El último invierno

23.1| Esa misma noche donde nos hicimos mas fuertes juntos.

Nyx.

**

El trayecto de regreso fue un viaje a través de una neblina espesa. El motor del auto de Alexander es lo único que se escucha entre ambos. Tengo la intención de alargar el brazo y buscar alguna canción en Spotify, pero no estoy de muchos ánimos y no puedo pensar en una canción que me levante un poco. Por el espejo retrovisor veo las luces del auto de Román, que nos sigue hasta su casa. Por alguna razón, Alexander casi peleó por traerme y yo peleé porque él me trajera, no quería estar con nadie más.

Sin embargo, el recorrido llegó a su fin.

Alexander también había bajado y entró con nosotros, según él, para asegurarse de que todo esté en orden. Pero debía admitir que me hacía sentir mejor.

Nunca pensé que este tipo de protección, viniendo de un hombre, lo permitiría en mi vida. Pero acá estaba; incluso me acerco más a él, como si el suelo abriera una grieta en el núcleo de la tierra y corriera peligro de caerme, pero podría sostenerme y no me hundiría. No de nuevo.

Viki fue quien rompió el silencio mientras dejaba su bolso en la isla de la cocina y pasaba su delicada mano por su largo y liso cabello dorado.

—Nyx, ¿qué querés hacer? ¿Necesitás que te prepare algo de comer? —preguntó con voz dulce.

Negué con la cabeza, aunque el simple movimiento me provocó náuseas. El mareo del agua fría y el agotamiento me estaban pasando factura.

—No, Viki. Gracias. Solo... estoy muy cansada. Necesito un baño y dormir.

Suspiré mientras giraba hacia Alexander. Él se movía como si lo tuviera programado, casi robótica, encargándose de dejar mi mochila en una de las sillas del comedor. Lo hacía sin mirar a nadie, con la mandíbula tan apretada que parecía que se le iba a quebrar. Tímidamente, estiré mi mano para sostener su muñeca; su piel estaba hirviendo en comparación con la mía, pero sus músculos estaban duros como el mármol.

—¿Estarás bien? —le pregunté en un susurro.

Él asintió rápido, demasiado rápido, pero cuando sus ojos chocaron con los míos, la máscara se agrietó. Yo estaba aturdida, todavía procesando el horror de haber caído al agua y la imagen de Andy sin respirar, pero mi dolor era el de un testigo que apenas empezaba a querer a ese nene. El de Alexander, en cambio, era el de un hombre al que le acababan de arrancar un pedazo del alma.

Lo vi en el temblor casi imperceptible de sus dedos y en la sombra de derrota que le oscurecía el rostro. Que se llevaran a Andy a ese centro de acogida, lejos de él, después de haberlo salvado, lo había devastado de una forma que no tenía nombre. Era una ironía cruel: lo había salvado para que la ley se lo arrebatara en la puerta del hospital. Alexander lo conocía de toda la vida, lo había visto crecer, y ahora su ausencia pesaba más que el frío que todavía sentía en los pulmones. Estaba ahí, parado frente a mí, tratando de ser el pilar de siempre, pero era un pilar lleno de grietas que amenazaba con venirse abajo en cualquier segundo.

—Nos vemos mañana —murmura, pero está ausente, apenas enfocando la vista.

Da media vuelta con las manos en los bolsillos, la cabeza gacha y encorvado, completamente derrotado mientras sale de la casa.

Con un suspiro camino hasta Sara para darle un abrazo. Ella se estremece cuando toca mi piel. Como todos, también me observa preocupada, pero solo le sonrío para tranquilizarla y voy directo a mi cuarto.

La oscuridad y ese leve aroma a ciruela y flor de vainilla me golpea al entrar. Cierro la puerta más lento que nunca y me apoyo en ella, pero antes de intentar separarme y dar un paso, mis piernas no reaccionaron. Me dejo caer lentamente hasta sentarme con las rodillas arriba. Abajo se escuchaban murmullos y, a veces, el silencio que producía el que hablaran más bajo de lo que ya lo hacían y ese silencio, el que reinaba la casa cuando bajaban el tono, me recordaba demasiado al mutismo y negrura que me rodeó al caer al lago.

Con dedos temblorosos, busqué mi celular dentro de la mochila. El brillo de la pantalla me lastimó los ojos y a tientas lo bajé. Marqué el número de Fred sin pensar, y al segundo tono, su voz respondió.

—¡Hola, Negri!

Al escuchar su voz, el dique se rompió por completo. El primer sollozo salió desgarrado, quemándome la garganta como si todavía tuviera el agua del lago raspándome por dentro. Me hundí dejando que la oscuridad del cuarto terminara de devorar lo poco que me quedaba de entereza.

Recién ahora, en esta tranquilidad artificial de cuatro paredes, la realidad me caía encima como una losa de cemento. El pánico por Andy seguía ahí, latente, una herida abierta por el horror de haberlo visto inerte, pero por primera vez en todo el día, el miedo también reclamaba su lugar por mí.

Sentía un escalofrío que no se iba. Me di cuenta, con una claridad aterradora, de que yo también estuve a un segundo de no volver a respirar. Que el peso de mi ropa mojada, el frío que me paralizó los músculos y ese fondo oscuro del lago estuvieron a punto de ser lo último que conociera. Estaba asustada por Andy, sí, me destrozaba pensar en él solo en ese centro, pero también estaba aterrorizada por mi propia fragilidad. Me miraba las manos y todavía podía sentir el entumecimiento del hielo, me tocaba el pecho y me sorprendía que el corazón siguiera moviéndose.

La muerte no había sido una idea abstracta hoy, había sido una presencia física que me rozó la cara. Y ese pensamiento, el de haber estado tan cerca de desaparecer sin haber hecho tantas cosas que tenía pensadas en mi vida, era lo que más me hacía temblar.

—Papá... —logré articular entre hipos, apretando el teléfono contra mi oreja como si fuera lo único que me mantenía en este mundo.

—¡Nyx! ¡Hablame! ¿Qué tenés? ¡Contestame por favor! —Fred gritaba del otro lado, escuché el golpe de algo cayéndose al suelo—. Voy para allá. Agarro el auto y salgo para el sur ahora mismo, dejame avisarle a Kely...

—No, no... estoy bien. Físicamente estoy bien —le dije, limpiándome la cara con la manga de la campera de Alexander. El tejido todavía olía a él—. ¿Te acordás de que te mandé una foto del atardecer en el lago? Se veía tan tranquilo...




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