El último invierno

25 | Casados

Nyx.

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A veces creemos que podemos imponernos al destino, trazar cada paso para llegar al lugar donde queremos estar. Creemos que controlamos el final. Pero cuando ese lugar ya estaba escrito desde el principio, la vida se encarga de dar vueltas inesperadas para llevarnos ahí de todos modos. No como lo planeamos, no como lo ideamos, sino como debía ser.

Porque no siempre somos nosotros quienes perseguimos el destino; a veces es el destino quien nos encuentra, nos busca, y nos ata con hilos más fuertes que cualquier plan. Y así, aunque el camino cambie, el punto de llegada permanece: el mismo lugar, la misma persona, el mismo nosotros.

Terminé casada con Alexander Muller. Claro, no como lo había planeado, pero acá estábamos, él dormido en un colchón inflable a un lado de la cama y yo en su cama sin poder dormir, admirando el techo de madera con más concentración de lo que necesitaba.

Me había dado cuenta de lo ordenado que era y lo limpia que mantenía la casa al grado de que no había ni la más pequeña pelusa. Cada cosa tenía un lugar, desde los tenedores, hasta sus camisas, tan bien acomodadas que hasta sentía que iba a perturbar la calma con solo tocar algo.

Era nuestra primera noche como esposos oficiales, pero no fue tan pesada como el primer día.

Nos presentamos frente a Román, a Viki y a Sara, Alexander creía correcto hablarlo con mis tíos políticos y eso es lo que hicimos.

—Déjame ver si entiendo —había dicho Viki con calma, observando el suelo con la mano arriba, abierta—. Se enamoraron, fueron… ¿amantes? por mensaje y se visitaban de vez en cuando. ¿Entonces Nyx viene por el cumpleaños de Sara y aprovecha a endurecer este… romance que era tan fuerte que terminó en casorio?

Muevo mi rostro hacia atrás, donde Alexander parece un guardián, parado detrás de mí con los brazos entrelazados.

—Sí, señora. Yo sé que fue todo inusual y apresurado. —El descarado da un paso para quedar detrás del sillón en el que estoy sentada y pone sus manos en mis hombros—. Pero estamos enamorados.

Sara gesticula con los labios: parpadea dos veces si estás secuestrada.

Me río porque estoy tentada a hacerlo.

—¿Qué dice tu padre al respecto? —pregunta Román, el hermano del año.

—A Fred le cuento todo. Él siempre lo supo.

Sara resopla apenas notoriamente y observa hacia abajo, lo que me hace tragar saliva y tensarme. Estoy a un paso de ponerme de pie, pero la voz autoritaria de Alexander se me adelanta.

—Enojate conmigo, Sara, no con Nyx. Nunca con ella.

—No —lo detengo—. Yo soy la dueña de mis acciones. Lo siento, Sara.

Ella niega, tiene una sonrisa triste en su rostro que me parte el alma.

—Estoy feliz por ambos, solo… solo hubiera preferido saber el chisme antes, cuando empezaba. Bueno… —murmura pensativa— En sí, sí estuve cuando empezó, pero no esperaba que pasara eso. Yo pensé que cuando Nyx saldría esa noche…

—Sara —la corto. Abro mis ojos y niego con la cabeza apenas susceptible. Ella reacciona igual, pero lo suyo es sorpresa al comprender por qué niego a lo que ella iba a decir y me las ingenio luego—. Gracias a vos nos conocimos, podés alardear eso.

La rubia se recupera y empieza a asentir.

—Obvio. —Se ríe y esa risa calma los nervios en mí—. Kevin va a estar re celoso.

Luego de aquella incómoda reunión, empacamos mis pocas pertenencias en las maletas que había traído. Alexander se encargó de llevarlas al auto mientras yo me despedía no solo de la familia de Fred, sino también de Rita quien por alguna razón lloraba a pesar de que le afirmaba que vendría a verlos y que estaba a pocos minutos de distancia.

De camino a lo que sería mi nuevo hogar, tuve una conversación con Kely y Fred para que empacaran varias cosas de mi habitación de mi verdadera casa y las mandaran empaquetadas, porque si queríamos que fuera creíble, no podía tener todas mis pertenencias en una sola maleta, ¿no? Mi vida debería verse plasmada en esta casa y era lo que iba a empezar a hacer horas antes de esta noche.

Alexander, a pesar de lo seguro que estaba al mediodía, estar conmigo a solas en su cuarto lo hacía ver tímido. Puso sus manos en los bolsillos de su pantalón mientras suspiraba luego de que su habitación fuera la última parada del recorrido por su casa. Me había mostrado cada ventana, cada rincón, cada enchufe, que, por cierto, tenía los protectores puestos por Andy, y muchas cosas que solo una persona que vive acá sabría. Incluso había un ático, pero su respuesta fue “Solo hay basura… y arañas”, enfatizando la última parte luego de saber mi temor a ellas, lo que me decía que había algo ahí arriba que no quería que yo viera. ¿Qué estaría ocultando ahí?

De todas maneras, llegamos al último lugar: el cuarto principal. El cuarto que ahora sería de ambos.

—No necesito más que tres perchas —empezó—. Podés poner todos tus abrigos ahí. En cuanto a los estantes, con dos me conformo, podés usar los otros cuatro cuando traigan más de tus cosas.

Luego fue hacia el enorme espejo que hacía parte del ropero y que se encontraba justo frente a su cama y desenganchó algo para luego empujarlo, revelando pequeños estantes donde estaban sus seis pares de zapatos y zapatillas, los demás, que eran muchos, estaban vacíos

—Esos también…

—¿Cuánta ropa pensás que tengo? —Le paro el carro con gracia—. Sí, puede ser que necesite todas esas perchas porque tengo muchos cárdigans, pero tengo la misma ropa de hace años, rara vez me compro algo nuevo. Con dos estantes también estoy y los zapatos igual, no le pedí a Kely que me traiga el único par de tacones que tengo, solo dos pares de zapatillas más.

Alexander alza sus hombros a la defensiva.

—Bueno, yo solo decía.

Ladeo la cabeza.

—Como sea… ¿Qué más?

Él me lleva al baño que es parte de la habitación. Tiene una ducha de cristal en una de las esquinas y el lavamanos es bastante espacioso; tiene repisas a cada lado del espejo y me señala la de la derecha.




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