Nyx.
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Hay personas que aparecen como un destello breve y, aun así, dejan una sensación difícil de borrar, como si el cuerpo quisiera retenerlas un segundo más de lo que la lógica permite. Personas fugaces, les digo en mi cabeza, esas que llegan sin promesas, sin contexto, sin un lugar asignado en tu vida, y que despiertan algo: el deseo silencioso de que no sean solo un instante.
No es amor, ni destino, ni nada tan grandilocuente. Es más sutil que eso. Es la sensación de que, si el tiempo fuera generoso, tal vez habría algo más para descubrir. Una charla que podría haber durado cinco minutos extra. Una risa que llegó tarde y se fue rápido. Una presencia que no hizo ruido, pero dejó un eco.
Estas personas simplemente pasan sin exigir o imponer y en ese pasar nos desordenan un poco, lo justo como para que algo se mueva adentro. Nos recuerdan que a veces alcanza con eso: con saber que alguien estuvo ahí y, por un segundo mínimo, hizo que el mundo se sintiera distinto.
Tal vez por eso duelen un poquito, porque no se van rompiendo nada, solo dejan una puerta entreabierta en la memoria. Un “¿qué habría pasado si…?”
Andy y Alexander se me presentan así. Sin anuncio previo, sin esfuerzo o intención aparente de quedarse. Dos presencias distintas, pero unidas por algo que no termino de entender del todo, se siente firme.
No pasó nada extraordinario entre nosotros tres, más que las escenas que todavía están bien presentes en mi memoria. Fueron breves momentos en los que compartimos el tiempo, risas y un par de miradas que se sostuvieron más de lo necesario.
Eso es lo que hacen las personas fugaces: no vienen a quedarse, pero tampoco pasan sin dejar marca. Se instalan en los pensamientos de forma silenciosa, aparecen en los detalles más chicos —un recuerdo mínimo, una frase, una imagen repetida— y te hacen desear, que el azar tenga la delicadeza de cruzarlos otra vez en tu camino.
No sé si Andy y Alexander van a ser parte de mi historia o solo un paréntesis amable dentro de ella. Pero sí sé que, por algún motivo que no necesito descifrar todavía, no quiero que sean solo un recuerdo borroso. A veces, querer que alguien no sea un instante ya es suficiente. No como promesa, sino como gesto íntimo. Como una forma tranquila de decir: ojalá el tiempo nos dé un poco más.
Pero… ¿había alguna manera de que no fueran solo eso? ¿Había alguna forma, discreta, de evitar que se diluyeran en la categoría de lo fugaz?
No hablo de aferrarse con fuerza, ni de prometer eternidades que nadie puede sostener. Hablo de algo más sencillo: de quedarse un poco más en una conversación, de no soltar tan rápido una mirada, de permitir que el tiempo haga su trabajo sin empujarlo ni esquivarlo. Tal vez la única forma de que algo no sea un instante no es retenerlo, sino darle espacio. No apresurarlo hacia un final ni encerrarlo en una expectativa.
No quiero atraparlos en una idea, ni convertirlos en algo que todavía no son. Pero tampoco quiero dejarlos ir por inercia, como si lo que se siente fuera descartable solo porque es reciente. Hay una diferencia sutil entre aferrarse y cuidar. Entre exigir permanencia y desear continuidad.
Quizás no exista una manera de garantizar que alguien no sea pasajero. Quizás lo único posible sea elegir presencia: estar cuando se está, mirar cuando se mira, escuchar sin pensar en lo que viene después. Dejar que el vínculo, si es que quiere serlo, se construya solo, sin el peso de tener que durar para siempre.
Porque a veces lo eterno no se define por cuánto tiempo ocupa algo en tu vida, sino por la huella tranquila que deja. Y tal vez, solo tal vez, lo más honesto que puedo hacer es no preguntar cuánto van a quedarse, sino mientras estén, puedo habitarlos sin miedo, sin apuro y sin convertirlos en despedida antes de tiempo.
Por un instante, no quería irme.
Estoy sentada en la cafetería del club con una taza de mate cocido entre las manos, tibia ya, casi olvidada, mientras alrededor mío la gente entra y sale con la naturalidad de quien pertenece a este lugar. Hay risas bajas, platos que chocan, una radio encendida en volumen prudente. Yo elegí la mesa junto a los ventanales, no solo por la vista, sino porque desde acá puedo mirar hacia abajo sin que nadie me mire a mí. La pista se extiende blanca y brillante, y sobre ella el equipo entrena con una concentración que parece absoluta, como si el mundo se redujera al hielo y a lo que sucede sobre él.
Pasaron apenas dos días desde el cumpleaños de Sara, cuando me enteré de que Alexander y el equipo de hockey tuvieron un rápido viaje por un partido. Y, sin embargo, el recuerdo vuelve con una claridad que me sorprende. Aquella noche seguía repitiéndose en mi cabeza constantemente. No volvimos a hablar desde entonces, tampoco existió un intercambio de números o un futuro encuentro casual; aun así, ambos seguían estando presentes en mi memoria.
Abajo, el entrenamiento sube de ritmo. Un jugador roba el disco cerca del fondo, gira con un movimiento limpio y rápido, esquiva una marca y lanza un pase largo que cruza la pista con precisión. El receptor entra en velocidad, amaga, descoloca al arquero y define. El golpe seco del disco contra la red atraviesa el vidrio.
—¡Bien ahí! —grita el entrenador desde el banco—. ¡Pero no se duerman! ¡Esto no es un partido de barrio, piensen antes de recibir!
Camina de un lado al otro, señala, corrige, levanta la voz con la autoridad de quien exige porque sabe que pueden dar más.
—¡Müller! ¡Cerrá ese hueco! ¡No regalés el centro! ¿Qué te está pasando hoy, pibe? ¡Vamos, vamos muchachos!
Mi mirada lo encuentra sin esfuerzo. Alexander se mueve sobre el hielo con firmeza y naturalidad, sin dejar de estar atento o, en este caso… lo contrario. Recibe el disco, frena levantando hielo, ajusta la posición y vuelve al juego como si nada más existiera. Hay algo tranquilizador en verlo ahí abajo, en ese mundo donde todo parece tener un sentido inmediato.