¿Qué te dijo la asesora legal sobre Andy y la adopción?

Exhalo despacio. Siento cómo el aire me abandona los pulmones con más peso del que debería. Apoyo los codos sobre la mesa y entrelazo los dedos.

—Dice que no alcanza con quererlo —empiezo—. Que Andy necesita estabilidad, una imagen clara de un futuro… algo que puedan señalar en un papel.

Mi madre se reclina en la silla, escuchando sin interrumpir.

—Y que yo soy muchas cosas, pero no precisamente predecible. Entonces… —alzo los hombros, como si restarle importancia pudiera hacerlo más liviano—, tengo que casarme.

Durante un segundo no pasa nada.

Después, los ojos de mi madre se abren de par en par. Parpadea una vez… y estalla en carcajadas. Se lleva la mano a la boca, pero no logra contenerse. Ríe con ganas, con esa risa libre que siempre me alegro escuchar en ella, pero que, en esta ocasión, no quería escuchar.

Alisa también se ríe, pero solo espero que sea por el libro que está leyendo. A la distancia en la que estamos, no puede escucharnos si hablamos en voz baja.

Yo me quedo quieto. No me ofendo. No me defiendo. Simplemente espero. Porque sé que, cuando deje de reír, va a decir exactamente lo que necesito oír… aunque no sea lo que quiero.

Finalmente se seca una lágrima del contorno del ojo y me mira, todavía sonriendo.

—Alexander Müller —dice—, el universo tiene un talento especial para empujarte justo donde no querés mirar. —Inclina la cabeza—. ¿Y qué pensás vos, hijo?

Miro la mesa, esperando que una parte de ella me dé una revelación.




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