El último invierno

14 |Y el mundo sonríe conmigo

14 |Y el mundo sonríe conmigo.

Alexander.

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Estacioné el auto frente a la casa de Sara cuando la luz del sol ya no se veía. La calle estaba abarrotada de autos que reconocía, los chicos del club ya habían acaparado todo. Incluso desde donde estaba sentado, llegaban los murmullos de las voces dentro de la casa que se filtraban por las ventanas abiertas. Nos quedaríamos sordos cuando estemos ahí.

Giré la cabeza hacia el asiento de atrás. Andy estaba ahí, mirando por el vidrio con esa mezcla de curiosidad y timidez que me partía al medio. Se desabrochó el cinturón cuando le dije que podía hacerlo.

—Bueno, campeón, llegamos —le dije con una sonrisa—. Acordate: te quedás cerca mío, ¿estamos? Si te cansás, me avisás y nos vamos. Solo vamos a quedarnos lo necesario.

Él asintió en silencio, ajustándose la campera. Bajé, le abrí la puerta y lo ayudé a saltar al asfalto. Tomé su mano, y caminamos hacia la entrada.

Sabía que ella estaba ahí y por un instante, quise caminar más rápido que el paso lento de Andy.

—Vamos, Andy. Sin miedo —le susurré, pero no sabía muy bien a quién iban dirigidas esas palabras.

No era solo una cena más. Estaba entrando ahí con el nene, sabiendo que ella estaba del otro lado de esa puerta, y por alguna razón que no me gustaba admitir, me acomodé la remera y me puse derecho. Había que dar una buena imagen, aunque todavía no supiera muy bien por qué me importaba tanto lo que esa escritora pensara de mí. Tenia que enfocarme en lo que ella pensara de Andy, no más que eso. Otra cosa era irrelevante.

¿Me había puesto perfume? No me acuerdo Scheiße.

—¿Es la casa de Sara? —pregunta en voz baja.

—Sí, de sus papás —respondo—. Vamos a saludar, comeremos y después vemos si hay torta.

Eso parece tranquilizarlo, a él le gustaban las cosas dulces.

Rodeamos la casa para ir hacia la galería cubierta y cuando entramos, varias caras se giran. Reconozco a los chicos del equipo casi de inmediato y voy hacia ellos. Compartimos saludos con la mano, abrazos breves y algunos solo levantan la cerveza en un gesto mudo.

—Müller.

—Capi.

—Pensé que no venías— son algunos de sus saludos.

—Yo también —respondo con honestidad.

No estaba tan convencido ya que esta noche los abuelos de Andy dejaron que se quedara conmigo y planeaba pasar tiempo juntos de calidad, pero no podía desaprovechar esta oportunidad.

Andy se queda medio paso detrás de mí, sin esconderse del todo. Lo presento con palabra simples, aunque la mayoría ya lo conoce. Algunos se agachan para quedar a su altura. Otros solo le sonríen. Y Kevin lo abraza y le da una vuelta por el aire haciéndolo reír a carcajadas, pero terminando algo avergonzado.

—Basta— le pide—, soltame.

—Buh—Kevin le saca la lengua— Tanto tiempo con este salame te está pasando factura.

—Kevin, las palabras.

—Salame es una comida— es su defensa.

Desde el otro lado del jardín veo a los amigos de Sara. Gente que no conozco del todo, pero que no me interesan mucho. Ellos ríen de manera estruendosa, casi igual que Kevin diariamente. Los saludo a la distancia para no parecer maleducado, pero reconozco a uno de ellos, recuerdo más que nada las burlas que me hacía cuando recién llegaba al Valle y mi acento y más aspectos de mi persona eran raros, por ende, motivo de muchos ataques. Este solo desvía la mirada y busca hablar con una mujer que no deja de mirarme. No la miro de más porque no quiero malos entendidos, suficientes con los que ya tuve con ella y sigo teniendo.

Me quedo con mis conocidos y amigos. Andy tímidamente se acerca a Diana, la mujer de César, nuestro portero y le da un beso delicadamente en la frente a Amanda, la bebé de casi dos años.

Mientras escucho una conversación a medias sobre el próximo evento internacional llevado a cabo acá en el Valle, dejo que la mirada se me escape y pase nuevamente por el horizonte, pero esta vez a mi tiempo con más escrudiño. Solo un barrido lento, casi casual, no de forma evidente o desesperada, aunque pienso estúpidamente que lo estoy.

Sigo mirando, pero no encuentro nada más que las mismas caras de cuando entré y unas nuevas. La misma mujer que antes sigue viéndome, pero mis ojos no pasan por ella.

De todas maneras, nunca me gustaron rubias.

Es entonces cuando noto a Zac y a Kevin apoyados cerca de la parrilla. No hablan entre ellos, sino que me miran directamente sin importar si el asado se quema o no. No saben o no quieren disimular.

Levanto la vista y cruzo la mirada con ellos.

No sonrío, ni siquiera les frunzo el ceño. Simplemente los miro, esperando incomodarlos o intimidarlos buscando una respuesta. Zac es el primero en apartar los ojos. Kevin tarda un segundo más, pero termina girándose hacia la parrilla, fingiendo interés en algo que claramente no le importa.

Me siento incómodo porque ellos lo saben incluso si yo todavía no lo sé con certeza.

—¿Puedo jugar al ajedrez? —pregunta Andy.

—Sí —digo sacando mi miserable celular y busco la aplicación—. Pero sentate a mi lado.

Asiente y se sienta.

Yo me quedo donde estoy. Con una bebida que no probé. Con el ruido alrededor. Con la sensación persistente de que alguien falta.

No pasa mucho tiempo antes de que Kevin se acerque con esa sonrisa molesta que me dan ganas de borrar. Lo hace como siempre: sin pedir permiso, con una sonrisa amplia y una energía que parece no agotarse nunca. Me rodea con un brazo por los hombros como si no hubieran pasado horas desde la última vez que nos vimos.

—Müller, pedazo de sorete —dice—. Decime que ese vaso con agua que estás agarrando tiene merca por favor.

Le frunzo el ceño y hago un gesto hacia Andy quien está absorto y frustrado perdiendo la partida.

Kevin rueda los ojos y me zarandea con esa confianza que siempre tiene.

—Tranquilo, papá gallina —dice en voz baja—. El pibe está bien. Está perdiendo dignamente y no nos escucha.




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