Nyx.
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Alexander puso primera y el vehículo comenzó a deslizarse por las calles desiertas del pueblo. Noté rápidamente que nos alejábamos del centro, dejando atrás las pocas luces de las farolas para adentrarnos en una zona donde la civilización cedía terreno ante la imponencia de la naturaleza. Apenas había casas por este lado, el paisaje estaba dominado por pinos colosales que se mecían como gigantes dormidos bajo el cielo nocturno.
Después de unos minutos, el auto desaceleró frente a un gran portón flanqueado por pilastros de piedra y ladrillo que marcaban el límite de su privacidad. El terreno era inmenso, una extensión de bosque que parecía sacada de un sueño invernal. Alexander activó el mando y las rejas se abrieron con un gemido sordo, permitiendo que avanzáramos por un camino interno de ripio y escarcha, custodiado por árboles que formaban un túnel natural y oscuro.
A lo lejos, comenzó a dibujarse la silueta de la casa. Era una construcción imponente, una mezcla perfecta de calidez rústica y solidez: ladrillo a la vista, madera oscura y grandes ventanales que ahora mismo reflejaban la luz de la luna. Una chimenea de piedra se alzaba hacia el cielo como un faro apagado, prometiendo el refugio que ambos buscábamos. La propiedad se sentía aislada, protegida por la espesura del bosque y el silencio de la montaña.
Alexander detuvo el motor bajo el alero de la entrada. Por un momento, solo se escuchó el rítmico "clic, clic" del metal enfriándose y el viento silbando entre las ramas de los pinos.
—Llegamos —susurró él, soltando finalmente el volante. Se quedó mirándome, como si necesitara confirmar que, a pesar de todo, no me había desvanecido en el camino.
—Es muy linda.
—Fue heredada. Tendrías que ver la de Alisa; es más moderna.
Alzo los hombros.
—Me gusta lo rústico. Las construcciones de ahora son muy minimalistas y no tienen mucha personalidad, las casas se parecen siempre.
Él sonríe levemente y baja del auto. Yo me quedo un segundo para respirar y sujetar mi mochila, sin darme cuenta de que Alexander dio vuelta al auto y llegó al lado del conductor para abrirme la puerta. Me extiende su mano y lentamente la sostengo, sintiendo aquella agradable calidez.
Me guía dentro de su casa y en el recorrido, nuestras manos lamentablemente se separan.
Me llega una ráfaga de frío que me hace temblar el cuerpo y Alexander se saca su campera para ponérmela sobre mis hombros, sin importar que estemos a solo pocos pasos de entrar a su hogar.
Entrar en la casa de Alexander fue como atravesar un portal a un mundo donde el caos del exterior no tenía permiso para entrar. Mientras él cerraba la pesada puerta de madera a mis espaldas, el aroma me golpeó primero: una mezcla de café, el perfume que siempre usa y leña de cedro.
Mis botas resonaron con timidez sobre el piso de madera pulida mientras avanzaba hacia el corazón de la propiedad. La estructura era imponente, con vigas de madera oscura que cruzaban el techo alto, dándole al lugar un aire de refugio antiguo y fortaleza moderna a la vez. No había luces estridentes; solo una iluminación tenue que nacía de lámparas de pie estratégicamente ubicadas, bañando todo en un tono ámbar que suavizaba las aristas de mi propia angustia.
En el centro del living, dominando el espacio, se encontraba un sillón de cuero marrón, largo y profundo, que parecía haber sido diseñado para albergar las cavilaciones de un hombre de su tamaño. Se veía desgastado en los apoyabrazos, como si Alexander pasara horas allí, refugiado en su propio silencio.
Justo enfrente, reposaba una mesa ratona de madera rústica, maciza y baja. Sobre ella, perfectamente dispuesto, había un tablero de ajedrez.
Me detuve frente a él, fascinada por el contraste. Las piezas no eran de plástico ni de serie; eran figuras pesadas, talladas con una precisión asombrosa.
—Sentate donde quieras —dijo.
Me senté en el borde del sillón, sintiendo el frío todavía que me había dejado el lago, sin darle oportunidad al calor que emanaba de la chimenea cercana. Alexander se acercó y, sin decir nada, se quedó mirando el tablero un segundo, antes de clavar sus ojos en los míos.
Alexander caminó a la cocina, escuché el ruido de cajones y cristal. Al volver, estaba con una botella de vino tinto y dos copas. Sus movimientos eran tranquilos y despreocupados.
—¿Vino? —arqueé una ceja, intentando que mi voz no temblara—. ¿Qué pasa, Alexander? ¿Tu plan es emborracharme para que no me arrepienta de firmar los papeles mañana?
Él sirvió el líquido oscuro. Una pequeña mueca, casi una sonrisa, asomó en la comisura de sus labios.
—Si quisiera emborracharte para eso, habría traído algo más fuerte.
Se sentó en la alfombra, del otro lado de la mesa, quedando más bajo que yo, pero invadiendo todo el espacio con su presencia. Me extendió la copa y, sin mediar palabra, giró el tablero para que las piezas negras quedaran frente a mí. Él abrió con e4, un inicio clásico y sólido.
El juego comenzó en un silencio poderoso, solo roto por el crujir de la leña. Alexander jugaba como capitaneaba a los Cuervos del Valle: con una presión asfixiante. Como centro de hockey, su mente estaba obsesionada con el control del hielo central. Movía sus piezas buscando encerrarme, bloqueando mis líneas de escape con una estructura de peones que parecía un muro inquebrantable.
—Jugás igual que como patinás —le dije, mientras mi caballo saltaba a f6 para pelearle el espacio—. No dejás respirar.
Él no levantó la vista del tablero. Se tomó un segundo antes de acomodar una de sus torres.
—Si regalás el medio, te pasan por arriba —respondió, con una tranquilidad casi irritante—. En la cancha o acá, es lo mismo.
Pero a medida que avanzaban las jugadas, empecé a notar algo. Alexander era un experto cubriendo los ataques directos, pero esa obsesión por controlar la zona lo estaba volviendo previsible. Estaba tan enfocado en cerrarme los caminos que no vio venir mi sacrificio.