El último invierno

24 | Cisneros-Müller

Nyx.

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La mañana siguiente se filtró por las pesadas cortinas de la habitación de Alexander con una timidez dorada. Me desperté envuelta en el aroma que ya se me había pegado a la piel, confundida por un segundo hasta que el peso del tablero de ajedrez y el frío del lago volvieron a mi memoria.

Me urgía ir al baño, por suerte, estaba incluido en la habitación. Quise verme en el espejo, pero todavía tenía la vista borrosa y no era el vidrio de los lentes por lo que, sin verme a ningún reflejo, traté de arreglarme un poco.

Bajé las escaleras descalza. Me fijé en los cuadros de la pared que anoche no había reparado, eran fotos viejas de Alexander más joven. Parecía una persona completamente diferente, estaba radiante, tenía otra mirada con arrugas en los ojos y felicidad plena. Eran fotos de hockey, con sus amigos, compañeros y familia, pero una de ellas me hizo dudar si dar otro paso. Había un hombre idéntico a Alexander, tan similar que parecían gemelos; sin embargo, estaba en silla de ruedas.

Su hermano.

Esas eran las únicas fotos, no había ninguna reciente. Tal vez sean de hace años, muchos años atrás.

Siguiendo el rastro de un aroma familiar que no esperaba encontrar, noté un reloj que marcaba las 9:30.

Desde el umbral de la cocina, me detuve a observarlo. Alexander ya vestía su ropa de entrenamiento: una remera térmica oscura que marcaba la tensión de sus hombros y un pantalón de algodón gris. Estaba de espaldas, concentrado, acomodando con una delicadeza una taza sobre la mesa. Lo vi dejar un plato con unas tostadas y un cuenco pequeño con frutas cortadas. También había algo pequeño sobre una servilleta, junto a un vaso de agua, pero no le presté atención.

Lo más tierno, y lo que me hizo apretar los dedos contra el marco de la puerta, fue verlo buscar desesperado una lapicera y un papel. Cuando finalmente los encontró, empezó a escribir algo con rapidez, seguramente una nota para cuando yo despertara.

—Buenos días —saludé, rompiendo el silencio de la mañana.

Alexander dio un pequeño salto, girándose de inmediato. La sorpresa en su rostro se transformó rápidamente en su usual calma. Cerró la libreta negra que estaba abierta sobre la isla y la cual apenas había notado. Se la guardó en el bolsillo de su pantalón como si no quisiera que viera su contenido.

—Buenos días —respondió, dejando la lapicera a un lado—. Te preparé mate cocido y algo para comer...

Señaló el desayuno con un gesto de la mano. Me acerqué, sintiendo el calor que emanaba de la taza.

—Iba a dejarte una nota —explicó, mirando el papel a medio escribir—. Tengo que ir a entrenar. Hoy me tocó más tarde, pero no quería que te despertaras en una casa vacía y sin nada en el estómago.

Me senté, envolviendo la taza caliente con mis manos. El gesto me pareció tan conmovedor, sin embargo, no estaba muy acostumbrada a ellos, por lo que mi impulso fue molestarlo.

—¿Ibas a dejarme sola en tu casa? —le pregunté con una ceja levantada y una pizca de gracia.

Alexander se encogió de hombros, recostándose contra la mesada y cruzando los brazos sobre el pecho.

—Bueno, si firmamos hoy, técnicamente esta va a ser tu casa también —dijo, con una lógica que me dejó sin palabras—. Debería empezar a confiar en vos, ¿no? Es parte del acuerdo.

—¿No tenés miedo de que te robe algo? —insistí, pinchándolo.

Él parpadeó, sorprendido, como si la posibilidad de que yo fuera una ladrona de guante blanco nunca hubiera cruzado su mente analítica.

—La caja fuerte está en mi habitación —respondió con total naturalidad, soltando un dato que nadie en su sano juicio daría—. El código es 120721, pero lo más valioso que tengo son los libros enormes de la estantería. Y dudo que quieras cargar con enciclopedias de psicología, medicina y filosofía de dos kilos cada uno.

Asentí, fingiendo que lo pensaba seriamente mientras soplaba el vapor de mi mate cocido.

—Mmm, tenés razón. Pero entonces capaz te saque ropa usada y la conserve. En un futuro, cuando seas un jugador más famoso de lo que ya sos y una leyenda del hockey, lo subastaré y me haré millonaria. Ese es mi verdadero plan malévolo.

Alexander soltó una carcajada limpia, una que le arrugó las comisuras de los ojos. Me miró con una chispa de diversión que me hizo vibrar el pecho.

—En ese caso, hay un cesto en el baño —respondió, siguiéndome el juego sin perder un segundo—. Servite vos misma.

Rodé los ojos, sintiendo que el calor en mis mejillas no era solo por el mate cocido.

—Qué asco, Alexander. —reí, bajando la vista a mi desayuno—. Bien, gracias por esto. De todas formas, desayuno y... ¿a qué hora hacemos esto entonces? ¿A qué hora nos volvemos socios oficialmente?

—¿Tipo doce? —propuso él, consultando el reloj de su muñeca—. Salgo del club, paso a ver a los abuelos de Andy y después voy a buscarte para ir al despacho de mi abogada.

Asentí. El nudo en el estómago volvió a aparecer al recordar la seriedad de lo que íbamos a hacer. Por un segundo, sentí el cuerpo helado y el pozo en el pecho que me sacó el aire, pero, asustada, rápidamente asentí y me concentré en la conversación.

Hoy la ansiedad no podía estar presente.

—Bien. Le diré a Sara que venga a buscarme. Necesito bañarme y estar presentable. También tengo que avisarle a mi papá.

—O podría dejarte mi auto —ofreció él, sacando las llaves del bolsillo—. Está afuera, podés usarlo y nos encontramos directamente allá.

Resoplé, negando con la cabeza ante su insistencia en ser el caballero protector.

—No seas ridículo, Alexander. No voy a andar manejando tu auto de lujo por todo el Valle. Andá a entrenar, que seguro tus compañeros te están esperando para chocar como neandertales.

Él asiente. Se acercó un paso, solo uno, respetando el límite invisible que habíamos trazado anoche, pero lo suficiente para que su perfume me inundara de nuevo.




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