El último invierno

16 |Amigos y conocidos.

Nyx.

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Estoy rodeada de extraños. De nombres que todavía no se me acomodaban en la memoria, de risas compartidas que no me incluían del todo y de historias ajenas que flotaban en el aire como si yo fuera apenas una espectadora circunstancial. A veces, estar en una habitación llena de gente puede sentirse más solitario que estar sola, y esa noche no era la excepción. Sin embargo, no me sentía completamente incomoda porque, esta vez, había algo distinto, algo que suavizaba las cosas.

Andy, se había convertido en un ancla. No decía mucho, pero su forma de estar me daba una calma inesperada.

Y Alexander… Alexander estaba ahí a mi lado. Su presencia era silenciosa pero no podía estar tan equivocada puesto que me gritaba para que mis ojos se voltearan a él. No buscaba llamar mi atención ni llenaba los silencios por obligación, y quizá por eso mismo me resultaba tan fácil respirar cuando estaba a unos centímetros.

Y me di cuenta de algo simple, pero importante: no necesitaba sentirme parte de todo para estar bien. A veces alcanza con compartir un rincón del momento con las personas correctas, porque incluso entre desconocidos, uno puede sentirse un poco menos solo cuando alguien, sin decirlo, elige quedarse cerca.

Alexander me regala una sonrisa sutil, lo veo separar los labios, como si estuviera a punto de decir algo, y en ese segundo mínimo me descubrí deseando escucharlo. No importaba qué fuera, si una observación cualquiera o un comentario sobre el clima. Quería que su voz se escuchara.

Pero el hechizo se rompió cuando un brazo rodeó mis hombros con una confianza arrolladora. Persona no grata en este preciso instante.

—¡Al fin aparecés! —dice Lucho, fuerte, exagerado. Parecía que no me había visto en años—. Pensé que te ibas a quedar a dormir arriba.

Me río, porque con Lucho es imposible no hacerlo. Me aprieta un poco contra su costado.

—Estaba ayudando a traer la comida, no me escondía —mentí a medias.

—Ajá —dice, sin creerme ni un poco, y recién entonces gira la cabeza hacia Alexander—. Che, ¿y vos Capi ya la presentaste con el resto o te la estabas guardando solo para vos?

Alexander tarda un segundo en reaccionar. Negó despacio, con esa mirada que empezaba a resultarme fascinante. No parecía molesto, o al menos no con nosotros, parecía expuesto, hasta avergonzado.

—Todavía no —admitió, y su mirada se ancló en la mía—. Perdón.

Lucho no le da ni medio segundo de importancia.

—Bueno, listo —resuelve—. Vení, Nyx, te llevo yo antes de que te escapes otra vez.

No me suelta, solo me guía unos pasos y señala con la cabeza.

—Ellos son César y Diana —dice—. Y esa bebita hermosa que parece una muñeca, pero grita como si estuviera en la pista, es Amanda.

Diana se ríe al instante, sin ofenderse.

—Mentira —dice—. Solo cuando tiene hambre… o sueño… o ganas de quejarse.

César me saluda con la mano. Su mirada demuestra que no le intereso en lo más mínimo, pero es demasiado educado para ignorar a alguien. Vuelve a acariciar la cabecita de su hija.

—Un gusto —murmuro.

Lucho me hace girar para ver hacia el parrillero, ahí se encuentran dos hombres. El de rulos castaños nos observaba y le dice algo en el oído a su acompañante que tambien nos mira mientras se ríe. Se cuchichean, se empujan con el hombro, se ríen como adolescentes. Cuando ven que observo ellos se callan y levantan la mano desde lejos.

—¡Ey! —grita el primero—. ¡Bienvenida por fin!

—Kevin es el gritón, Zacarias es el que se ríe.

Alzo la mano para saludarlos. Ambos vuelven a burlarse de algo que no estoy entendiendo, pero no siento que lo hagan con maldad. Cuando se detienen abruptamente, resoplan y Zacarias grita: ¡Aguafiestas!

Volteo a ver qué era lo que ellos observaban y me encuentro a Alexander que parecía dedicarles una mirada breve y firme. No necesitó decir nada en voz alta para que se controlaran.

Podria mirarme a mí así y no me quejaría.

Dioses…

—Son unos boludos —habla Lucho—, pero no les des bola. Siempre andan en una.

Asiento, todavía procesando mis repentinos pensamientos que me hacen sonrojar.

—Matías no pudo venir —agrega, como si supiera de quién habla—. Está laburando, pero manda saludos.

—Decile que yo también entonces —contesto alzando los hombros.

Lucho se ríe y se inclina hacia mí, bajando la voz a la vez que señala con su cabeza a un grupo de personas del otro lado de la mesa alargada.

—Y los de allá son amigos de Sara —susurra—. Igual, seguro ella te los presenta más tarde.

—Ya conocí a algunas de las chicas —le informo.

El rubio hace un sonido como si estuviera pensativo.

—Ojo con Julieta —dice—. Te mira como si tuviera rayos láser en los ojos.

Frunzo el ceño.

—No sé de qué hablás.

Pero podía sentirlo en su mirada, aunque no era tan fulminante como esperaba, más bien era curiosa y pensativa, la cual apartó cuando nuestros ojos se conectaron. Ella luego empezó a hablar con sus amigas y recordé vagamente cómo mencionó su interés por un jugador de hockey y sobre un nene. ¿Alexander es de su interés? ¿Andy era ese nene?

¿Y yo que pito tocaba ahí? El de Alexander lamentablemente no.

Dioses…

—Está re enganchada con Alexander hace tiempo.

Me detengo apenas. No porque me importe, sino porque no entiendo el punto.

—¿Y? —respondí, tratando de que mi voz o sonara a la defensiva—. ¿Ahora no puedo cruzar dos palabras con un tipo porque a alguien le gusta?

Lucho levanta las manos.

—Pará, fiera. Solo aviso.

—Perdón, no sé por qué reaccioné así. —Me río con nerviosismo.

Lucho alza los hombros, pero en su mirada veo acusación con algo de gracia.

Sara reaparece unos minutos después, sin la chica borracha. No hace falta que nadie lo diga para que todas las miradas entiendan lo mismo: la dejó durmiendo arriba. Trae otra energía encima, más tranquila. Se acerca directo a Lucho y lo besa sin vueltas, con esa naturalidad de las parejas que no necesitan explicarse nada.




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