El último invierno

20| Una amiga mentirosa.

Nyx.

**

El teléfono está tibio contra mi oreja cuando me dejo caer en el sillón. Recojo las piernas y fijo la mirada en un punto neutro de la pared, como si así pudiera evitar que mis palabras tomen demasiado cuerpo. Afuera está oscuro, pero adentro también, aunque de otra forma. Hay silencios que no asustan, este no es uno de esos.

—Ajá... —dice ella del otro lado del teléfono—. Seguí, Nyx. Te escucho.

Trago saliva. Ya le había hablado de Alexander, de Andy, de lo inesperado de ambos. De cómo algo en mí se acomodaba cuando el nene me hablaba y me miraba o cuando Alexander me observaba como si yo no fuera frágil, ni rota, ni un problema a resolver. Pero esto es otra cosa.

—Me propuso un acuerdo de seis meses para poder adoptar a Andy.

—¿Un acuerdo en qué sentido? —pregunta con esa suavidad profesional—. ¿Podés contarme cómo lo entendiste vos?

Respiro hondo. Esa pregunta nunca va al hecho, siempre va a mí.

—Un compromiso... de pareja. Fingido obviamente, para que Servicios Sociales consideren que él tiene una familia estable y de apoyo hacia Andy, cosa que ya tiene. —Me río sin humor, un sonido seco que rebota en las paredes—. Me dijo que puedo decir que no, en ese caso no se hablaría más del tema y él buscaría a alguien más. Supuestamente no quiere manipularme usando a Andy, no es su intensión.

—Y vos... —su tono es lento, casi precavido—, ¿qué sentiste cuando te lo propuso?

Cierro los ojos y dejo que las palabras lleguen solas.

—Miedo. Mucho. Y después culpa por no poder pensar solo con la cabeza. Y también... —hago una pausa, buscando la palabra exacta—, algo que no esperaba. Una especie de nudo. Como si alguien hubiera tocado una puerta que yo juré clausurada hace siete años.

Ella asiente del otro lado, lo sé aunque no la vea. Pasamos mucho tiempo juntas, puedo decir que la conozco cuando a profesional se refiere.

—Tiene sentido, Nyx. Muchísimo sentido. Estás frente a una situación que toca varias capas a la vez: el cuidado, la pérdida, el vínculo, el miedo a repetir un dolor. No es una decisión pequeña, aunque el acuerdo tenga fecha de vencimiento.

Mis dedos juegan con el borde de la manga, deshilachando un hilo invisible.

—Acepté conocer a Andy mejor —digo—. Vamos a pasar una tarde en el lago. Nada más. Y aun así siento el cuerpo en alerta, como si no supiera si avanzar o salir corriendo.

—Eso que describís no es una recaída —dice con firmeza tranquila—. Es memoria emocional. Tu sistema no está fallando, está intentando protegerte del impacto. Quiero que tengamos algo claro —continúa ella—. No tenés que decidir nada ahora. No tenés que ser valiente ni poder con esto. Tu única tarea hoy es observar cómo te sentís en contacto real con ese chico. No con la idea de la maternidad, ni con el contrato, ni con el futuro. Solo con el presente.

Asiento, aunque otra vez nadie me ve.

—Y si en algún momento sentís que el aire te falta, que el mundo gira o un dolor en el cuerpo —agrega—, volvemos a lo básico que ya conocés. Pies en la tierra. Respiración 5, 7, 8 y nombrar lo que sí está pasando, no lo que tu miedo dice que podría pasar.

—¿Y si me doy cuenta de que no puedo? —pregunto en un susurro, temiendo la respuesta.

—Entonces eso también es una respuesta válida. Decir que no, no te hace egoísta. Te hace honesta con vos misma. Alexander encontrará otra manera, no depende de vos.

El silencio que sigue solo me deja pensando y reflexionando mientras la loquera me espera amablemente, sin embargo, no puedo pensar en nada, mi mente se encuentra en blanco.

—Nyx —dice al final—, el hecho de que esto te asuste no significa que sea peligroso, significa que importa y eso lo vamos a transitar juntas, paso a paso, sin empujarte a ningún lugar donde no estés lista para estar.

Apoyo la cabeza contra el respaldo del sillón y dejo salir el aire despacio.

—Gracias —susurro.

Y lo digo en serio.

Minutos más tarde, cuando cuelgo la llamada con la loquera, golpean la puerta de mi habitación y Sara asoma la cabeza con una sonrisa enorme.

—¿Lista para tu no cita?

Rudo los ojos.

—Solo vamos a patinar. Andy me invitó.

Se ríe maquiavélicamente y pasa a la habitación tirándose de lleno en la cama y poniéndose de lado mientras ve cómo me pongo las botas.

—Ajá sí, Andy te invitó.

Hay mentiras que son tan hermosas que terminan sintiéndose como una casa. Te mudás a ellas, decorás las paredes con recuerdos inventados y cerrás las cortinas para que la luz de la verdad no te arruine la vista.

Yo sabía que mi casa estaba hecha de cristal. Sabía que, si miraba con demasiada atención, el Valle se vería como una escenografía y Alexander no sería el capitán de nada, sino algo mucho más complejo. Pero admitirlo significaba dejar que el frío entrara. Y yo prefería morir congelada antes que aceptar que el sol afuera solo iluminaba un cementerio.

—Es el tercer cambio de suéter, Nyx —menciona luego de unos momentos—. Si seguís así, el hielo se va a derretir antes de que pongas un pie en la pista.

La voz de Sara rompió mi trance. Estaba sentada en el borde de mi cama, observándome con esa mezcla de entusiasmo y sonrisa maquiavélica que últimamente era su única expresión.

—Solo quiero estar cómoda —miento, alisando las arrugas de mi suéter blanco—. Es una tarde importante.

Sara se levanta lentamente y me mira a través del reflejo de la cámara de mi celular, buscándome los ojos, pero yo me obligué a mirar mis propias manos.

Realmente tendría que comprar un espejo. ¿Por qué mierda no hay espejos en esta casa?

—Admitilo de una vez, Nyx. ¿Recordás que yo estaba ahí cuando lo viste salir a...?

Dios —la silencio—. Sara dijimos que era un secreto.

Resopla.

—Ya, ya. Nyx y Alex se van a casar y todos les deseamos mucha felicidad...

—Ridícula —le murmuro con una sonrisa.




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