El último pecado

Capítulo 1: El Rey de las Sombras

El humo del cigarro se enredaba en la penumbra del despacho como un fantasma perezoso. Leonardo “Leo” Santoro, de veintiocho años, observaba la ciudad a través del ventanal blindado. Abajo, Buenos Aires bullía, ajena al hecho de que él era el dueño de gran parte de su oscuridad.

No era un mafioso cualquiera. Heredó el imperio a los veintitrés, tras un baño de sangre que le arrebató a su padre. Cinco años después, había consolidado el poder con una frialdad quirúrgica. Sus enemigos lo llamaban El Fantasma, porque decidía quién vivía y quién moría sin dejar rastro. Su traje impecable y su sonrisa ausente eran su mejor máscara.

—Leo, tenemos un problema en el puerto. Un cargamento retenido por un nuevo agente de aduanas —informó su mano derecha, Marco, desde la puerta.

—¿Un problema? —Leo exhaló el humo, sin apartar la mirada del horizonte. Su voz era grave, un susurro que imponía más que un grito—. No hay problemas, Marco. Solo soluciones que aún no hemos aplicado. Averigua quién es. Quiero su nombre, su dirección, y si tiene familia. Todo.

Marco asintió y se desvaneció en la penumbra. Leo aplastó la colilla del cigarro en un cenicero de ónice negro. Su vida era un tablero de ajedrez, y cada pieza, desde el peón hasta la reina, estaba bajo su control. O al menos, así debía ser. Lo que no sabía era que, muy pronto, una pieza que nunca había considerado —una chica de veinte años con un libro en las manos— iba a desordenar el tablero para siempre.




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