El último invierno

26| Conociendo a los pioneros, en especial la boca de uno.

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El motor del auto seguía encendido, un ronroneo constante que apenas camuflaba el estruendo de risas y gritos que escapaba por las ventanas abiertas de la casa de mi madre. Estábamos estacionados justo en frente. Me quedé un momento con las manos fijas en el volante, observando el caos que nos esperaba tras esa puerta de madera.

Miré de reojo a Nyx. Estaba ahí, en el asiento del acompañante, y por un segundo me sentí un egoísta por arrastrarla a esto. Pero le había advertido que mi familia era ruidosa, se amaban entre todos y siempre fueron demasiado unidos.

—Si sobrevivimos a esto, sobrevivimos a cualquier cosa —le susurré. No era una broma del todo.

Apagué el motor cuando me di cuenta de que Nyx no iba a pedir que nos vayamos y el silencio dentro del auto se volvió denso. Me estiré para tomar su mano. No fue un roce casual de "estamos bien"; entrelacé mis dedos con los suyos con una firmeza que pretendía anclarla a mi lado. Quería que sintiera que, sin importar lo que pasara allá adentro, mi prioridad era ella.

—¿Segura? —pregunté, escaneando su rostro.

Ella asintió, aunque noté cómo apretaba un poco más mi mano. Busque la bolsa de gomitas, esta vez moritas rojas y negras que había mencionado una vez a Sara que quería volver a comer. Su sonrisa fue suficiente para relajarnos a ambos.

Cruzamos el umbral y el ruido nos golpeó de frente. El olor a asado, el perfume floral de mi madre y el aroma a esos perfumes antiguos de la bisabuela se mezclaron en el aire. El silencio duró más de lo que debería, entonces hablé:

—Familia, ella es mi esposa, Nyx Cisneros —anuncié.

El grito de Alisa resonó por todo el lugar, cortando las conversaciones de los tíos y el ruido de los platos como un cuchillo. Ya lo veía venir y se lo advertí a Nyx en su momento.

—¿¡Qué!? —exclamó mi hermana, quedándose petrificada a mitad del pasillo.

—Hola, Alisa —la saludó Nyx, con una sonrisa valiente, pero algo tímida—. Es un placer conocerte por fin en persona.

Mi hermana no respondió de inmediato. Se quedó ahí, con los ojos abiertos como platos, procesando la imagen de su hermano sosteniendo la mano de una mujer con tanta determinación.

—No puede ser...

De repente, su expresión cambió. Pasó del shock a una euforia que me dio miedo. Amelia siempre había sido la lectora de la familia, la que vivía en mundos de fantasía y romance, y en ese momento, parecía que su libro favorito acababa de cobrar vida frente a ella.

—¡Alexander! —chilló—. ¡Es ella! ¡Es Nyx! Dios mío, eres mucho más hermosa en persona. Alexander es un pésimo narrador; no te hizo justicia para nada. ¡Es como el plot twist que estuve esperando toda mi vida!

Schwester, respirá —le advertí, sintiendo cómo Nyx se reía bajito por la intensidad de mi hermana.

—¡No puedo respirar! —replicó ella—. Es que no entendés. Te leo desde siempre y cuando me enteré que eras la chica misteriosa de hace 4 años y mi hermano no me lo dijo, me enojé muchísimo. ¡Una de mis escritoras favoritas en el Valle, en el mismo lugar que mi hermano, cerca de mí! ¡Ahora están casados!

Nyx me miró divertida, sus cejas alzadas como diciendo: "Me dijiste que era intensa, pero te quedaste corto".

—Yo también estoy feliz de convivir con la lectora con la que más interactúo —respondió Nyx, relajándose finalmente gracias al entusiasmo desmedido de mi hermana.

—¡Sí! —Amelia hizo un gesto de victoria.

Pero la burbuja de euforia se reventó con un estruendo seco.

—¿Por qué grita como loca esa inmigrante? —ladró una voz rasposa y cargada de mala leche, desde el rincón de la sala.

Era la bisabuela Zulema. Estaba ahí, hundida en su silla de ruedas, con los dedos como garfios apretando los apoyabrazos y una mirada que podría derretir acero.

A veces me quedaba mirando a Zulema y sentía una profunda tristeza. Ya estaba vieja, tenía pérdidas de memoria, había momentos como este en que no nos reconocía como familia y sacaba el vocabulario de la prehistoria, pero al saber que estaba rodeada de amor por todos sus conocidos y no estaba sola, me hacía sentir menos peso. Sin embargo, deseaba que algún día dejara de tratarnos como lo hacía.

Alisa ni siquiera se inmutó; ya estaba acostumbrada a que su propia bisabuela la tratara de extranjera cada vez que levantaba la voz, aunque después la sobornaba con chocolates, así que solo le rodó los ojos y siguió analizando lo hermosa que era Nyx.

Nyx, en cambio, se quedó con la boca abierta. Literalmente. Miró a la anciana y después a mí, como buscando algo que dijera que era broma.

—Es su forma de decir que ama a su bisnieta —le explico mientras la guiaba por la cintura para sacarla del radar de Zulema antes de que lanzara otro misil.

Caminamos hacia la mesa principal, esquivando a los gemelos Bruno y Bautista, que pasaron a toda velocidad persiguiendo algo imaginario.

—¡Frenen, carajo! —les gritó el abuelo Hugo, que estaba sentado junto a su madre, riéndose de la grosería que acababa de soltar la vieja—. Alexander, ¡trajiste a alguien por fin!

—Hola, abuelo. Ella es Nyx —dije, tratando de mantener la compostura mientras Hugo le guiñaba un ojo a Nyx de una forma que me hirvió la sangre.

Por un instante estuve a punto de sacar a la pelinegra, volver a entrar y querer golpearlo. Eso me asustó.

—Mucho gusto, Nyx. Si sobrevivís a la comida de mi mujer y a los insultos de mi madre, te ganás un terreno en el cementerio familiar —soltó Hugo con una carcajada estruendosa.

La abuela Carmen apareció justo a tiempo para darle un golpe suave en el hombro a su marido.

—Dejala en paz, Hugo. Bienvenida, hija. No les hagas caso, son unos brutos.

Pasamos por delante de la Tía Majo y David, que nos saludaron con una inclinación de cabeza muy formal mientras su hijo Augusto evaluaba a Nyx con una intensidad que me obligó a apretar más su cintura para atraerla hacia mí.




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