18 | Contrato beneficioso.
Nyx.
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—¿Seguro que no querés nada para tomar? ¿Mate tampoco?
—No, gracias.
Pasaron cinco minutos desde que estábamos en el comedor. Alexander se encontraba de pie, sujetando un sobre marrón claro mientras lo deslizaba entre sus dedos una y otra vez. Miraba al suelo y fruncía las cejas. Hay algo que quería decirme y por la forma en que aplazaba la charla juraría que era importante, pero ¿qué cosa en el mundo tendría que decirme a mí y qué requeriría de un sobre?
¿Qué había en ese sobre? ¿Qué podría ser tan importante que necesitaba un momento para pensarlo bien antes de hablar?
Nos quedamos de pie, como dos adolescentes que no saben dónde poner las manos ni qué hacer con el aire. Él mira alrededor, yo miro sus manos. Él mira el piso, yo subo la vista a su mandíbula. Y así sucesivamente hasta que decide salvarnos a los dos.
Me corre la silla como si estuviéramos en un restaurante y recordara sus modales. Él murmura:
—Sentate, por favor. Quiero hablarte de algo.
Ay. ¡Qué frase horrible! Qué frase que te obliga a prepararte psicológicamente para lo peor.
¿Sabrá que yo...? No, es ridículo y si fuera el caso, ¿qué hay en el sobre? ¿Una demanda? ¿Una orden de alejamiento? ¿Será…? Pueden ser tantas cosas que en este segundo que pasó ya pensé en mil de ellas, de principio a fin, incluso me imagino siendo arrestada y pasando mis noches frías en la cárcel, temblando y llorando, debo de añadir. Mi corazón empezó a latir rápidamente, pero me obligo a tranquilizarme.
Me senté con lentitud sin permitir que mis ojos se separen de los suyos y espero no sé muy bien qué. Cerré mis puños al sentirlos temblar.
Alexander se ríe con nerviosismo.
—Mi idea no era tan abrupta, mucho menos causarte temor. —Habla muy bajo y rápido que apenas lo entiendo—. De hecho, pensaba traerte flores. Estoy haciendo todo mal…
—¿Flores?
Asiente.
—Mi madre estará muy decepcionada de mí cuando se entere de que no traje flores o un presente por las molestias. Entonces fue improvisado…
Lleva una mano a su chaqueta y saca de allí una figura de papel. Es una flor.
No puedo sonreír porque estoy tan impactada que la retención de la efusividad que siento ante el presente me va a hacer explotar. Con delicadeza sostengo el origami.
—¿En qué momento…?
—De mi auto a la entrada mientras estabas de espaldas.
—Oh. Nunca me habían regalado flores, ni siquiera sé cuáles me gustan, pero esta es hermosa —comento un dato cualquiera porque estoy tan desorientada, nerviosa, emocionada y expectante que no sé qué decir.
Qué rápido me bajan la tanga. Tengo que ser un poco más difícil de impresionar.
Alexander frunce el ceño.
—¿Con qué clase de inútiles saliste? —Él sacude la cabeza— No, no viene al caso.
Suspira, pasándose una mano en el cabello.
Alexander se sienta frente a mí, del otro lado de la mesa y pone el sobre sobre ella. El maldito sobre misterioso en medio de ambos.
—Bueno, esta es la cosa: La madre de Andy murió en el parto —comienza golpeándome de lleno con esa afirmación—. El padre murió hace algunos años en un accidente de auto y Andy, al no tener otro familiar vivo, ni tíos ni primos, se quedó con sus abuelos paternos.
—Oh no… —murmuro apenas audible, sintiendo un dolor en mi pecho, pero esta vez por alguien más.
Alexander suspira, pasándose una mano por el cabello.
—Lo que pasa es que los abuelos ya no están capacitados para cuidarlo luego de que Pablo haya tenido un infarto y Ana se cayera y se quebrara el brazo.
Dioses…
—Servicios sociales está evaluando hogares de acogida que puedan tenerlo, pero no hay muchas opciones en el Valle, para no decir ninguna.
—¿Estás diciendo que lo llevarán a otro pueblo? ¿Uno que no conoce?
Él asiente lentamente, parecía ofuscado y dolido por ese pensamiento.
Alexander se queda en silencio unos segundos más, como si estuviera ordenando algo adentro antes de animarse a decirlo. Cuando vuelve a hablar, su voz baja apenas, pero es muy segura con respecto a lo que dice.
—Quiero adoptar a Andy.
—Alexander… eso es muy hermoso. —Pongo una mano en mi pecho— Decime, ¿necesitás que te ayude en algo? Contá conmigo.
Sus ojos cambian, literalmente, como si hubiera una luz detrás que por fin se encendía.
—Eso quería hablar con vos. Mirá… —Toma aire—. No fumo, no bebo, me considero un hombre responsable y puedo proveerle todo lo que necesita, pero decidieron que por dedicarme a lo que me dedico, no podría darle un hogar estable. A veces pasamos más tiempo fuera de casa que en casa.
Frunzo el ceño.
—¿No tenés a nadie que pueda cuidarlo cuando estés afuera?
—Toda mi familia —dice enseguida—. Lo aman, Andy los ama a todos. Pero lo que ellos quieren es que él eche raíces. Que crezca en un ambiente familiar presente.
—¿Entonces?
—Andy es mi vida. Lo conozco desde que tenía tres años. Lo cuidé como a un hermano, pero la verdad es que lo siento mi hijo. Hice todo, Nyx. Adapté mi casa, cambié mis rutinas, dejé de lado viajes y tomé cada curso sobre padres adoptivos que existen en la zona. Pero para el sistema, soy un hombre soltero con un trabajo inestable. No puedo proporcionarle un lugar en el que pueda tener raíces.
Lo miré y, sin darme cuenta, mi mano buscó la flor de papel que me había regalado. El papel estaba un poco arrugado en las puntas, una prueba de que sus manos grandes habían luchado contra la fragilidad del material.
—¿Necesitás una pareja?
Alexander suelta una risa corta, sin humor, y se pasa una mano por la cara.
—No puedo creer que todo el mundo entienda qué significa eso menos yo, en ese momento.
Lo miro y, sin darme cuenta, le sonrío sutilmente.
—No me malinterpretes —empiezo, un poco desorientada, eligiendo cada palabra con cuidado—. Me da muchísima pena por Andy. Es… un nene muy bueno, por lo poco que pude conocerlo. Pero no entiendo mi parte en todo esto. No la entiendo desde ningún lugar lógico.