El último invierno

19 | Hora de hablar con mi abogado.

Nyx.

**

Esta noche no dormí.

Las horas pasan con una lentitud cruel y burlista. Cada vez que cierro los ojos, la palabra Madre rebota en mi mente con el eco de una campana de iglesia. La posibilidad de ocupar ese rol, aunque sea una farsa escrita en un papel con sobre marrón, me genera un estrés que mis pulmones no saben procesar. Necesito mi terapia, necesito a mi loquera para que me explique por qué mi mente está romantizando un contrato y, sobre todo, por qué siento que el aire me falta cada vez que imagino a Andy mirándome con una confianza que yo no me había ganado.

Pero por encima de todo, necesito a Fred.

Fred no es solo el lugar donde van a parar mis secretos, es el punto donde mi cabeza vuelve a ordenarse. Mi brújula cuando yo giro sin sentido. Y, para mi suerte, o mi desgracia, según cómo se mire, también es abogado. Tiene esa habilidad incómoda de separar lo que yo siento de lo que realmente está pasando, de leer lo que no se dice y de poner nombre a las cosas cuando yo solo tengo intuiciones borrosas.

Me quedo mirando el techo, sintiendo que la madrugada me queda grande. Este improvisado insomnio me obliga a repetir una y otra vez lo que intento ignorar de este día.

A veces el destino no te avisa ni te pide permiso para cambiarte la vida, no toca el timbre ni explica nada, solo te deja parada frente a una puerta entreabierta, en silencio, como si observara desde algún lado invisible, esperando a ver qué hacés: si juntás coraje y la empujás aunque no sepas qué hay del otro lado, o si te quedás quieta, a oscuras, convenciéndote de que no abrir también es una forma de elegir

Y me pregunto si de verdad existen las decisiones correctas, o si solo hay elecciones que se sienten menos pesadas que otras. Si el miedo es una advertencia o simplemente el precio inevitable de querer algo que todavía no entendés del todo, y en qué momento una idea absurda, empieza a echar raíces en el pecho hasta volverse imposible de ignorar, como si el cuerpo supiera antes que la cabeza que ya no hay vuelta atrás.

Exactamente a la 01:02 de la mañana, el silencio de la casa se vuelve insoportable. Sin hacer ruido agarro el abrigo más calentito que traje y me lo pongo, guardo el celular para ir de punta de pie hacia la planta baja. Uso mi llave para abrir lentamente la puerta del porche trasero y enciendo la luz. El frío me golpea de lleno, ni las lonas que cubren la galería detienen esa brisa helada.

Me siento en el sillón mientras trato de observar el patio, sin embargo, está sumido en la oscuridad. El celular parece pesarme en el bolsillo por lo que lo saco y dejo de postergar lo inevitable y llamo a Fred.

—¿Hola? —susurra Kely—. ¿Estas bien cariño?

Sonrío.

—Hola Kely —le hablo en el mismo tono bajo—. Sí, estoy bien. ¿Vos? ¿El bebé? ¿Cómo están?

Escucho un suspiro de alivio y luego un bostezo.

—No me deja dormir. Por eso atendí el celular.

—¿Ya empezaron las pataditas?

—Sí, y son horribles. Ojalá estuvieras acá para sentirlas…

—Volveré pronto, no seas sentimental.

—Te extraño Nyx. —De la nada empieza a llorar y se sopla la nariz—. Cuando supe que Fred tenía una hija entrando a la adultez, jamás hubiese creído que la extrañaría más que a él.

—Yo también te extraño, Kely.

—¿Cómo se te ocurre mudarte?

—¿Mudarme?

—Fred me dijo boludeces sobre qué querías buscar tu propio lugar. No jodas con eso, nena.

—Es algo que pasará eventualmente.

Resopla.

—No te lo permito. Necesito otra mujer en la casa. ¿Cómo voy a vivir con dos hombres?

—¿Capaz buscando a una niña?

Ella lanza una carcajada que puede haber alertado a todos los del barrio.

—Kely —le susurro con diversión—. Shh

—Perdón, el frío te hace graciosa. No quiero tener otro bebé, al menos no por mucho, mucho tiempo.

—¿Kely? —Escucho a Fred de fondo—. ¿Qué hacés levantada, por qué no me llamaste?

—Te llamé, pero estabas roncando como un tractor y casi me pegaste una patada. —Resopla—. Nunca más…

—Perdón —Fred bosteza—. Estaba muy cansado. ¿El bebé no te deja dormir?

—No. —Puedo jurar que hace un puchero—. Pero Nyx llamó y me entretuvo.

—¿Nyx? ¿En el celular? —se escucha desesperado—. ¿Está bien?

—Sí, sí, calmate papá oso. —Kely vuelve a bostezar—. De repente tengo sueño.

—Voy en breve.

—Tomate tu tiempo.

Hago una mueca de asco al escuchar un beso y luego la voz de Fred en el celular.

—¡Hija!

—Hola, Pa.

—¿Por qué estás despierta? —Él nota mi pausa—. Por favor, no me digas que lograste engatusar y vas a quedarte a vivir allá.

Me río.

—No exactamente. ¿Tenés tiempo?

—¿Tan serio es que no podés esperar hasta mañana?

—Si te molesto entonces… —empiezo el dramatismo, pero él me corta.

—Ridícula. Decime, dale.

Suspiro.

—Conocí a Alexander Müller —solté.

Me quedo esperando una reacción, un grito, una burla o al menos una pregunta tipo: "¿El jugador de hockey que tanto me gusta?". Pero Fred no dice nada. Se mantiene en un silencio, dejando que el espacio vacío me obligue a seguir hablando. Él sabe perfectamente cómo funciona mi cabeza: si él no habla, yo llenaría el hueco con la verdad porque no me gusta la incomodidad que lo acompaña.

Puedo imaginar el sonido de los grillos.

—Lo vi un par de veces estos días —continué, bajando la voz—. Es… diferente a como uno se imagina a alguien así. ¿Recordás que hace tiempo te dije que seguramente la reciente fama lo cambiaría y sería engreído y no como aquella noche? Qué equivocada que estaba. Incluso me recuerda.

Me hundo más en mi abrigo y me recuesto en el sillón.

—¿Y él sabe…?

—No —lo interrumpo—. Yo… le dije que no lo recuerdo.

—Interesante.

Resoplo.

—¿Querés saber lo que realmente es interesante?

—A esta altura de mi vida y de mi carrera dudo que puedas sorprenderme.




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