El Último Momento

EL ÚLTIMO MOMENTO

No me molestaba que fuera el fin del mundo. De hecho, me tranquilizaba que, ante la inmediatez de nuestros cuerpos deshaciéndose en polvo fino, la montaña de cosas por pagar se volverían un montón de papeles inútiles. La civilización es un intento, me dije, y nada más.

Al principio, yo tampoco lo creí. Volviendo de la casa de Ileana, con el agrio sabor del rechazo en el paladar, había aceptado que la vieja del circo ambulante me leyera la suerte en su decadente y asfixiante camerino.

La vieja era una de esas mujeres que poseen una belleza extinta, el apocalipsis de sus rasgos finos causados por exceso de vicios, de insomnio, de vida sin diluir.

La vieja sopló su cigarro una, dos, tres veces, llenando aún más el rincón donde ya se sentía el aire enviciado.

-¿A qué has venido?- dijo, mientras agitaba las cartas de lado a lado.

Carraspeé un poco. Mis titubeos evidenciaron la marca de mis angustias.

-¿Cómo se llama?- dijo, con una voz maltratada por el humo.

-Ileana- contesté, sin oponer resistencia. Pasaba tantos días fingiendo que estaba bien con mis conocidos, que me reconfortaba poder ser sincero con una desconocida-. Quiero saber si Ileana me ama.

La vieja comenzó a mover las cartas con parsimonia, y yo adiviné en su dramatismo un burdo negocio de entretenimiento, hecho para engañar a bobos, a desesperados y a turistas.

-Ella- dijo, tras aspirar de su cigarro-, ella te ama.

No pronuncié palabra. Incrédulo, pero no lleno de ilusiones, sino de cinismo. De verdad esta vieja creía que me iba a tragar su cuento barato.

Cambió su rostro de pronto, y sus ojos y su boca se deformaron, impresionados. Mientras retorcía el rostro en angustia, pensé en lo buena actriz que era, tanto que me producía escalofríos.

Revolvía las cartas de izquierda a derecha; tapaba y destapaba cada una de ellas, y, por su gesto desesperado, yo adivinaba que no obtenía el resultado esperado.

Luego de un minuto de observarla revolver las cartas, le pregunté:

-Bueno ¿y? ¿qué más me dice de Ileana?

-¿Quién?- dijo, confundida.

-Ileana, la mujer por la que vine ¿acaso no me ha prestado atención?

La vieja no me respondió. Observó con creciente angustia una tarjeta en la mesa, con las lágrimas opacando su mirada.

Tras este burdo drama, la vergüenza de mi plan recorrió mi cuerpo la sangre. ¿Qué hacía confiándole mi amor oculto a una anciana lunática?¿cómo era posible que yo, un abogado reconocido, hubiera accedido a este juego vano, buscando una fibra de esperanza? Ya había coleccionado sus guiños, ya había diseccionado sus palabras, ya había reproducido con obsesión cada movimiento de Ileana en la oficina, buscando el más mínimo indicio de que ella me amaba también. La verdad era que no lo hacía. Ni siquiera hablando de frente distinguía necesidad de mí en sus ojos. Le era tan irrelevante como una estatua insulsa en un jardín olvidado.

Mientras tanto, la vieja no paraba de revisar las cartas, de agitarlas y de intercambiarlas, una y otra vez.

-Bueno- dije, poniéndome de pie-. Yo me largo; habrá otro idiota al cual convenza- saqué el billete, y lo arrojé al mantel roto de la mesa.

Cuando levantaba la cortina polvorienta que dividía la habitación del vestíbulo, la vieja me detuvo.

Su cuerpo entero se agitaba, y sus ojos esgrimían el más puro terror. Vi de reojo sus fotografías en la pared. Su vida entera había sido espectáculo, de seguro aún conservaba las habilidades histriónicas, aunque la angustia que reverberaba en su rostro comenzaba a inquietarme.

-No hay salida- decía, con los ojos aterrorizados-. Aún las montañas habrán de partirse, y las nubes volverse negras como una pantera; los mares van a secarse, y el suelo se volverá un desierto, más allá del horizonte. Lo he visto; será lento y asfixiante, se nos va a quemar la garganta.

-¿De qué habla?- dije, agitando el brazo para quitármela de encima.

-El fin del mundo.

Salí del camerino y me alejé. La mujer se había quedado en la entrada, inmóvil, con la vista fija en las nubes, el rostro congelado y las manos engarrotadas, a excepción del índice derecho que señalaba al cielo. Pensé por un momento que se trataba de un episodio psicótico. En eso, sus ojos dejaron de mirar al cielo, y el terror de su mirada se fijó en mi rostro.

Me estremeció este gesto, y salí de ahí mirando constantemente por encima de mis hombros.

Cuando llegué a casa, mi ánimo era de una decepción absoluta. Si era el fin del mundo ¿qué más daba? En mi dolor, me había recetado una píldora de locura ajena, y la sensación perturbadora de haber visto a la vieja se sumó a la tristeza de entender, por fin, que, si tenía que preguntarme todo este tiempo si alguien me amaba, es que no lo hacía.

Una brisa fresca sopló de pronto. Miré hacia el cielo, al igual que los otros transeúntes. Las nubes se habían agolpado, y eran tan oscuras, que parecía que una noche extraña, púrpura, había caído ya.

-Ignacio- escuché, reconociendo de inmediato aquella voz.

-Ileana- me di la media vuelta para encontrarla.

La repentina oscuridad y el viento le daban un aura de misterio que la hacían todavía más bella.

-Ignacio, vine a buscarte porque, creo que no he sido sincera contigo- su voz se entrecortaba, agitada, y yo olvidaba mi desagrado con cada cosa que salía de su boca-. Hay una cosa que me faltó decirte porque el miedo me lo ha impedido, pero, pero, necesito que sepas. Espera ¿te he incomodado?

-No, no, para nada- respondí - ¿Quieres pasar a la casa?

-Sí- contestó, y el mi ser volvió a brillar la esperanza-. En un segundo, pero, antes, necesito decirte las cosas que me he guardado desde el inicio, desde el primer día que te conocí ¿lo recuerdas? Yo me he guardado casa detalle.

Di un paso al frente. El viento la hacía lucir aún más hermosa, y la súbita oscuridad y los delgados filamentos de luz que tocaban sus pómulos angulosos la volvían enigmática, casi una fantasía.




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