El último invierno

15 |Los hombres (sospechosos) de ojos azules.

15 |Los hombres (sospechosos) de ojos azules.

Nyx.

**

—Disculpá —dice una voz aguda a mi lado.

Mi cuerpo registra el sonido antes que el sentido.

—Andy… —murmura alguien, apenas un segundo tarde, pero yo ya dejé de tararear y observo hacia abajo.

La música sigue sonando, constante, pero algo cambia en el aire, como si hubiera bajado un punto el volumen de todo lo demás. Siento el tirón suave en la manga del cárdigan y me giro despacio, sin sobresaltarme.

Un nene me está mirando con seriedad infantil. No parece incómodo ni apurado. Solo… ahí. Atento.

Me inclino apenas hacia adelante, lo justo para quedar a su altura.

—Hola —le digo—. ¿Todo bien?

Asiente sin soltar la tela de mi manga.

—¿Puedo comer uno? —señala el sándwich.

—Sí. Buscá los que quieras.

Le alcanzo el plato y él busca uno.

—¿Estabas cantando? —pregunta.

Sonrío, algo avergonzada.

—Un poco —admito—. ¿Te molestó?

Niega enseguida.

—No. Mi abuela canta cuando cocina.

La frase queda flotando entre nosotros. Así que solo asiento despacio, para que sepa que lo escuché, aunque no sepa bien qué decir.

—Entonces somos parecidas —digo—. Yo canto cuando no me doy cuenta.

Me observa unos segundos más, como evaluándome. Finalmente suelta la manga y apoya las manos en la mesada para subirse a uno de los taburetes.

—Estoy jugando al ajedrez —me informa de repente cuando saca un celular—. Pero pierdo siempre.

Lo dice sin dramatismo, como si ya hubiera aceptado ese dato como una verdad fija del universo. Me apoyo un poco mejor en la mesada y lo miro con atención, no esa atención exagerada de adulto que quiere “hacerlo sentir mejor”, sino lo contrario.

—Eso significa que estás aprendiendo, nadie gana mientras aprende. —Hago una pausa y agrego, más suave—. ¿Jugás con blancas o con negras?

Parpadea y se muestra sorprendido por la pregunta.

—Ahora con negras.

—Ah… —digo, inclinando la cabeza—. Entonces tenés que ser paciente.

Frunce el ceño, pensativo, como si la palabra le molestara.

—Pero siempre perdés con este color.

—¿Quién te dijo esa mentira? —continúo, bajando un poco la voz—, no necesariamente perdés por jugar con las negras. A veces parece que empezás en desventaja, porque el otro mueve primero, pero las negras enseñan a esperar, a mirar bien y a no apurarse.

Lo observo mientras procesa.

—Las blancas atacan —sigo—. Las negras resisten. Y resistir también es una forma de ganar, aunque no siempre se note enseguida.

El nene me mira fijo, como si esa idea fuera nueva.

—Mi abuelo dice que siempre es mejor empezar.

—A veces sí —admito—. Y a veces empezar último te deja ver cosas que los demás no ven. El truco está en no rendirse antes de tiempo.

No sé si entiende todo, pero algo le queda. Lo noto en la forma en que asiente despacio, como si guardara la frase para más tarde.

Le acerco otro sándwich y él come sin dejar de jugar, pero luego dice:

—Dale uno a Alex. Pensé que te estaba mirando, pero capaz estaba mirando la comida. Seguro tiene hambre y tiene vergüenza de pedir uno, por eso se queda en la puerta.

Parpadeo o mis ojos se agrandan o ambas.

Recién ahí mi cuerpo reacciona. Había escuchado una voz antes, o, mejor dicho, había sentido una presencia, un murmullo que no supe ubicar. Pero el nene había capturado toda mi atención con su forma de hablar, seria y directa, había cerrado el resto del mundo alrededor.

Giro la cabeza, todavía un poco descolocada.

Y ahí está.

Alexander Müller, apoyado con aparente despreocupación en el marco de la puerta de la cocina, como si llevara varios minutos ahí. Los brazos cruzados, el cuerpo ladeado. Observando sin interrumpir.

Noto el detalle antes de pensar: el leve color rojizo en sus orejas.

Le sonrío casi por reflejo, más suave de lo que tenía planeado, y bajo la vista al plato que tengo entre las manos para luego extendérselo.

—Se supone que tengo que llevarlos para que piquen, no comerlos todos antes de tiempo —digo algo avergonzada—, pero buscá los que quieras.

El chico a mi lado se adelanta como si oficiara de mediador.

—No tengas vergüenza —le aclara con solemnidad—. De verdad están ricos.

Suelto una pequeña risa, sorprendida por la situación y por mí misma.

—Claro —agrego mirando al chico—. Los hice yo.

Él me mira entonces. Y por primera vez desde que llegó, sonríe.

Alexander, por otro lado, se endereza despacio, como si recién ahora recordara que su cuerpo ocupa espacio. Se despega del marco de la puerta con un movimiento medido, casi silencioso, y da el primer paso hacia nosotros. No hay apuro en él, ni torpeza, pero reparo en que sostenía una libreta negra que guarda en el bolsillo de su campera.

Yo lo sigo con la mirada sin darme cuenta. Hay algo en la forma en que cruza la cocina —esquivando una silla, apoyando apenas la mano en el respaldo de otra— que vuelve todo más presente. El ruido de la fiesta queda lejos, amortiguado por las paredes. Acá solo existen las respiraciones, el zumbido bajo de la heladera… y él acercándose.

El chico se corre un poco, dejándole lugar. La manera en que ambos parecen moverse en el espacio del otro se siente demasiado natural.

Alexander se detiene frente a la mesada. Está más cerca de lo que esperaba. Suficiente como para notar el aroma leve de su perfume, algo limpio, nada invasivo. Suficiente como para que yo sienta, de golpe, que el aire cambió de densidad.

—Gracias —dice, con una voz seria, pero amable, mirando primero el plato y después a mí.

Yo asiento, sosteniendo el plato un segundo más.

Toma el sándwich de miga con una cautela que me desconcierta. Elige justo el que está en el borde del plato, el mismo donde mi dedo todavía descansa, y cuando lo hace no llegamos a tocarnos del todo: apenas un roce breve, suave, casi accidental, pero suficiente para que algo me dé un pequeño salto por dentro, como si el cuerpo hubiera reaccionado antes que la cabeza.




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